lunes, 26 de septiembre de 2016

TÚ. Siempre

Siempre pensé que no podría con todo. Siempre pensé a corto plazo, porque la vida no podía durar demasiado, no debía durar demasiado. Siempre pensé, mira qué gilipollez, que moriría a los 22. Y pasaron los 22 y no había muerto, y eso que intenté destruirme, pero resulta que por lo visto soy indestructible. Mala hierba, ya sabes, digo siempre. Sólo hierba en mal lugar, me dijo una vez mi primer él. Siempre compartimos a Bunbury.

Siempre pensé que esto no podía ser todo, que este no encontrar mi lugar me mataría, que estaba de más en cualquier parte. Llamé la atención, me volví invisible. Escribí sobre muerte, todas las formas posibles, escribí sobre amor, sólo de la única forma que sabía amar. Fui yo misma, fui otra. Me escondí, me busqué. Soñé despierta, jamás dormí. Tuve pesadillas atroces, hui de los sueños como si fuesen a hacerse realidad.

(imagina, pequeña estúpida, que todos tus sueños se hacen realidad, a ver qué coño ibas a hacer con ellos)

Creí en los para siempres, mientras me repetía que esas cosas no existían, no para mí, para mí no, ¿quién te va a querer, pequeña gilipollas?
Fui borde, fui tierna. Fui niña eterna, fui vieja desde que tengo uso de razón.
Y cuando ya no esperaba nada, cuando ya no soñaba nada (mentira, gilipollas, tú siempre lo esperas todo, ¿cómo coño se consigue todo?), apareciste tú. Y por primera vez en la vida fui todas las que me habitan y tú amaste a cada una de ellas. Soy excesiva, decía. Eres excepcional, decías.

Y, yo qué sé, me dio por creer.


Pero nada puede ser tan bello y ser para siempre, o sí, pero seguro que no es posible, aunque sea eterno. Ruido de risas, la vida descojonándose al fondo.


(eso por confiarte, gilipollas, eso por creer que merecías algo tan bello)

*Con mis ruinas ya no puedes construir un castillo, ya ni eso es posible, pero acércate, que tengo toda esta arena de playa, dejemos que en lo que queda de mí rompan las olas, túmbate a mi lado, que vamos a ser mar.*


Ahora que no puedo sonreír, ahora que no duermo si no escucho tu voz, si no me abrazas. Ahora que tengo que renunciar a ti, amor. ¿Dime cómo sigo?
¿Cómo se renuncia a la única persona en el mundo que conoce cada rincón, cada voz, cada recoveco, y que ha acariciado cada uno de ellos, como si fuesen murallas preciosas de ciudades antiguas, de esas que me gusta acariciar con los dedos?

Ahora que todos mis orgasmos son tuyos, que más de la mitad de mis sonrisas son por ti. Ahora...

¿Cómo se renuncia a quien te enseñó qué es el amor, a quien te hizo ver lo equivocada que habías estado? ¿Cómo se renuncia al amor de tu vida? Sólo se me ocurre que renunciando a mí misma. ¿Dónde se renuncia a lo que eres? ¿Dónde, amor? Por no ir. Que aunque muera, no quiero olvidarlo. Que aunque muera, no quiero olvidarte, amor. Joder, que te quiero.

Y aquí debería ir una canción. Pero no hay canción capaz de encerrar este nosotros que se desborda. Aunque ya no. Aunque ya nunca. Siempre.