miércoles, 25 de febrero de 2015

Cartas que nunca envió


Nunca supo gestionar su cariño hacia él. Tal vez nunca supo gestionar su cariño, jamás. Nunca le enseñaron a decir te quiero, y aquel día que decidió que ya era hora de decirlo, que era importante para ella que nadie más desapareciera sin decirle lo qe sentía, empezó a decirlo a destiempo, a gente que no le correspondía. No, nunca se le dio demasiado bien.

Él siempre fue su héroe, aunque nunca lo dijera, aunque a ratos le odiara.

Pasaba mucho tiempo fuera, y cuando volvía esperaba el cariño inmediato que sí obtenía de su hermana. Pero ella necesitaba tiempo. No era más que una niña extraña y asustada que no estaba acostumbrada a su presencia. Necesitaba tiempo, pero él se desquiciaba. Esta niña no me quiere, decía. Mira con qué ojos de odio me mira, continuaba. Y no, no era odio, era curiosidad. Ella siempre tuvo elsuperpoder de importunar con la mirada. Parece que te pueda escudriñar el alma, decían. Escudriñar, cómo odiaba esa palabra. Como efímero, o melindroso, o miccionar. Las odiaba, sin más.

Siempre chocaron. Nunca se entendieron. Ahora recuerda todo el odio de no sentirse comprendida en aquella patada. Le dejó una herida que nunca curó del todo. ¿Ves? Aún me queda la cicatriz de aquella patada, le dijo él una vez. No hubo gritos, ni un golpe. Sólo le dejó de hablar durante meses. Sólo. Si ella se ponía a recordar, hubo mucho más tiempo en el que no se hablaron del que le gustaría pensar. Demasiados silencios. Demasiada nada.

Ella le escribía cartas que nunca llegarían, que nunca enviaría. Quizás sólo se las escribía a si misma. Sólo quería que alguien entendiese cómo se sentía. Pero nunca. Pero nada.

Recordaba aquel viaje de niña, en el camión. Su madre pensó que era una buena idea que pasasen tiempo juntos. Ella se llevó sus comics, sus libros. Se ovillaba fingiéndose dormida en el gran asiento, sin soportar los largos silencios. O leía. Te vas a marear, le decía él. Pero nunca se mareó mientras leía. Era el único momento en que contenía las nauseas del mundo, de aquella vida que le parecía ajena. Cuando él no soportó más el silencio, se puso a explicarle las señales de tráfico. Ella recordaba aquel instante como uno de los mejores de su vida. Así de extraña era. Volvió del viaje con un erizo diminuto que él recogió al borde de la carretera. Habían atropellado a su madre, y estaba hecho un ovillo de puas asustadas. Imaginó que le recordaba a ella. Lo cuidó durante un par de años. Ojalá recordase cómo se llamaba.

Y ahora que ha aprendido a pensar antes de contestar, a filtrar lo que dice, a callar, ahora que parecen entenderse, que pueden conversar sin gritos, sin malentendidos constantes, sin los putos silencios…

Sonríe triste mientras se mira en el espejo. Es una adulta. Su cara es de adulta, su cuerpo es de adulta. Pero si se mira a los ojos puede ver al fondo a la niña ovillada que no soporta los silencios.

Ahora volverán. Dentro de poco ya no podrán conversar. Él no recordará lo que le cuenta, no podrá seguir el hilo de la conversación.

Hace una foto a la maldita frase, la envía por whatsapp. ¿Es tan terrible como parece?, pregunta. En un rato te llamo, contesta. Estará de guardia, piensa.

Pero no llama. Y se imagina a ese hombre ya, acostumbrado a reparar lo irreparable, convertido de nuevo en aquel niño extraño (como ella) que compartía tardes jugando a los indios. Sí, seguramente nadie te prepara para decir lo terrible que es algo a alguien a quien quieres.

Y lo mira, perdido como parece. Lo mira y recuerda a aquel hombre al que no asustaba nada, excepto terminar dependiendo de alguien, joderle la vida a alguien. Si me quedo así que alguien haga el favor de matarme, decía. ¿Y quién tendrá cojones ahora para matarte?, piensa ella.

Nunca le ha dicho que le quiere. Él tampoco se lo ha dicho nunca. A él no le enseñaron a decir esas cosas. Debilidad. Esas cosas no son de hombres, le dijeron. Como llorar. Llora mucho últimamente.

Lo más terrible es que ella sabe que nunca se lo dirá. O se lo dirá cuando él ya no pueda entenderlo. Porque sabe que si se lo dice ahora él no sabrá responder. Nadie le preparó para decir te quiero. Pero sabe que la quiere. Ojalá lo hubiese sabido siempre.

Y querría llorar, con lo fácilmente que se desborda siempre. Pero siempre fue incapaz de llorar cuando ocurre algo irremediable. Se pone práctica, bloquea sentimientos. Como aquella noche en que la niña murió antes de nacer. Se recordaba sentada a la puerta de urgencias, balanceándose abrazada a sus rodillas. Ni una puta lágrima. ¿Estás bien? Quiero verla. No puedes. Vete de aquí, asustas a la gente. Quiero verla.
Y la dieron por imposible.

Ahora tampoco llora, aunque note cómo se desmorona por dentro. Sólo consigue llorar cuando escribe. Tal vez por eso sigue escribiendo.

Y hoy sólo necesita un abrazo. Pero no lo pedirá, esta vez no. Y nadie se lo dará. Y seguirá desmoronándose en silencio.

Guarda la carta en el bolso. Otra puta carta que nunca enviará. Al lado de la firma, casi borrado por marcas acuosas, un “pa, te quiero".

12 comentarios:

  1. Yo también tengo a mi madre así, en los inicios pero ya un poco perdida, y yo tampoco sé decirle que la quiero, no sé, no puedo hacerlo, mientras una ternura que nunca sentí por ella se apodera de mí, y la pena...y las ganas de llorar.
    Un beso, Alicia

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi padre también está en los inicios, pero leer escrito el diagnóstico ha sido devastador, aunque ya lo sospechasemos. Su generación no aprendió a decir te quiero, no pudieron enseñarnos. Y ahora decirlo suena forzado, artificial. No sé. A mi no me sale. Escrito sí, pero porque sé que no va a leerlo.
      Te mando un abrazo de esos de verdad, de esos que abrigan tres días por lo menos.
      Un beso Inma.

      Eliminar
    2. Devastador es una buena palabra para definirlo. Me ocurrió lo mismo, lo sabía, y creía que estaba preparada, pero no fue real hasta escucharlo, y se me vino todo encima como asfixiándome. Devastador y desolador, y triste, de una tristeza profunda.
      Me abrazo a ti, me acurruco y nos acunamos mutuamente

      Eliminar
  2. A veces esas dos palabras son demasiado difíciles de pronunciar. Demasiado.
    Me fascinan tus textos. Y las imágenes que los acompañan. Esas imágenes...

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Demasiado difíciles.
      Me alegra que te gusten los textos. Me gusta buscar imágenes de chicas tristes, pero esa me la ha regalado un amigo. Es genial, verdad?
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. bufff Ali...esta mañana mientras desayunaba leí tu entrada en el móvil...no sé si me hago mayor o estoy cambiando mis maneras...pero me entraron unas ganas de llorar...que tuve que hacer un verdadero esfuerzo para controlar las lágrimas.
    Es maravillosa tu manera de escribir sobre los sentimientos.Traspasas todos los límites que hay entre la pantalla, nosotros...y tú.
    Y ahora que vuelvo a leerla, odio la manera en el que está montado el mundo. Nos enseñan tantas y tantas estupideces a lo largo de la vida, en la escuela...y en casa porque tampoco saben...porque todos vamos a remolque de esta sociedad que ya no nos sirve. Donde podemos convivir con la violencia sin que nada pase, pero no somos capaces de decir un simple "te quiero" sin avergonzarnos o sin que "suene" mal... Que nos enseñaran a mostrar o demostrar nuestros sentimientos no debería estar "penado"...
    Bloquear sentimientos es lo que indirectamente nos enseña la vida...una mierda...qué quieres que te diga...
    No sé...a veces un simple abrazo dice también muchas cosas que no sabemos decir con palabras...también cuesta mucho abrazarnos...casi como si debiéramos romper la barrera del sonido...que desastre...
    Pero...Ali...sabes...todo se aprende...por narices...por querer simplemente.
    Un beso gigantesco

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cuesta demasiado mostrar lo que sentimos. Nos enseñaron que eso nos hacía débiles. Y a lo mejor es verdad, porque cuando digo lo que siento me entra pánico, y la gente no está por lo general acostumbrada a esas verbalizaciones, no saben-sabemos gestionarlas. Pero siempre preferiré ser débil a que se me pudran los tequieros adentro. Aún así, con mis padres ya es tarde para aprender, supongo. Lo más que consigo acercarme es apoyar mi cabeza en su hombro. Y lo curioso es que me siento protegida cuando lo hago.

      Gracias por seguir por aquí. Un besazo inmenso.

      Eliminar
  4. hoy me quedo con la última frase. besos.

    ResponderEliminar
  5. Siento mucho lo de tu padre. Mucho!
    No importa no saber decir te quiero, importa hacerlo sentir a quien quieres,
    cada uno como sepa y pueda. Y nada más, lo demás ya lo sabes cielo.

    Un besito NURIA.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pero a veces hace tanta falta escucharlo, a mi al menos.
      Sé que estás, sé que me quieres. Igual que yo te quiero.
      Un besazo, mi cielo azul.

      Eliminar

¡Dime lo que te apetezca!