lunes, 29 de diciembre de 2014

Vidas cruzadas (una historia que escribí hace mucho)

A él le gustaban los gatos y las series antiguas. Leía cómics que nadie recordaba, y coleccionaba frases de sobres de azúcar. Algunas le parecían una mierda, patadas en el estómago de la lucidez, pero aun así necesitaba reunirlas. Tomaba siempre el café sin azúcar en los bares, pero pedía doble sobre, ante la mirada cabreada de los camareros. Por la noche le gustaba tocar la guitarra. Sus vecinos no siempre estaban de acuerdo, pero él ignoraba sus gritos y sus golpes en la pared emulando solos de Slash. O si estaba triste escuchaba a Miles Davis, o música clásica para la melancolía. Su vecina del quinto había empezado a pensar que en aquella casa vivían 4 ó 5 personas. No era posible, opinaba alzando demasiado la voz en el rellano, que una sola persona escuche todo eso. Y eso que el casero dice que sólo vive uno, las narices, decía casi gritando, como si eso le diese la razón. Él la escuchaba y recordaba a su tío, que siempre decía que si necesitas levantar mucho la voz para defender tus razones a lo mejor es que no tienes demasiadas. Nunca saludaba a los vecinos, porque era un borde, opinaba la vecina del tercero. En realidad era demasiado tímido. Nunca entendió los tiempos en las relaciones, cuándo hay que saludar y cuándo está de sobra. Los ritmos sólo se le daban bien en la música.


Había conseguido un trabajo en una tienda de animales hacía tiempo. Algo para un par de meses, pensó, luego buscaré algo mejor. Pero nunca buscó otra cosa. Al principio pensó que era su eterna pereza, su miedo a los cambios. Luego se rindió a la verdad. La razón por la que no buscaba otro trabajo era ella.


Ella era delgada, pelo largo, nada en ella llamaba la atención. Le gustaba el rock. Aprendía idiomas escuchando grupos ingleses, y había empezado a entender algo de alemán gracias a un grupo extraño de folk metal. Le gustaba el principio de una canción que hablaba de la luna llena, con un arpa sonando en mitad de todo aquel bullicio. Estaba fuera de lugar, un poco como ella. Siempre llegaba tarde a todo en su vida. En realidad era excesivamente puntual, para compensar sus destiempos en las relaciones. No, no entendía a los seres humanos. Nadie entendía su gusto por los datos inútiles, por las palabras difíciles. Coleccionaba palabras perfectas en cualquier idioma. Largas, sonoras, con un significado rotundo,… No, a nadie más le interesaban.


Cada día al salir de clase pasaba por la tienda de animales, para ver a los conejos enanos. Había tenido uno, Momo, que había muerto en medio de una historia rocambolesca protagonizada por su vecino, el hijo de puta. Sólo lo había visto un par de veces, pero ahora sólo deseaba que no estuviese vivo, y eso le hacía sentirse mala persona y le aliviaba al tiempo. Entraba esperando encontrar uno igual al que rescatar. Momo era un fallo en esos cruces que hacen buscando el conejo perfecto. Debía tener las orejas muy largas y caídas, pero una de ellas se negaba a acercarse al suelo, lo que le daba un aspecto despeinado, muy punk, creía ella. Nadie lo había querido en la tienda, y cuando ella lo compró (a mitad de precio) era ya mayor. Lo imaginaba triste esperando que alguien se lo llevase de aquella puta pecera que los niños golpeaban con saña, viendo cómo siempre preferían a otros. Un poco así se sentía ella.


Al principio ni se fijó en el dependiente que andaba siempre medio escondido entre peceras y jaulas. Alguna vez se había cruzado con él en un pasillo estrecho y él había hecho movimientos extraños para evitar un roce mínimo. Qué curioso, pensó ella. Tal vez le moleste que le toquen desconocidos, como a mi. No sabía que él la observaba desde el primer día que la vio entrar, la chica con los ojos más tristes que había visto jamás. Cuando se cruzaba con ella en el pasillo, nada accidental, alardes de valentía, de tardes enteras reuniendo el valor, no la tocaba por miedo a besarla. Si la rozo siquiera no podré evitar besarla. La asustaré y huirá, y nunca más volverá.


Ella seguía observando conejos, esperanzada al ver alguno  con una oreja un poco girada, mirando al techo, pero pronto la bajaban, y ella perdía interés. Poco a poco fue advirtiendo detalles del dependiente. Le gustaba cómo atrapaba con cuidado a los diamantes mandarines antes de entregarlos a algún cliente, o cómo acariciaba furtivamente a las cobayas cuando les ponía de comer. Le gustaba cómo pasaba las hojas de los libros, como en trance, y se preguntaba qué leería. Pero nunca se atrevió a preguntarle, ni a saludarle. Ni siquiera sabía cómo sonaba su voz.


Un día acabó la facultad y tuvo que volver a su ciudad. Se acercó a la tienda de animales, esperando reunir el valor para hablar con él, pero ese día estaba enfermo, así que cuando no le vio se fue sin más, convencida de que el destino no quería ese encuentro.


Han pasado 5 años. Ella camina por el andén del metro, pensando a qué empresa puede ir a entregar su currículo. Mira el plano, se gira, y se choca con alguien. Disculpa, dice, y de repente ve los ojos de él, inconfundibles, observándola. Ella está muy cambiada, pelo corto, otra ropa, pero esos ojos tristes…


Hola, cuánto tiempo, ¿te acuerdas de mi? Soy el dependiente de la tienda de animales.


Joder, es verdad, cuánto tiempo. ¿Qué tal todo?


Bien, ¿y tú?


Bien.



Quiere decirle que de puta pena, que acaba de dejar una relación difícil y se ha mudado, cambiado de corte de pelo, de estilo de ropa. Quiere decirle que si le apetece tomar una cerveza y ponerse al día de una vida entera, porque nunca han hablado. Pero calla, asustada por sus destiempos, convencida de que, como su ex le dijo, nadie más que él la puede querer.


Él quiere besarla, sin más, ya hablarán luego, cuando deje de hablar la piel, cuando el dialogo de cuerpos haya cesado. Quiere acariciarle la nuca, desprotegida ahora de su larga melena, acompañarla a tomar todos los cafés del resto de su vida. Total, nadie le espera, sólo tiene un rollo informal con la tarada de la tienda de videojuegos. Ni siquiera hablan. Sexo. Punto.


Llega el metro. Titubea. Espera que ella de el primer paso. Ella espera una señal, que él se acerque un milímetro más. Nada. Bueno, adiós. Y sube al metro cuando ya se cierran las puertas. Ni siquiera sabe en qué dirección le lleva.


Putos destiempos.


No le intereso.



Pd: Así se libran de fracasos, de dolor, de conocerse y decepcionarse. O no. Tal vez no.


Vidas cruzadas - Quique González con Ivan Ferreiro

viernes, 26 de diciembre de 2014

Escribir sinsentidos. Sentir sin sentido




Decidió sacarse un conejo de la chistera, un puto farol. Nadie se daría cuenta, pensó. Nadie se fijaba demasiado en ella.

Nunca me enamoraré de nuevo dijo. Y lo dijo tantas veces, que al final acabó creyéndolo. Así que imaginad su cara al observarle mientras hacía dobleces en papelitos. Y sabía que no. Y sabía que nunca. Y él preocupado, porque jamás la escuchó prometerse que jamás.

Así que reiría, soñaría, le cogería de la mano, emocionada e incrédula. Porque el amor no existía. No para ella.

Es tan jodidamente improbable que te enamores de verdad. Y es estadísticamente imposible que seas correspondido, se repetía. Y se lo repitió tantas veces, para evitar creer en nada, que acabó creyendo solamente en el desamor.

Las personas rotas tienen algo que casi nadie puede ver. Y es una fe ciega en lo que les mantiene vivos. Y si tiene que ser en el desamor y en el fracaso, pues se joden y creen en el desamor y en el fracaso. No porque quieran. Creen por pura supervivencia.



Y no, esto no tiene sentido, como casi todo lo que escribo últimamente. Porque estoy triste y no lo estoy. Porque cuando me sonríes es imposible estarlo. Porque me rescatas de mi misma en el puto día más triste de la historia de la tristeza. Y claro, yo me cojo de tu mano. No porque crea que somos algo. Lo hago por no caer, por agradecerte que estés, porque me apetece y punto. Y juraría que te gustó que lo hiciese, pero a la vez sentiste pánico de complicarlo todo, de romperme más de lo que estaba. Pero eso es imposible, porque sin darte cuenta me has unido los pedazos, y creo que nunca estuve tan entera. Así que si me rompo, pues me romperé. Pero no anticipes las grietas. No me jodas. Esto es divertido. Me recompones. Así que déjate de grietas, de amor y de hostias. Que lo que tenemos me sirve. Que lo que tenemos es más de lo que esperaba. Que tenerte como amigo ya es un todo. Así que no me jodas alejándote por si. Deja los por si para cuando ocurran. Deja las caídas para cuando tropecemos. Diviértete, joder. Yo lo hago.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Cosas estúpidas que pensar un lunes por la mañana


En ti.

En alguien que no está, ni quiere estar.

Cada vez que escucho ese puto zumbido en mis oídos, pensar si me estarás pensando. Y no. Y nunca.

En que sigo comprando vestidos pensando en cómo me mirabas cuando aún querías bajarme esa puta cremallera que este vestido jodidamente perfecto sí tiene.

En si tu hija habrá recibido un video de Papá Noel, y desear preparárselo, como he hecho para mis hijas.

En que ya he sonreído, pensando en enviarte esa sonrisa, por si la necesitas.

En que no lo haré, porque quién iba a querer mis sonrisas un puto lunes por la mañana.
 
En que he aprendido a hacer pajaritas. Y a nadie le importa.

En que ya no tengo ni ganas de masturbarme, ni siquiera eso.

En que ya no, en que nunca más.

En cuánto me odio. En que estoy empezando una puta lista, de esas que odio para anotar lo poco bueno que recuerdo de mí, a ver si esta vez hago pie pronto en este maldito agujero, y puedo flotar, sólo eso.

En lo estúpida que me siento. En lo adolescente que me siento. Y entonces recuerdo que no, que esto de adolescente no me hubiese pasado, porque te hubiese extirpado en modo preventivo, en aquellos arranques de orgullosa mala hostia que tanto echo de menos. Que sí, que le perdí a él por no bajarme de mi orgullo a los 17. Pero por lo menos no parecía esta cosa absurda que quiere sin que la quieran.

En arrancarme el corazón sin anestesia, para que nada duela.

En que mi cama, esa que sólo nos vio sudarnos una vez, te echa extrañamente de menos.

En que no puedo llorar. Ni una puta absurda lágrima. Y duele aguantar todo esto dentro. Duele no poder ni escribir algo digno sobre ello. Sólo me sale una maldita lista de todo lo que te echo de menos.

En que cuando él se para en el pasillo y me dice “No te estoy mirando, te estoy admirando”, sólo deseo que fueses tú. Joder. Y me invita, de nuevo, y digo no, de nuevo. Porque soy incapaz de estar con nadie cuando mi cuerpo te grita te quieros. Mi mente no. Mi mente ha empezado a odiar tu indiferencia hace más o menos tres intentos de no decirte una palabra.

En que no, en que nunca, en que siempre es igual.

En que sigo siendo nada, nieve, muerte.

En que fui incapaz de interesar a nadie más de un puto mes, excepto a un enfermo.

En que te sigo escribiendo. Aunque no me leas. Aunque te importe una mierda.

En que normal. Yo tampoco querría leerme, escribiendo como escribo.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Sólo quería...

Hoy ha sido uno de esos días extraños y cojonudos que acaban conmigo llorando a escondidas, sin bolsillos ya donde esconder la tristeza.

Porque yo sólo quería todo contigo. Sólo eso. Y hoy he visto claramente cómo sería. Y no he podido dejar de sonreír, y de echarte de menos.
Allí estaban tus hijas, mis hijas, abrazos, risas, bailecitos tontos, más risas. Ella escuchándome atenta, abrazándome. Y, joder. Era genial. Todo era genial. Pero tú no estabas. Ni siquiera creo que nos hayas pensado en todo el día. Y ese desinterés golpea.

Y hoy me he dado cuenta de que el amor nunca tiene que ver con la lógica, y da igual lo bien que acople en tu vida, o lo bien que acoplarías en la mia. Da igual si te quiero como te quiero, o lo que haga. Da igual que desee hacerte (qué coño, haceros, hacernos) feliz cada puto día, o que estuviese dispuesta a dejarme la piel en conseguirlo. Da igual que esté convencida de que sería cojonudo. Todo da igual, porque el corazón es el que manda, y el tuyo ha decidido que no soy yo. Y ya nada importa.

Sólo quería todo contigo. Me quedo en nada. Porque soy eso, nada. Siempre, nada.

Cuando he empezado a escribir esto aún tenía una vaga esperanza. Pero yo, como siempre, lo he jodido todo, de nuevo.

Y ahora sólo me queda hacer lo que tenía que haber hecho antes de perder la poca dignidad que tengo, retirarme en silencio y llorar a escondidas, bajo las putas sábanas que ya no abrigan.