miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un gato

Sólo necesito un gato, pensó, sólo un gato y él se irá. Era un pensamiento recurrente, sólo un gato. Si fuese tan fácil todo. Yo sólo necesito un gato. O una cobaya. Sabía que no era cierto, que nunca adoptaría aquel gato, que nada era tan sencillo. Pero necesitaba tener su salida de emergencia a la vista, un plan de huida.
 
Él odiaba a los animales, aunque si le preguntabas respondería que los adoraba. "¿A mi? A mi me encantan los animales. Porque no podemos, porque vivimos en un piso. ¿No sabes cuánto me gustan los perros?". Pero no era cierto. Los perros tienen un sexto sentido, ella estaba convencida. Sólo se acercan a las personas a las que les gustan. Por eso ella siempre acababa con los dedos y las rodillas lamidas en casa de los amigos que tenían perro. En cuanto entraba ya tenía la cabeza del perro rozando sus piernas, pidiendo ser acariciados. A él nunca se acercaban. Puedes mentirte a ti mismo, pero no al instinto animal de los perros.

Si le preguntabas, adoraba también la naturaleza. A ti es que no te gusta el campo, dijo ella una vez, tan bajito que nunca supo cómo él la había escuchado. "Yo adoro el campo, me encanta la naturaleza. El césped de un chalet, por ejemplo". Vaya mierda de ejemplo, pensó ella, pero no consiguió que de su boca saliese una maldita palabra. Casi nunca lo conseguía.

 
El campo, la naturaleza, la montaña, eran parte de ella, inevitable, algo que la atrapaba, como las bibliotecas, como la sección de libretas en una papelería. Como el botánico. Ella era montaña, pero ya no lo recordaba.
 
"Lo que no me gusta son las malas hierbas", dijo él. ¿Y quién decide qué es mala hierba? Ah, el monte está lleno de mala hierba, entiendo, pensó ella. Como yo, que soy mala hierba. Claro. Donde esté el césped de un chalet. Claro. Y sonrió, como sonreía siempre con él, por sus conversaciones alternatvas consigo misma; igual que sonreía cuando viajaba sola en el metro. No, nunca le sonreía a él.


 
¿Por qué seguía con él? Nunca lo supo. Le gustaba la idea de estar enamorada, de fingirse normal y adaptada, como nunca lo estuvo. Como nunca lo necesitaste, se escuchó pensar. Ya, ya, recuerda el instituto. Claro, nunca lo necesitaste, y una mierda. Ahora por lo menos sé fingir normalidad, ojalá hubiese aprendido antes.
Así que le pedía a los dientes de león estar enamorada. Sólo quiero amarle, envejecer con él, sólo eso. Pero sabía que no, que los dientes de león son como las estrellas fugaces, unos hijos de puta traicioneros que juegan con tus esperanzas, que jamás cumplen deseos.

No le pides estar enamorada a un diente de león si estás enamorada. Ni si eres normal, se dijo. Ni si eres normal.
Sabía que no estaba enamorada porque nunca hubiese dejado nada por él. Y sin embargo lo dejó todo, sin apenas darse cuenta, hasta a si misma.


No, había estado enamorada y aquello nunca fue amor. No de ese que te hace sentir un hormigueo en la espalda. No de ese que te hace pensar que perderás el sentido. No. Nunca tartamudeó con él, ni balbuceó incoherencias. Nunca aquella sensación en los oídos, como cuando sentía pánico porque le iban a sacar sangre. Nunca.
Por eso nunca huyó, creía. Porque no había nada de lo que huir.
¿Tú cuántos novios has tenido tía?, le preguntó su sobrina una vez. Ella se echó a reír.

Uy, muchos, contestó su hermana por ella. La tía en cuanto veía que la cosa se ponía seria, se buscaba otro novio.
Y era verdad. Si empezaban a hablarle de amor sólo tardaba un par de días en dejarles.


 
Salidas de emergencia. Un gato.



Para él tampoco fue nunca amor, creía. Fue un reto. La única chica que dejó a aquel amigo de él que él tanto odiaba. “No, yo no le odio”. Claro, césped, pensó ella. Siempre intentó salir con sus ex novias, como en una especie de competición en la que siempre tuvo las de perder, porque aquel amigo era el tío con más carisma que ella conocía. Él no. Él césped.

¿Cómo no intentar salir con la única chica que le dejó? Imposible.
Sí, él odiaba demasiadas cosas sin odiarlas. Ella cuando odiaba lo hacía con todo su ser.



“Es que odias la playa”, decía siempre él. No, qué coño. A ella le encantaba la playa para pasearla, para leer en invierno, para escucharla. Lo que odiaba era tostarse al sol, como una chuleta en la plancha de cualquier bar, viendo la playa desde lejos, sin poder bucearla. Además odiaba las playas llenas de gente, justo las que a él más le gustaban. Allí no podía escuchar las olas.
 
Recordaba aquel viaje en el que logró convencerle de ir una mañana a una cala remota, desierta. Y él se quejó del silencio, de la falta de gente, de que no hubiese chiringuitos (aunque él nunca gastaba un euro en uno de ellos, hombre, qué derroche). Interrumpe mi silencio con sus quejas, pensó ella. No me deja escuchar el mar. ¿A qué coño vengo?

 
Césped.


 
Nunca más intentó sugerir una playa. Iba, vuelta y vuelta en una puta toalla, con ganas de bañarse (¿qué quieres, que todos te miren, mojada en biquini?), con ganas de morir de aquella puta normalidad. Pero sin morir, sin huir.

 
Allí seguía ella, eterna novia a la fuga, pidiéndole a los dientes de león imposibles.

1 comentario:

  1. Ves...lo que yo te diga...
    La diferencia radica en las pequeñeces...en lo insignificante...
    Pero en lo que en realidad es importante.
    Tu diferencia te hace única.
    Esos detalles que hacen que nazcan abismos. Pero que hacen que veas lo realmente importante. Un buen día te das cuenta.
    Nunca es tarde para ser lo que somos. Alguien valorará nuestras rarezas.
    Seguro
    UN BESAZOOOOOOOOO

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