miércoles, 26 de noviembre de 2014

Que a mi infierno te traiga el rastro de mariposas negras


Se alisó el vestido antes de sentarse, y sonrió al pensarse una mujer formal, ella, que hacía unas horas caminaba a saltos entre los charcos con sus botas de calaveras. Nunca me acostumbraré a los vestidos, pensó, pero sabía que ya se había acostumbrado, y que en el fondo aquello de disfrazarse le gustaba más de lo que nunca reconocería. Sobre todo los vestidos. Sobre todo los días de viento.
Miró el libro en el fondo del bolso, pero aquel día le apetecía observar. Sacó papelitos de colores y se puso a doblarlos. “Si él me viese con vestido… “, y ya estaba aquella otra voz, más suya que ninguna, “ ¿qué? ¿si te viera, qué? Como si fuese a cambiar algo, pequeña imbécil. No te quiere. Podrías llevar puesta sólo la piel y miraría a otro lado. Ya no eres lo que eras, y ni aquello eligió”. Y ya estaban allí las putas lágrimas, el maldito monzón amenazando con derramar.


¿Cómo se explica la tristeza cuando eres tú misma quien te la provoca?

Nunca nadie tan cruel como ella misma. Y la gente se extrañaba de cómo pasaba de la risa a aquellos malditos ojos vidriosos en décimas de segundo. No escuchaban aquellas críticas feroces. Nunca imaginarían aquel campo de batalla.

Siempre empezaban igual aquellas espirales. Y aún así nunca fue capaz de sortearlas. Una frase, una pregunta que sabes que no quieres que sea contestada, y sin embargo necesitas hacerla, que la respuesta desgarre, para poder escuchar a esa hija de puta interna decir “ya te lo dije, gilipollas, eso te pasa por preguntar. Nada, eso eres. Menos que nada”.



Mariposas negras surgían de entre sus dedos. Las iba amontonando a los lados del asiento. Luego se levantaría y las dejaría allí, esperando para ver si había alguien dispuesto a darles otra vida. Llenar los vagones de mariposas de papel como única forma de esperanza.


La mujer de enfrente, con su libro electrónico, y metidos en la funda dos separapáginas de cartón. En el fondo todos somos unos nostálgicos. No hay más.


Y el chico de la baraja, sin la baraja. Se lo cruzaba dos veces por semana, volviendo a casa. Le observaba los dedos largos, los nudillos nudosos, la baraja girando, apareciendo y desapareciendo, las cartas pasando a toda velocidad de una mano a otra. Magia no eran los trucos, magia era el movimiento hipnótico de las manos. Pero hacía más de un mes que no llevaba en las manos la baraja. Ahora movía rápidos los dedos sobre la pantalla de un móvil, y la magia se convirtió en un vulgar vaivén de mensajes que no le hacían sonreír.


Y el chico del ritual. Ha añadido dos movimientos, pensó. Ahora sí está jodido. Ya ni escuchaba la radio. Ahora sólo repetía aquella sucesión de movimientos, siempre en el mismo orden, en una puta serie eterna y obsesiva.


Había días que no se atrevía a mirar a los ojos a la gente. Si sabes cómo mirar en mis ojos puedes ver mis demonios mirándote a la cara, decía siempre. Y hoy la oscuridad se le escapaba por las pupilas, supurando algo nauseabundo, preludio de tormentas. Hoy se había levantado insoportablemente ella. Hoy los monstruos, cansados de habitarla, querían salir, y le abrían pespuntes, y le deshacían costuras.


Da igual, pequeña estúpida. Como si alguien se fuese a fijar en ti, la chica que observa al fondo del vagón, doblando papelitos, evitando mirar a los ojos.
Y de repente, al levantar la cabeza, mientras negaba con un movimiento imperceptible, intentando alejar a aquella voz hija de puta, se chocó con su mirada. Colisión, algo denso, él viéndola tal y como era. Hay gente que si sabe mirar puede verme tal y como soy, oscura, obsesiva, con los monstruos siempre preparados para actuar.

Y supo que él veía todo, los monstruos, la oscuridad, aquellas putas ganas que la deshacían por dentro. Y se supo jodida, porque no apartó la mirada.

Ella también veía abismos en sus ojos. Quiso mirar la mariposa, pero ya la había acabado hacía un rato, ya no había más papelitos donde esconderse.


Se levantó nerviosa, caminó hasta la puerta y salió justo cuando se escuchaba el pitido que anunciaba que se cerraban, dejando tras de si, arrastradas por el vuelo del vestido, un reguero de mariposas negras.
El vestido se movía rápido a su alrededor, flotaba haciéndole cosquillas, casi ni se dio cuenta de que corría.


Y de repente una mano sobre su muñeca, otra mano en su cintura girándola. Tú no te escapas preciosa. Me tienes que enseñar a hacer mariposas. A cambio yo te despierto a besos. A cambio yo te follo con saña cada mañana.
A ver qué pega le pone a eso esa pequeña hija de puta de tu cabeza.


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Miró al chico de enfrente en el vagón. Nada. No había nada en sus ojos. Siempre imaginando, pequeña gilipollas. Como si los milagros existiesen.



2 comentarios:

  1. Si la vida dá muchas vueltas es porque los milagros sí que existen.
    Seguro que hay algún chico que pueda y desee más que nada, pintar esas mariposas de colores.

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    1. Ojalá. Ojalá tú pintando mariposas. Que igual ya algunas has pintado y aún no te has dado cuenta.

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