miércoles, 26 de noviembre de 2014

El tiempo pasaba sin tregua

Echaba de menos sentirse deseada. A veces olvidaba que ya no era la de antes, y se ponía a flirtear con algún joven. Tal vez aún... Pero después volvía Cordura, esa puta aguafiestas, y se retiraba avergonzada.
 
Ya nada es posible, pensaba. Y seguía con su vida repleta de soledades.
 
Recordaba con nitidez el día en el que, en la transición a adolescente se miró las piernas y las vio adultas. Fue algo extraño y definitivo. Más que el primer orgasmo, placer inesperado y solitario, casi accidental.
Después esa sensación de que siempre sería joven y deseable. Pobre imbécil ilusa.
Pero un día se dio cuenta de que ya no se giraban a mirarle el culo por la calle, que ya nadie se extrañaba cuando decía su edad.

Un día se descubrió. Descubrió a una desconocida que la observaba atónita desde el espejo.
Se había divorciado harta de no compartir sueños. Siempre le gustó la soledad. ¿Qué problema podía haber? Quien teme a la soledad es porque no ha estado mal acompañado. Y ella era experta en mala compañía.

Al principio no fue difícil encontrar con quien asesinar las ganas. Nunca nadie que se quedase.
A veces necesitaba un abrazo, joder, cómo lo necesitaba. Pero se avergonzaba. Se hubiese sentido patética al pedirlo. Y así estaba, acumulando soledades y decepciones. Y aquellas putas ganas de un abrazo. Pero, ¿cómo coño pides un abrazo?

 
Aún recordaba al poeta. Muerte, pronto fue Muerte para él. Recordaba aquel poema, su coño encanecido. Mi coño encanecido de decepciones, pensó. Como tú. Cambiada por alguien más joven y apetecible. Normal, se repetía. La hija de puta que la habitaba gritaba que él también envejecería, y tal vez... O ella. Ella también envejecería, todos lo hacemos. Imposible estar en ese standby delicioso eternamente. Todos envejecemos. "Tú antes", decía su yo destructiva. "Tú mucho antes".
Y ese momento llegó. Un día se descubrió Muerte de verdad. Un día se vio como era realmente. Imposible disimular el paso del tiempo, menos detenerlo.
 
Un día le cedieron el asiento en el metro, y ella se sentó, con los pies agradecidos y el corazón destrozado. Y se supo vieja.  Y supo que no había nada que esperar.
 
Pasó el tiempo. Maldito cabrón inexorable, sin posibilidad de vuelta atrás, sin posibilidad de bajarse.
Miraba sus pezones en el espejo, y los recordaba mordibles. Joder, ojalá un mordisco. Y cada vez se recluía más. Cada vez se odiaba un poco más. A ella y al tiempo.
Aquel día salió a pasear por la montaña, alrededor de su paraíso. Los pantalones cortos, la camiseta sin sujetador (total, para lo que hay que ver). Cuando se cruzó con él se extrañó de cómo la miraba. Es por ver a una mujer como yo sin sujetador, pensó. Y sonrió con tristeza, recordando cómo la miraban con veintipocos, cuando casi nunca usaba sujetador. Recordó a sus alumnos, adolescentes descarados, hablando de sus tangas y sus pezones guerreros. Y sintió a la zorra de Nostalgia amenazando lluvia en sus pestañas.
 
Apenas escuchó el tímido ”oye" a su espalda.

Se giró llena de rabia, sobre todo contra la puta nostalgia y contra si misma. "¿Qué?”, casi gritó.
- Joder, qué carácter, dijo él. Sólo quería preguntarte si puedo pasear contigo. Pero creo que paso.
- Perdona, me has asustado.
- ¿Por?
- No esperaba que alguien como tú me hablara, contestó ella en uno de aquellos arranques de sinceridad inevitables que tanto le jodían.
 
Y su risa. Y la risa de ella. Y el beso inesperado. Joder, disculpa, tenía que besarte esa risa. Y las pocas ganas de contenerse. Y olvidar de repente lo que pensaría, su edad y sus arrugas.
Él arrancando camiseta, mordiendo pezones, besando su ombligo, follándola al borde del camino. Y mordiscos, arañazos, orgasmos, sudor compartido.

 
Cuando te he visto he sentido unas ganas irrefrenables de morder esos pezones. Eres muy mordible, ¿lo sabías?

 
Joder, creo que lo había olvidado.

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