miércoles, 23 de abril de 2014

Sonríe chica triste




 (Imagen de Albert Soloviev) 


¿Cómo sabes que has tocado fondo? No lo sabes, nunca lo sabes. Puedes pensar, chica triste, que has llegado al límite cuando te das cuenta de que te da igual vivir o morir. O tal vez creas, tú, la de la media sonrisa que esconde abismos, que es cuando llegas a la conclusión de que el mundo seguiría girando sin ti, que nada cambiaría demasiado. Y puede que sí, que hayas llegado al límite. Pero la vida es una zorra a la que le gusta jugar, y apuesta con la tristeza a que aún puedes caer un poco más bajo, a que aún te cabe más desesperanza en los ojos, esos que ya nunca son verdes.


Y entonces te das cuenta de que ese fondo que pensabas usar para tomar impulso, y salir con la sonrisa ya puesta, aunque los labios tengan marcas de tanto morderlos, es una puta piedra en la profunda capa de fango que cubre el fondo. Todavía queda lo peor, aún queda notar cómo la piedra se hunde bajo tus pies y el fango te va manchando el cuerpo. Y la tristeza es un puto lodo demasiado pegajoso como para limpiarlo a base de sonrisas desesperanzadas. 

Puede que al principio intentes no hundirte, pero al final dejas de luchar, y el fango encharca tus pulmones, alvéolos incapaces de cumplir su función. Y te ahogas, chica triste. Te ahogas sin remedio, como un pez boqueando en mitad del vacío, incapaz de respirar ausencias.


Puede que caigan lágrimas, desbordando el monzón interior, y puede que ya ni puedas levantar las manos para limpiar las mejillas con el dorso, en ese gesto de tristeza rabiosa y contenida. Puede que te apetezca llorar quince días seguidos, como aquel puto diciembre, cuando creíste, pequeña ilusa estúpida, que no te podrías levantar más, que no se podía estar más triste. Pero la vida se lo tomó como un reto, y se propuso demostrarte que aún se podía, que aún no te habías acercado siquiera al fondo.


Y entonces sonríes, chica triste, sonríes al recordar esa sensación de imbatibilidad que tenías cuando estabas enamorada, cuando creíste, pequeña niña absurda, que alguien te podía amar.


Y ahora, chica triste, seguro que follarías. Te convertirías en perra en celo, follarías rabiosa y llena de ira, intentando alejar a tristeza. Ahora morderías, arañarías, gemirías joderes, lamerías. Ahora besarías, chica triste. Pero ya ni eso haces. Ya no hay nadie a quien besar.
Ríndete chica triste. Estás jodida. Estás perdida. Ya ni siquiera sueñas.




Y una mierda. Dame un día. Un día y me rehago. Dame un día. Pero que sea largo.