sábado, 25 de enero de 2014

Saltémonos el café




Estoy cansada de echarte de menos. No puedo más con esta puta tristeza de saberme nada. O no. Me sé patética, porque me he leído a través de tus ojos y lo que vi me dio nauseas. Una vez me dijiste que jamás podrías exponerte a alguien así. Mostrar a alguien tus entrañas, las costuras te deja desnuda. Y yo me desnudé contigo más de lo que pensé que podría hacerlo ni conmigo misma.
Ahora lo usas. Ahora usas mis entrañas para describir a alguien patético. Y jode. Jode tanto que ya no te echo de menos. Mis pezones sí. Pero eso es porque son unos traidores hijos de puta.
Hay mordiscos que dejan más huellas que los dientes que los dan. Tus mordiscos se quedaron en el puto recuerdo. Y ahora no concibo perder la razón sin los dientes clavándose.

Nunca me gustaron los tibios, ni las medias tintas. Soy de esas que no reprimen las ganas, ni las putas palabras, que se me escapan del corazón directamente a la punta de la lengua.

Pero no se puede caminar con el corazón bien a la vista. A la gente le da por cogerlo, acariciarlo, pellizcarlo, y hasta darle de hostias. Lo tengo hecho trizas, y estoy cansada de recomponerlo.

Conozco a alguien, justo en ese momento en que te odio con todo mi penoso amor. Me gusta, es inteligente y tiene sentido del humor. Quedaremos a tomar café, decidimos. Tal vez surja algo más, tal vez las ganas nos puedan. Pero somos demasiado  de piel, demasiado explícitos. Y decidimos saltarnos el café. No puedo creer que vaya a hacerlo. Pero yo paso esta puta página, aunque sea a golpe de orgasmo.


Allí estoy, ansiosa en la puerta del hotel, preguntándome si te reconoceré. Pero llegas y me sonríes, y todo parece fácil. Entramos, dos extraños nerviosos, sin saber cómo mirarnos. Saldrá mal, pienso. ¿En qué coño estabas pensando Ali? Imposible. Tú eres esa jodida romántica que no concibe ni siquiera abrazar a alguien a quien no quiera. Sin embargo subo esa escalera, tropiezo a mitad, no puede ir peor, pienso.

Pero cuando dejo el bolso en la mesa y cierras la puerta me acercas a ti y empiezas a besarme. Y sé que todo irá de puta madre. Besando así no puede ir mal. Los nervios se esfuman y las manos nos guían, ansiosas, sedientas de piel. Nos desnudamos, sin dejar de besarnos. Te voy a comer el coño, prometiste, y empiezas a lamer cumpliendo tu promesa. Joder, me encanta, empiezas suave, y vas aumentando el ritmo. Te tumbo y empiezo a chuparte, lamo, meto tu polla en mi boca y subo y bajo, mientras mi mano acaricia tus cojones. La nausea que nunca se cumple, tú sujetándome la cabeza, empezando a imponer tu ritmo.

Te separas y me besas, nuestros flujos impregnando las lenguas. Te muerdo el labio. Joder, no puedo dejar de besarte, no me puedo separar, dices mientras tus dedos me invaden y yo sigo mordiéndote los labios. Me la metes y gimo joderes, mientras tú me lames los pezones. Muerde, suplico, y me miras con una mezcla de placer e incredulidad, mientras me muerdes los pezones. Empiezas suave, y a cada mordisco gimo de placer. Consciente de que me matas muerdes cada vez más fuerte, tiras de mi pezón con los dientes, lames. Me arqueo y tú sigues con tus embestidas brutales hasta que te corres con un gruñido.

Me besas y acaricias mi espalda, y sonríes cuando descubres que es mi punto débil. Si me acaricias la espalda y me muerdes los pezones pierdo la voluntad, susurro. Y tú ríes mientras me dices que ya te has dado cuenta. Y me besas. Y, coño, echaba de menos los besos. Los echaba de menos más que al sexo.
Te acaricio, tengo demasiadas ganas, te tumbas en la cama y te cabalgo, mientras me dices cuánto te gusta mi coño. Me vence el orgasmo y caigo encima de tu pecho, y tú atrapas con los dientes mi pezón derecho.
Follamos, follamos y me besas. Y a cada beso su puto recuerdo se aleja un poco, que no puedo con más decepciones. Y cuando no podemos más tú decides volverme loca y me comes el coño. Literalmente. Lames, muerdes, tiras con los dientes. Y el dolor me trae latigazos de placer. Y cada vez que lames después de un mordisco creo que moriré. Y no me importa. Moriría justo en ese segundo.

Muero y resucito a cada mordisco, a cada embestida de tus dedos. Y el placer aleja a la tristeza, a golpe de tu lengua en mi coño.

Y me abrazas, y me besas como si importase, mientras me acaricias la espalda y tus dedos recorren mi culo. Y hablamos como si esta no fuese la primera vez que nos vemos.
Antes de salir de la habitación te beso. Y me pierdo en ese beso, y él se aleja del todo.
Ojalá follar de nuevo contigo.
Hay bocas que valen por mil polvos. Hay besos que te rescatan de ti misma. Salgo de la puta espiral. Empiezo de nuevo.

sábado, 11 de enero de 2014

Una cerveza y despido a Tristeza

Siempre tuve cierta tendencia a la melancolía. Desde pequeña a veces estoy triste sin ningún motivo. Supongo que a todos les ocurre de vez en cuando, pero nos han enseñado que tenemos que ser felices. No hay lugar para la tristeza. Aun así yo sigo estando triste a veces, y qué coño, a veces me dejo llevar por la tristeza, me sumerjo en ella y todo se vuelve oscuro.

Durante años no he podido estar triste. En la vida feliz que fingía no había resquicios para la tristeza. Él me conocía, sabía de mis bajadas, me sabía montaña rusa. Pero de repente demostrar tristeza se convirtió en algo inaceptable. Supongo que sentía que si parecía triste cuestionaba nuestra felicidad, ponía en duda nuestra vida perfecta. Pero nada es tan perfecto como para sonreir a tiempo completo. Nada. Además la tristeza tiene algo bello, creativo. La tristeza atrapa.

Daba igual si yo estaba triste, o si no era feliz. Pero que no se notase. Una vez colgué una de mis canciones preferidas, triste, jodidamente triste. “¿No ves que todos van a pensar que no eres feliz?”, dijo. No me preguntó por qué escuchaba en bucle una canción que se preguntaba dónde coño se esconde la felicidad. Se infeliz Alicia, pero que no se note mucho. Se derribo, pero no hagas mucho ruido al caer. Que nadie se percate de tus ruinas.

Creo que las personas así no es que sean más normales. No es que nunca estén tristes. Te señalan con el dedo para que nadie vea que son igual que tú, que tal vez su interior es más oscuro que el tuyo.

Aún así nunca fui triste al uso. Soy de esas personas que sonríen a pesar de todo, que ríen hasta el llanto. Y si la vida se pone puta aún río más fuerte, para presentar batalla. Además me da por reirme de lo que más me preocupa. Por eso me gustaba hablar contigo, porque nos reíamos de las mismas cosas. Y daba igual si era la muerte o nuestras obsesiones, o nuestras inseguridades, esas pequeñas hijas de puta.

Tuve un amigo cuando estudiaba. Era triste, así, sin más. Todo era terrible, vivía en una continua queja. Eramos iguales, decía al mirar mis eternos ojos tristes. Pero no, joder, yo seguía siendo capaz de reirme. Él no. Poco a poco fue llenando todo, ocupando cada espacio. Me quería, dijo. Yo huí. Alguien como yo no puede estar con alguien así. Soy autodestructiva, pero la risa me rehace. Con él hubiese dejado de reirme. Era así de sencillo.

Pero dejé de reirme de todos modos. Sonreía mucho, fingiendo ser feliz. Reir no, ya nunca reía.
Un día levanté la vista en un vagón de metro y allí estaba mi amigo, con su cara triste de diario. Me saludó, diez años después. Se sentó a mi lado y después de cruzar tres frases me preguntó qué coño me había pasado.

Lo tomé como un insulto. No me di cuenta de que sí me había pasado algo. Estaba muerta, pero no me había dado cuenta. Ya nunca reía. Nunca.

Hoy lo he visto en el metro de nuevo, con su mirada triste perdida en aquel libro, y he bajado del vagón, incapaz de explicar otros cinco años de mi vida. Incapaz de enfrentar su mirada triste. Hoy no. Hoy imposible.


Un mensaje corto en el móvil. “Quiero follarte. ¿Tomamos unas birras y lo hablamos?”
Y no pienso, vacío la mente y se llena de imágenes de nosotros follando. Me pongo mis vaqueros ajustados, la camiseta negra y mis tacones más altos, y salgo hacia su casa.

En la puerta veo su moto. Siempre me excitaron las motos. Me despiertan el instinto de huida, imagino kilómetros y kilómetros alejándome de todo.
Toco nerviosa al timbre, su voz me excita, sonrío. Necesito reir un rato. Necesito alejar a Tristeza, esa hija de puta fiel que se ha instalado en mi vida. Y da igual si le grito que se vaya, si la golpeo con risas. Ella sigue ahí, apoyada en el quicio de la puerta, esperando para entrar en cuanto baje la guardia y envolverme en su abrazo.

Abre con una cerveza en la mano.

Ah… ¿iba en serio lo de las cervezas?, pregunto sonriendo.
Nunca bromeo con la cerveza, dice riendo.

Entro y me arrincona contra la pared. Se acerca despacio, sujetándome por la cintura con la mano en la que aún conserva la cerveza, con la otra me sujeta la nuca, y se sigue acercando despacio. Su olor me invade. Joder, huele bien. Me mira a los ojos mientras se acerca. Cuando está a un milímetro de mi pregunto nerviosa. “¿No íbamos a hablarlo?”, susurro.

Pero en realidad no quiero hablar de nada. Estoy excitada, cachonda. Quiero que me folle contra la pared, descubrir a qué sabe su piel cuando le muerda.

“¿Qué hay que hablar? ¿No quieres follarme?”, pregunta sin separarse.

Joder, su boca está tan cerca. Necesito besarle, morder esos labios que me sonríen. Agarro la cintura de su vaquero y tiro hacia mi. Está tan cachondo como yo. Le muerdo el labio, me besa, nuestras lenguas se enredan, me lame, muerde mi labio inferior, vuelve a lamerme. Tira de mi pelo hacia atrás, y me muerde el cuello, justo encima de la clavícula. Joder, ahí no, gimo.

¿No te gusta?, pregunta separándose un momento.
Me encanta. Pero si me sigues mordiendo así querré quedarme para siempre follando contigo.

Ríe a carcajadas y vuelve a morderme, mientras me desabrocha el pantalón y mete los dedos entre mis bragas y mi piel. Me estremezco. Estoy mojada, quiero que me folle ya.

Me baja los pantalones. Me quita los zapatos y los saca. Me quita la camiseta mientras yo vuelvo a meter los pies en los zapatos. Me mira sorprendido.

¿No te apetece follarme con los tacones puestos?
Joder, sí. Y se aleja un poco, observándome. Ropa interior negra y tacones. Nada más. Me arranca el tanga y desabrocha el sujetador. Le quito la camiseta, acariciando los tatuajes al sacarla. Desabrocho el pantalón, le quito el bóxer, y quedo en cuclillas delante de su polla. Me la mete en la boca sin avisar y me la folla, entra y sale, brusco, mientras me sujeta la cabeza. Mis manos se aferran a su culo, apretándolo más contra mi, aguantando la nausea.

La saca y me gira, empotrando mis pechos contra la pared. Se agacha y me abre las piernas. Acaricia los zapatos. Después sus dedos recorren mis piernas, clavándose, dejando surcos rojos que lame suavemente. Cuando llega a mi coño mete tres dedos y me lame, mientras sus dedos entran y salen de mi, cada vez más rápido. Lame en círculos, muerde mi clítoris hinchado. Un hormigueo me recorre las piernas y mi espalda se arquea, mis pechos golpean la pared.

Saca los dedos, los lame y mete su lengua. Entra y sale, las contracciones de mi orgasmo aprisionando su lengua mientras se bebe mi orgasmo.

Me da la vuelta y muerde mi pezón izquierdo, mientras su lengua lo lame. Tira de él con los dientes, mientras sigue masturbándome, y un segundo orgasmo me golpea. Sonríe. Suelta el pezón, vuelve a besarme.

Mis manos suben y bajan acariciando su polla, que se tensa.
Para. Para, joder, o me correré ya.
Yo sonrío mientras le muerdo el labio, fuerte. Mis dientes se clavan, y cuando gime paso la lengua por las marcas, y vuelvo a morder.

Me agarra por el culo Y me lleva hasta la cama.
Se tumba y me sienta sobre su polla. Me penetra de un empujón. Pego un grito. Me levanta sujetándome el culo y me deja caer con violencia sobre él. Casi sale por completo y después entra del todo, de forma brutal. Grito joderes mientras le clavo los tacones en los muslos, tomando impulso para subir y bajar. Bajo y me da un azote, fuerte, rápido. Levanta la mano y me acaricia al ver cómo sonrío. Me tumbo sobre su pecho y subo y bajo, imponiendo el ritmo, mientras él me azota y me acaricia, mis pechos contra su pecho. “Te voy a arrancar la tristeza a mordiscos, mi zorra preciosa”, dice. Y me muerde el hombro mientras un espasmo me recorre la espalda y el orgasmo me arquea sobre él violentamente. Entonces agarra mi culo y entra y sale con un ritmo frenético, mientras yo acaricio sus cojones, apretando un poco y soltando.

Su respiración cambia, escucho un gruñido ronco en el último empujón y cesan las embestidas.

Nos quedamos así, abrazados, mientras me acaricia el culo.
Levanto la cabeza y veo cómo me sonríe. Bueno, dice, ahora ya podemos hablarlo mientras nos tomamos una cerveza. Sigo teniendo ganas de follarte.
Mis ojos verde-feliz ríen.

Ahora sí soy yo. Ahora sí podría abordar a mi amigo triste y soportar su tristeza sempiterna.

Le beso sin dejar de sonreir, mientras Tristeza cierra de un portazo, sabiéndose desterrada.

miércoles, 1 de enero de 2014

Sonreir para las fotos

Siempre me gustó ver fotos. Es como recuperar la memoria, revivir algo que quizás ni viviste, que recuerdas por las veces que te lo han contado.

Cuando era pequeña no tenía demasiadas fotos que mirar. Mis padres no tenían cámara. Casi todos nuestros recuerdos los inmortalizó Julio, un alemán casado con una española que vivía en la casa de enfrente. Nunca tuvieron hijos y Julio nos adoraba. Mis fotos se perdieron casi todas años después en una mudanza, pero si cierro los ojos aun puedo verlas, tal como Julio las vio a través del visor de su cámara. Yo entre las macetas de mi balcón, desde su balcón, sonriéndole, la cabeza ladeada, como en todas mis fotos, símbolo evidente de mi timidez enfermiza. Yo con mis marionetas de aquella serie de dibujos animados, mi abuelo riendo conmigo,…

Las fotos que más me gustaba ver eran las de antes de existir yo. Tenía la sensación de que me conectaban con el pasado, que daban un sentido a un mundo que no conocí. Un mundo en el que mi padre cogía de la cintura a mi madre, o sonreía de pie encima de un caballo, con su uniforme de militar, o mi madre fumaba con gafas de sol y minifalda. Porque mis padres nunca fueron jóvenes fuera de las fotos. Son de esas personas que te juzgan sin recordar que ellos también tuvieron 15 años alguna vez. Si no fuese por las historias que me contaba mi abuelo nunca los hubiese imaginado vivos antes de nacer yo. Y por las fotos. Siempre las fotos.

Así llegó a nuestra familia Angustias. Mis padres fueron de viaje de novios a la Alhambra. Salían sonrientes y enamorados, sentados en una fuente. Al otro lado de la fuente en varias fotos salía una chica con una cara de tristeza infinita. Pregunté mil veces quién era aquella mujer que parecía a punto de morir de melancolía y mi madre siempre me respondía con un “yo qué sé, alguien al fondo de la foto, ¿qué importa?”. Pero a mi sí me importaba. Yo necesitaba poner en su lugar a aquella desconocida, así que le inventé una historia.
Angustias había ido a Granada porque tenía una cita con un desconocido al que había conocido por carta, por una revista. Quedaron un día para cambiar sus vidas. Ella se escapó, sus padres nunca le hubiesen permitido reunirse con él. Llegó soñando con aquellas cartas, le esperó, le esperó, pero él nunca llegó. No podía saber si le había pasado algo, o si le había engañado. Tampoco tenía ningún lugar al que volver, ya no. Así que lloraba desesperada en fotos ajenas.

Cuando mi sobrina me preguntó viendo las fotos quién era aquella chica yo le dije que era Angustias, y le conté su historia triste. Mi madre me miró con cara de haber perdido toda esperanza en mi. Así fue como Angustias entró a la historia de mi familia oficialmente.

Una pareja se hace fotos cerca de donde trabajo, y yo sonrío con tristeza, sonrío para no ser la chica triste de las fotos ajenas.

-¿Y tú por qué sonríes?, escucho una voz reir a mi lado.
- Para no derramar melancolía en las fotos de nadie, contesto mirándole a los ojos. Y me pongo a reir a carcajadas al darme cuenta de lo profundo que ha sonado. Él ríe conmigo.
- Mira que eres rara, dice mientras me abraza. Y sé que no es un insulto. Sé que lo dice porque le encanta. ¿A qué hora acabas de trabajar?, pregunta sin soltarme de su abrazo.
-Ya he terminado, contesto metiendo mis cosas en el bolso.

Camina cogiéndome de la cintura, como si le perteneciese. Me gusta ese gesto. Es nuevo para mi. Años con alguien que caminaba siempre a una distancia prudencial de mi me hicieron creer que era lo normal, que lo correcto era intentar demostrar que no nos queríamos en absoluto. Pero él camina orgulloso conmigo por la calle, y me hace sentir valiosa.

-¿Has comido?, pregunta distraído.
-No, no he parado en toda la mañana, contesto.
-Entonces te preparo algo, dice risueño al ver mi gesto sorprendido. Y me guía hasta su casa sin esperar respuesta.

Llegamos y va directo a la cocina. He hecho lasaña, dice. Y sonríe al ver mi cara fingiendo entusiasmo  al decir “Ah, lasaña”. No hace falta que finjas que te encanta. Además, aún no has probado esta. Y me quedo en la cocina observando cómo pone el horno, mientras saca algo de la nevera.

-Joder, ¿dónde has comprado esto?, pregunto mientras saboreo lo poco que queda en mi plato.
-No la he comprado. La he hecho por si hoy sí te encontraba, sonríe al ver mi cara de sorpresa.
-¿Tú cocinas?
-Estudie para eso. Estás probando mi célebre lasaña de crepes con jamón y queso. No tiene nada que ver con la lasaña, en realidad. Quería ver qué tal mentías. No tienes pinta de que te guste la lasaña.

Entonces imagino que no es fácil conseguir trabajo de cocinero con su aspecto. Alto, lleno de tatuajes, el pelo tan corto, los piercings,… No, no debe ser fácil. Supongo que el mundo está lleno de gente con sueños que no se cumplieron, con horas de esfuerzo que no valieron para mucho. Aunque, joder, esta lasaña sí vale mucho.
Apuro el vino y me levanto. Me siento encima de él, le miro a esos ojos hambrientos y le muerdo el labio. Me besa, me muerde los labios, mientras muevo mis caderas rítmicamente, arriba y abajo. Se levanta con mis piernas enganchadas a su cintura y me lleva hasta la cama.

No, no, no, susurro. Tú ya has hecho bastante por mi. Deja que haga algo por ti. Y me pongo de rodillas en la cama, le bajo la cremallera, le quito el pantalón, los calzoncillos negros. Y me desnudo mientras él se quita la camiseta.

Me acerco lentamente, mirándole a los ojos. Cuando acerco mis labios a su polla cierra los ojos un segundo y sonrío. Me gusta verle perder el control de vez en cuando. Pero los abre y me mira fijamente. Yo saco la lengua y le lamo suavemente, le beso, vuelvo a lamer. Acaricio sus cojones, los aprieto y gime, los lamo, succiono. Vuelvo a lamer suavemente arriba y abajo.
Después vuelvo a su polla, chupo, beso, lamo, sé que le gusta verla salir llena de mi saliva mientras me mira a los ojos, y yo sigo arriba y abajo, aguantando la nausea que nunca se cumple, mientras mi mano agarra firme la base y masajea, arriba y abajo, rítmico. De repente decide tomar el control y me folla la boca rápido, duro, agarrándome del pelo. Se corre en mi boca, sonrío. Me tumbo en la cama.

Quieta ahí, susurra en mi oído. Ahora me toca comer a mi.

Me sujeta las piernas con los hombros, mientras me lame el clítoris. Chupa, lo hincha, lo muerde, joder, lo muerde,  me penetra con su lengua. Joder, joder, joder, gimo, incapaz de encontrar otra palabra. Sus dedos me penetran rápido, violento, mientras sigue lamiendo, mordiendo. Me arqueo en pleno orgasmo, sujeta más fuerte mis piernas, mientras  se bebe mis flujos, lame mi orgasmo.

Se tumba a mi lado. Me observa un rato.
-¿Por qué sonreías triste?
-Porque me preguntaba qué fue de Angustias, contesto medio dormida.
-¿Quién es Angustias?
- Nadie, es una historia absurda, una gilipollez mia, contesto más consciente.
-Joder, Ali, aún no te has dado cuenta.
-¿De qué?
-De que quiero escuchar todas tus historias, por absurdas que te parezcan.