lunes, 29 de diciembre de 2014

Vidas cruzadas (una historia que escribí hace mucho)

A él le gustaban los gatos y las series antiguas. Leía cómics que nadie recordaba, y coleccionaba frases de sobres de azúcar. Algunas le parecían una mierda, patadas en el estómago de la lucidez, pero aun así necesitaba reunirlas. Tomaba siempre el café sin azúcar en los bares, pero pedía doble sobre, ante la mirada cabreada de los camareros. Por la noche le gustaba tocar la guitarra. Sus vecinos no siempre estaban de acuerdo, pero él ignoraba sus gritos y sus golpes en la pared emulando solos de Slash. O si estaba triste escuchaba a Miles Davis, o música clásica para la melancolía. Su vecina del quinto había empezado a pensar que en aquella casa vivían 4 ó 5 personas. No era posible, opinaba alzando demasiado la voz en el rellano, que una sola persona escuche todo eso. Y eso que el casero dice que sólo vive uno, las narices, decía casi gritando, como si eso le diese la razón. Él la escuchaba y recordaba a su tío, que siempre decía que si necesitas levantar mucho la voz para defender tus razones a lo mejor es que no tienes demasiadas. Nunca saludaba a los vecinos, porque era un borde, opinaba la vecina del tercero. En realidad era demasiado tímido. Nunca entendió los tiempos en las relaciones, cuándo hay que saludar y cuándo está de sobra. Los ritmos sólo se le daban bien en la música.


Había conseguido un trabajo en una tienda de animales hacía tiempo. Algo para un par de meses, pensó, luego buscaré algo mejor. Pero nunca buscó otra cosa. Al principio pensó que era su eterna pereza, su miedo a los cambios. Luego se rindió a la verdad. La razón por la que no buscaba otro trabajo era ella.


Ella era delgada, pelo largo, nada en ella llamaba la atención. Le gustaba el rock. Aprendía idiomas escuchando grupos ingleses, y había empezado a entender algo de alemán gracias a un grupo extraño de folk metal. Le gustaba el principio de una canción que hablaba de la luna llena, con un arpa sonando en mitad de todo aquel bullicio. Estaba fuera de lugar, un poco como ella. Siempre llegaba tarde a todo en su vida. En realidad era excesivamente puntual, para compensar sus destiempos en las relaciones. No, no entendía a los seres humanos. Nadie entendía su gusto por los datos inútiles, por las palabras difíciles. Coleccionaba palabras perfectas en cualquier idioma. Largas, sonoras, con un significado rotundo,… No, a nadie más le interesaban.


Cada día al salir de clase pasaba por la tienda de animales, para ver a los conejos enanos. Había tenido uno, Momo, que había muerto en medio de una historia rocambolesca protagonizada por su vecino, el hijo de puta. Sólo lo había visto un par de veces, pero ahora sólo deseaba que no estuviese vivo, y eso le hacía sentirse mala persona y le aliviaba al tiempo. Entraba esperando encontrar uno igual al que rescatar. Momo era un fallo en esos cruces que hacen buscando el conejo perfecto. Debía tener las orejas muy largas y caídas, pero una de ellas se negaba a acercarse al suelo, lo que le daba un aspecto despeinado, muy punk, creía ella. Nadie lo había querido en la tienda, y cuando ella lo compró (a mitad de precio) era ya mayor. Lo imaginaba triste esperando que alguien se lo llevase de aquella puta pecera que los niños golpeaban con saña, viendo cómo siempre preferían a otros. Un poco así se sentía ella.


Al principio ni se fijó en el dependiente que andaba siempre medio escondido entre peceras y jaulas. Alguna vez se había cruzado con él en un pasillo estrecho y él había hecho movimientos extraños para evitar un roce mínimo. Qué curioso, pensó ella. Tal vez le moleste que le toquen desconocidos, como a mi. No sabía que él la observaba desde el primer día que la vio entrar, la chica con los ojos más tristes que había visto jamás. Cuando se cruzaba con ella en el pasillo, nada accidental, alardes de valentía, de tardes enteras reuniendo el valor, no la tocaba por miedo a besarla. Si la rozo siquiera no podré evitar besarla. La asustaré y huirá, y nunca más volverá.


Ella seguía observando conejos, esperanzada al ver alguno  con una oreja un poco girada, mirando al techo, pero pronto la bajaban, y ella perdía interés. Poco a poco fue advirtiendo detalles del dependiente. Le gustaba cómo atrapaba con cuidado a los diamantes mandarines antes de entregarlos a algún cliente, o cómo acariciaba furtivamente a las cobayas cuando les ponía de comer. Le gustaba cómo pasaba las hojas de los libros, como en trance, y se preguntaba qué leería. Pero nunca se atrevió a preguntarle, ni a saludarle. Ni siquiera sabía cómo sonaba su voz.


Un día acabó la facultad y tuvo que volver a su ciudad. Se acercó a la tienda de animales, esperando reunir el valor para hablar con él, pero ese día estaba enfermo, así que cuando no le vio se fue sin más, convencida de que el destino no quería ese encuentro.


Han pasado 5 años. Ella camina por el andén del metro, pensando a qué empresa puede ir a entregar su currículo. Mira el plano, se gira, y se choca con alguien. Disculpa, dice, y de repente ve los ojos de él, inconfundibles, observándola. Ella está muy cambiada, pelo corto, otra ropa, pero esos ojos tristes…


Hola, cuánto tiempo, ¿te acuerdas de mi? Soy el dependiente de la tienda de animales.


Joder, es verdad, cuánto tiempo. ¿Qué tal todo?


Bien, ¿y tú?


Bien.



Quiere decirle que de puta pena, que acaba de dejar una relación difícil y se ha mudado, cambiado de corte de pelo, de estilo de ropa. Quiere decirle que si le apetece tomar una cerveza y ponerse al día de una vida entera, porque nunca han hablado. Pero calla, asustada por sus destiempos, convencida de que, como su ex le dijo, nadie más que él la puede querer.


Él quiere besarla, sin más, ya hablarán luego, cuando deje de hablar la piel, cuando el dialogo de cuerpos haya cesado. Quiere acariciarle la nuca, desprotegida ahora de su larga melena, acompañarla a tomar todos los cafés del resto de su vida. Total, nadie le espera, sólo tiene un rollo informal con la tarada de la tienda de videojuegos. Ni siquiera hablan. Sexo. Punto.


Llega el metro. Titubea. Espera que ella de el primer paso. Ella espera una señal, que él se acerque un milímetro más. Nada. Bueno, adiós. Y sube al metro cuando ya se cierran las puertas. Ni siquiera sabe en qué dirección le lleva.


Putos destiempos.


No le intereso.



Pd: Así se libran de fracasos, de dolor, de conocerse y decepcionarse. O no. Tal vez no.


Vidas cruzadas - Quique González con Ivan Ferreiro

viernes, 26 de diciembre de 2014

Escribir sinsentidos. Sentir sin sentido




Decidió sacarse un conejo de la chistera, un puto farol. Nadie se daría cuenta, pensó. Nadie se fijaba demasiado en ella.

Nunca me enamoraré de nuevo dijo. Y lo dijo tantas veces, que al final acabó creyéndolo. Así que imaginad su cara al observarle mientras hacía dobleces en papelitos. Y sabía que no. Y sabía que nunca. Y él preocupado, porque jamás la escuchó prometerse que jamás.

Así que reiría, soñaría, le cogería de la mano, emocionada e incrédula. Porque el amor no existía. No para ella.

Es tan jodidamente improbable que te enamores de verdad. Y es estadísticamente imposible que seas correspondido, se repetía. Y se lo repitió tantas veces, para evitar creer en nada, que acabó creyendo solamente en el desamor.

Las personas rotas tienen algo que casi nadie puede ver. Y es una fe ciega en lo que les mantiene vivos. Y si tiene que ser en el desamor y en el fracaso, pues se joden y creen en el desamor y en el fracaso. No porque quieran. Creen por pura supervivencia.



Y no, esto no tiene sentido, como casi todo lo que escribo últimamente. Porque estoy triste y no lo estoy. Porque cuando me sonríes es imposible estarlo. Porque me rescatas de mi misma en el puto día más triste de la historia de la tristeza. Y claro, yo me cojo de tu mano. No porque crea que somos algo. Lo hago por no caer, por agradecerte que estés, porque me apetece y punto. Y juraría que te gustó que lo hiciese, pero a la vez sentiste pánico de complicarlo todo, de romperme más de lo que estaba. Pero eso es imposible, porque sin darte cuenta me has unido los pedazos, y creo que nunca estuve tan entera. Así que si me rompo, pues me romperé. Pero no anticipes las grietas. No me jodas. Esto es divertido. Me recompones. Así que déjate de grietas, de amor y de hostias. Que lo que tenemos me sirve. Que lo que tenemos es más de lo que esperaba. Que tenerte como amigo ya es un todo. Así que no me jodas alejándote por si. Deja los por si para cuando ocurran. Deja las caídas para cuando tropecemos. Diviértete, joder. Yo lo hago.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Cosas estúpidas que pensar un lunes por la mañana


En ti.

En alguien que no está, ni quiere estar.

Cada vez que escucho ese puto zumbido en mis oídos, pensar si me estarás pensando. Y no. Y nunca.

En que sigo comprando vestidos pensando en cómo me mirabas cuando aún querías bajarme esa puta cremallera que este vestido jodidamente perfecto sí tiene.

En si tu hija habrá recibido un video de Papá Noel, y desear preparárselo, como he hecho para mis hijas.

En que ya he sonreído, pensando en enviarte esa sonrisa, por si la necesitas.

En que no lo haré, porque quién iba a querer mis sonrisas un puto lunes por la mañana.
 
En que he aprendido a hacer pajaritas. Y a nadie le importa.

En que ya no tengo ni ganas de masturbarme, ni siquiera eso.

En que ya no, en que nunca más.

En cuánto me odio. En que estoy empezando una puta lista, de esas que odio para anotar lo poco bueno que recuerdo de mí, a ver si esta vez hago pie pronto en este maldito agujero, y puedo flotar, sólo eso.

En lo estúpida que me siento. En lo adolescente que me siento. Y entonces recuerdo que no, que esto de adolescente no me hubiese pasado, porque te hubiese extirpado en modo preventivo, en aquellos arranques de orgullosa mala hostia que tanto echo de menos. Que sí, que le perdí a él por no bajarme de mi orgullo a los 17. Pero por lo menos no parecía esta cosa absurda que quiere sin que la quieran.

En arrancarme el corazón sin anestesia, para que nada duela.

En que mi cama, esa que sólo nos vio sudarnos una vez, te echa extrañamente de menos.

En que no puedo llorar. Ni una puta absurda lágrima. Y duele aguantar todo esto dentro. Duele no poder ni escribir algo digno sobre ello. Sólo me sale una maldita lista de todo lo que te echo de menos.

En que cuando él se para en el pasillo y me dice “No te estoy mirando, te estoy admirando”, sólo deseo que fueses tú. Joder. Y me invita, de nuevo, y digo no, de nuevo. Porque soy incapaz de estar con nadie cuando mi cuerpo te grita te quieros. Mi mente no. Mi mente ha empezado a odiar tu indiferencia hace más o menos tres intentos de no decirte una palabra.

En que no, en que nunca, en que siempre es igual.

En que sigo siendo nada, nieve, muerte.

En que fui incapaz de interesar a nadie más de un puto mes, excepto a un enfermo.

En que te sigo escribiendo. Aunque no me leas. Aunque te importe una mierda.

En que normal. Yo tampoco querría leerme, escribiendo como escribo.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Sólo quería...

Hoy ha sido uno de esos días extraños y cojonudos que acaban conmigo llorando a escondidas, sin bolsillos ya donde esconder la tristeza.

Porque yo sólo quería todo contigo. Sólo eso. Y hoy he visto claramente cómo sería. Y no he podido dejar de sonreír, y de echarte de menos.
Allí estaban tus hijas, mis hijas, abrazos, risas, bailecitos tontos, más risas. Ella escuchándome atenta, abrazándome. Y, joder. Era genial. Todo era genial. Pero tú no estabas. Ni siquiera creo que nos hayas pensado en todo el día. Y ese desinterés golpea.

Y hoy me he dado cuenta de que el amor nunca tiene que ver con la lógica, y da igual lo bien que acople en tu vida, o lo bien que acoplarías en la mia. Da igual si te quiero como te quiero, o lo que haga. Da igual que desee hacerte (qué coño, haceros, hacernos) feliz cada puto día, o que estuviese dispuesta a dejarme la piel en conseguirlo. Da igual que esté convencida de que sería cojonudo. Todo da igual, porque el corazón es el que manda, y el tuyo ha decidido que no soy yo. Y ya nada importa.

Sólo quería todo contigo. Me quedo en nada. Porque soy eso, nada. Siempre, nada.

Cuando he empezado a escribir esto aún tenía una vaga esperanza. Pero yo, como siempre, lo he jodido todo, de nuevo.

Y ahora sólo me queda hacer lo que tenía que haber hecho antes de perder la poca dignidad que tengo, retirarme en silencio y llorar a escondidas, bajo las putas sábanas que ya no abrigan.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un beso, sólo un beso



Cada hora. Cada hora la besaba. Cuando todo aquello empezó le parecía un absurdo. ¿Cómo podía alguien vivir besando a una completa desconocida cada hora. Pero era su trabajo, su obligación. Se abría aquella puertecita, caminaba hasta el centro, mientras ella se acercaba, como flotando, se besaban y luego se alejaban, sin más. Ni una palabra, ni un gesto. Un beso, un beso frío y alejarse. Nada más.

Cada hora lo mismo, la misma función estúpida. ¿Qué pensaría ella? ¿Qué sentiría?

Al principio, los primeros meses, ella se acercaba mirando al suelo de madera, y al besarlo cerraba los ojos, pero no como los cierran los enamorados, como si quisiesen convertirse en uno mientras se besan, como si así pudiesen acercarse más. No, apretaba los ojos, como si no quisiese ver lo que ocurría. Normal, pensaba él. Es todo tan frío, tan aséptico y poco pasional. No era lo que alguien sueña cuando piensa en besar a alguien, no era lo que él esperaba. Nunca había besado a nadie excepto a ella. ¿Cómo sería besar a alguien a quien amas?
La misma pregunta flotando en el aire cada maldita hora.


Un día la vio acercarse, pero levantó la vista fugazmente del suelo. Luego mejillas sonrojándose, y el beso. Y era el mismo beso de siempre, pero no parecía igual. Sintió el calor de los labios sobre los suyos, el corazón latiéndole más rápido, y no sabía si aquel sonido era el de su corazón o el de ella. Y a la siguiente hora un pequeño parpadeo, una mirada, la respiración acelerada, el beso. La respiración cálida de ella perdiéndose en su boca, su pecho sobre su pecho. Y la siguiente hora, joder, qué larga la espera, y ella acercándose mirándole a los ojos, las manos rozándose, el corazón latiéndole en la punta de la lengua, sobre la lengua de ella.

Y la siguiente hora las ganas, los dedos entrelazados, la cadera de ella girando levemente hacia la de él. Y separarse, tener que separarse.
Y la siguiente, notar los pezones apretándose contra su pecho, las caderas acopladas, y el beso, queriendo alargar el bendito beso.

Y cada hora la espera, el beso, la tortura de no poder arrancarse la ropa y lamerse, acariciarse, follarse.
Y un te amo susurrado en los labios, y el deseo torturándolos, cada hora, cada puta dulce hora.
Pasaba la hora planeando huidas imposibles, vidas felices gemidas, sin mirar el reloj, jamás. Y apretar los puños, intentar mover los pies para correr hacia ella, agarrarla de la mano y huir lejos de aquel escenario.
Y soñar imposibles posibles.

Un día, una de aquellas horas, de tanto soñar con mover los pies y echar a correr hacia su cuerpo, noto un movimiento, vencer el miedo. Tal vez fuese posible, echo a correr. No bastaría con la mano, la agarro de la cintura y la arrastró en su huida, corriendo los dos, riendo como locos.



Al día siguiente el sonido de los minutos cabalgando, tic, tac, acercándose las manecillas, y el sonido de la puerta abriéndose.
- ¿Qué ha pasado en el reloj de cuco? ¿Has quitado tú los muñecos?
- ¿Yo? Se habrán hartado de darse besos cada hora y se habrán largado.
- Pues yo creo que han huido juntos, y enamorados, y ahora estarán follando en algún rincón, sin los barrotes de las manecillas juntándoles y separándoles.


- Tú es que siempre fuiste una soñadora romántica.

Que a mi infierno te traiga el rastro de mariposas negras


Se alisó el vestido antes de sentarse, y sonrió al pensarse una mujer formal, ella, que hacía unas horas caminaba a saltos entre los charcos con sus botas de calaveras. Nunca me acostumbraré a los vestidos, pensó, pero sabía que ya se había acostumbrado, y que en el fondo aquello de disfrazarse le gustaba más de lo que nunca reconocería. Sobre todo los vestidos. Sobre todo los días de viento.
Miró el libro en el fondo del bolso, pero aquel día le apetecía observar. Sacó papelitos de colores y se puso a doblarlos. “Si él me viese con vestido… “, y ya estaba aquella otra voz, más suya que ninguna, “ ¿qué? ¿si te viera, qué? Como si fuese a cambiar algo, pequeña imbécil. No te quiere. Podrías llevar puesta sólo la piel y miraría a otro lado. Ya no eres lo que eras, y ni aquello eligió”. Y ya estaban allí las putas lágrimas, el maldito monzón amenazando con derramar.


¿Cómo se explica la tristeza cuando eres tú misma quien te la provoca?

Nunca nadie tan cruel como ella misma. Y la gente se extrañaba de cómo pasaba de la risa a aquellos malditos ojos vidriosos en décimas de segundo. No escuchaban aquellas críticas feroces. Nunca imaginarían aquel campo de batalla.

Siempre empezaban igual aquellas espirales. Y aún así nunca fue capaz de sortearlas. Una frase, una pregunta que sabes que no quieres que sea contestada, y sin embargo necesitas hacerla, que la respuesta desgarre, para poder escuchar a esa hija de puta interna decir “ya te lo dije, gilipollas, eso te pasa por preguntar. Nada, eso eres. Menos que nada”.



Mariposas negras surgían de entre sus dedos. Las iba amontonando a los lados del asiento. Luego se levantaría y las dejaría allí, esperando para ver si había alguien dispuesto a darles otra vida. Llenar los vagones de mariposas de papel como única forma de esperanza.


La mujer de enfrente, con su libro electrónico, y metidos en la funda dos separapáginas de cartón. En el fondo todos somos unos nostálgicos. No hay más.


Y el chico de la baraja, sin la baraja. Se lo cruzaba dos veces por semana, volviendo a casa. Le observaba los dedos largos, los nudillos nudosos, la baraja girando, apareciendo y desapareciendo, las cartas pasando a toda velocidad de una mano a otra. Magia no eran los trucos, magia era el movimiento hipnótico de las manos. Pero hacía más de un mes que no llevaba en las manos la baraja. Ahora movía rápidos los dedos sobre la pantalla de un móvil, y la magia se convirtió en un vulgar vaivén de mensajes que no le hacían sonreír.


Y el chico del ritual. Ha añadido dos movimientos, pensó. Ahora sí está jodido. Ya ni escuchaba la radio. Ahora sólo repetía aquella sucesión de movimientos, siempre en el mismo orden, en una puta serie eterna y obsesiva.


Había días que no se atrevía a mirar a los ojos a la gente. Si sabes cómo mirar en mis ojos puedes ver mis demonios mirándote a la cara, decía siempre. Y hoy la oscuridad se le escapaba por las pupilas, supurando algo nauseabundo, preludio de tormentas. Hoy se había levantado insoportablemente ella. Hoy los monstruos, cansados de habitarla, querían salir, y le abrían pespuntes, y le deshacían costuras.


Da igual, pequeña estúpida. Como si alguien se fuese a fijar en ti, la chica que observa al fondo del vagón, doblando papelitos, evitando mirar a los ojos.
Y de repente, al levantar la cabeza, mientras negaba con un movimiento imperceptible, intentando alejar a aquella voz hija de puta, se chocó con su mirada. Colisión, algo denso, él viéndola tal y como era. Hay gente que si sabe mirar puede verme tal y como soy, oscura, obsesiva, con los monstruos siempre preparados para actuar.

Y supo que él veía todo, los monstruos, la oscuridad, aquellas putas ganas que la deshacían por dentro. Y se supo jodida, porque no apartó la mirada.

Ella también veía abismos en sus ojos. Quiso mirar la mariposa, pero ya la había acabado hacía un rato, ya no había más papelitos donde esconderse.


Se levantó nerviosa, caminó hasta la puerta y salió justo cuando se escuchaba el pitido que anunciaba que se cerraban, dejando tras de si, arrastradas por el vuelo del vestido, un reguero de mariposas negras.
El vestido se movía rápido a su alrededor, flotaba haciéndole cosquillas, casi ni se dio cuenta de que corría.


Y de repente una mano sobre su muñeca, otra mano en su cintura girándola. Tú no te escapas preciosa. Me tienes que enseñar a hacer mariposas. A cambio yo te despierto a besos. A cambio yo te follo con saña cada mañana.
A ver qué pega le pone a eso esa pequeña hija de puta de tu cabeza.


-------------------------------------------------
Miró al chico de enfrente en el vagón. Nada. No había nada en sus ojos. Siempre imaginando, pequeña gilipollas. Como si los milagros existiesen.



El tiempo pasaba sin tregua

Echaba de menos sentirse deseada. A veces olvidaba que ya no era la de antes, y se ponía a flirtear con algún joven. Tal vez aún... Pero después volvía Cordura, esa puta aguafiestas, y se retiraba avergonzada.
 
Ya nada es posible, pensaba. Y seguía con su vida repleta de soledades.
 
Recordaba con nitidez el día en el que, en la transición a adolescente se miró las piernas y las vio adultas. Fue algo extraño y definitivo. Más que el primer orgasmo, placer inesperado y solitario, casi accidental.
Después esa sensación de que siempre sería joven y deseable. Pobre imbécil ilusa.
Pero un día se dio cuenta de que ya no se giraban a mirarle el culo por la calle, que ya nadie se extrañaba cuando decía su edad.

Un día se descubrió. Descubrió a una desconocida que la observaba atónita desde el espejo.
Se había divorciado harta de no compartir sueños. Siempre le gustó la soledad. ¿Qué problema podía haber? Quien teme a la soledad es porque no ha estado mal acompañado. Y ella era experta en mala compañía.

Al principio no fue difícil encontrar con quien asesinar las ganas. Nunca nadie que se quedase.
A veces necesitaba un abrazo, joder, cómo lo necesitaba. Pero se avergonzaba. Se hubiese sentido patética al pedirlo. Y así estaba, acumulando soledades y decepciones. Y aquellas putas ganas de un abrazo. Pero, ¿cómo coño pides un abrazo?

 
Aún recordaba al poeta. Muerte, pronto fue Muerte para él. Recordaba aquel poema, su coño encanecido. Mi coño encanecido de decepciones, pensó. Como tú. Cambiada por alguien más joven y apetecible. Normal, se repetía. La hija de puta que la habitaba gritaba que él también envejecería, y tal vez... O ella. Ella también envejecería, todos lo hacemos. Imposible estar en ese standby delicioso eternamente. Todos envejecemos. "Tú antes", decía su yo destructiva. "Tú mucho antes".
Y ese momento llegó. Un día se descubrió Muerte de verdad. Un día se vio como era realmente. Imposible disimular el paso del tiempo, menos detenerlo.
 
Un día le cedieron el asiento en el metro, y ella se sentó, con los pies agradecidos y el corazón destrozado. Y se supo vieja.  Y supo que no había nada que esperar.
 
Pasó el tiempo. Maldito cabrón inexorable, sin posibilidad de vuelta atrás, sin posibilidad de bajarse.
Miraba sus pezones en el espejo, y los recordaba mordibles. Joder, ojalá un mordisco. Y cada vez se recluía más. Cada vez se odiaba un poco más. A ella y al tiempo.
Aquel día salió a pasear por la montaña, alrededor de su paraíso. Los pantalones cortos, la camiseta sin sujetador (total, para lo que hay que ver). Cuando se cruzó con él se extrañó de cómo la miraba. Es por ver a una mujer como yo sin sujetador, pensó. Y sonrió con tristeza, recordando cómo la miraban con veintipocos, cuando casi nunca usaba sujetador. Recordó a sus alumnos, adolescentes descarados, hablando de sus tangas y sus pezones guerreros. Y sintió a la zorra de Nostalgia amenazando lluvia en sus pestañas.
 
Apenas escuchó el tímido ”oye" a su espalda.

Se giró llena de rabia, sobre todo contra la puta nostalgia y contra si misma. "¿Qué?”, casi gritó.
- Joder, qué carácter, dijo él. Sólo quería preguntarte si puedo pasear contigo. Pero creo que paso.
- Perdona, me has asustado.
- ¿Por?
- No esperaba que alguien como tú me hablara, contestó ella en uno de aquellos arranques de sinceridad inevitables que tanto le jodían.
 
Y su risa. Y la risa de ella. Y el beso inesperado. Joder, disculpa, tenía que besarte esa risa. Y las pocas ganas de contenerse. Y olvidar de repente lo que pensaría, su edad y sus arrugas.
Él arrancando camiseta, mordiendo pezones, besando su ombligo, follándola al borde del camino. Y mordiscos, arañazos, orgasmos, sudor compartido.

 
Cuando te he visto he sentido unas ganas irrefrenables de morder esos pezones. Eres muy mordible, ¿lo sabías?

 
Joder, creo que lo había olvidado.

Un gato

Sólo necesito un gato, pensó, sólo un gato y él se irá. Era un pensamiento recurrente, sólo un gato. Si fuese tan fácil todo. Yo sólo necesito un gato. O una cobaya. Sabía que no era cierto, que nunca adoptaría aquel gato, que nada era tan sencillo. Pero necesitaba tener su salida de emergencia a la vista, un plan de huida.
 
Él odiaba a los animales, aunque si le preguntabas respondería que los adoraba. "¿A mi? A mi me encantan los animales. Porque no podemos, porque vivimos en un piso. ¿No sabes cuánto me gustan los perros?". Pero no era cierto. Los perros tienen un sexto sentido, ella estaba convencida. Sólo se acercan a las personas a las que les gustan. Por eso ella siempre acababa con los dedos y las rodillas lamidas en casa de los amigos que tenían perro. En cuanto entraba ya tenía la cabeza del perro rozando sus piernas, pidiendo ser acariciados. A él nunca se acercaban. Puedes mentirte a ti mismo, pero no al instinto animal de los perros.

Si le preguntabas, adoraba también la naturaleza. A ti es que no te gusta el campo, dijo ella una vez, tan bajito que nunca supo cómo él la había escuchado. "Yo adoro el campo, me encanta la naturaleza. El césped de un chalet, por ejemplo". Vaya mierda de ejemplo, pensó ella, pero no consiguió que de su boca saliese una maldita palabra. Casi nunca lo conseguía.

 
El campo, la naturaleza, la montaña, eran parte de ella, inevitable, algo que la atrapaba, como las bibliotecas, como la sección de libretas en una papelería. Como el botánico. Ella era montaña, pero ya no lo recordaba.
 
"Lo que no me gusta son las malas hierbas", dijo él. ¿Y quién decide qué es mala hierba? Ah, el monte está lleno de mala hierba, entiendo, pensó ella. Como yo, que soy mala hierba. Claro. Donde esté el césped de un chalet. Claro. Y sonrió, como sonreía siempre con él, por sus conversaciones alternatvas consigo misma; igual que sonreía cuando viajaba sola en el metro. No, nunca le sonreía a él.


 
¿Por qué seguía con él? Nunca lo supo. Le gustaba la idea de estar enamorada, de fingirse normal y adaptada, como nunca lo estuvo. Como nunca lo necesitaste, se escuchó pensar. Ya, ya, recuerda el instituto. Claro, nunca lo necesitaste, y una mierda. Ahora por lo menos sé fingir normalidad, ojalá hubiese aprendido antes.
Así que le pedía a los dientes de león estar enamorada. Sólo quiero amarle, envejecer con él, sólo eso. Pero sabía que no, que los dientes de león son como las estrellas fugaces, unos hijos de puta traicioneros que juegan con tus esperanzas, que jamás cumplen deseos.

No le pides estar enamorada a un diente de león si estás enamorada. Ni si eres normal, se dijo. Ni si eres normal.
Sabía que no estaba enamorada porque nunca hubiese dejado nada por él. Y sin embargo lo dejó todo, sin apenas darse cuenta, hasta a si misma.


No, había estado enamorada y aquello nunca fue amor. No de ese que te hace sentir un hormigueo en la espalda. No de ese que te hace pensar que perderás el sentido. No. Nunca tartamudeó con él, ni balbuceó incoherencias. Nunca aquella sensación en los oídos, como cuando sentía pánico porque le iban a sacar sangre. Nunca.
Por eso nunca huyó, creía. Porque no había nada de lo que huir.
¿Tú cuántos novios has tenido tía?, le preguntó su sobrina una vez. Ella se echó a reír.

Uy, muchos, contestó su hermana por ella. La tía en cuanto veía que la cosa se ponía seria, se buscaba otro novio.
Y era verdad. Si empezaban a hablarle de amor sólo tardaba un par de días en dejarles.


 
Salidas de emergencia. Un gato.



Para él tampoco fue nunca amor, creía. Fue un reto. La única chica que dejó a aquel amigo de él que él tanto odiaba. “No, yo no le odio”. Claro, césped, pensó ella. Siempre intentó salir con sus ex novias, como en una especie de competición en la que siempre tuvo las de perder, porque aquel amigo era el tío con más carisma que ella conocía. Él no. Él césped.

¿Cómo no intentar salir con la única chica que le dejó? Imposible.
Sí, él odiaba demasiadas cosas sin odiarlas. Ella cuando odiaba lo hacía con todo su ser.



“Es que odias la playa”, decía siempre él. No, qué coño. A ella le encantaba la playa para pasearla, para leer en invierno, para escucharla. Lo que odiaba era tostarse al sol, como una chuleta en la plancha de cualquier bar, viendo la playa desde lejos, sin poder bucearla. Además odiaba las playas llenas de gente, justo las que a él más le gustaban. Allí no podía escuchar las olas.
 
Recordaba aquel viaje en el que logró convencerle de ir una mañana a una cala remota, desierta. Y él se quejó del silencio, de la falta de gente, de que no hubiese chiringuitos (aunque él nunca gastaba un euro en uno de ellos, hombre, qué derroche). Interrumpe mi silencio con sus quejas, pensó ella. No me deja escuchar el mar. ¿A qué coño vengo?

 
Césped.


 
Nunca más intentó sugerir una playa. Iba, vuelta y vuelta en una puta toalla, con ganas de bañarse (¿qué quieres, que todos te miren, mojada en biquini?), con ganas de morir de aquella puta normalidad. Pero sin morir, sin huir.

 
Allí seguía ella, eterna novia a la fuga, pidiéndole a los dientes de león imposibles.

lunes, 10 de noviembre de 2014

La chica que escupía mariposas



 
 
Susurraba historias apenas audibles. Le pregunté por qué no hablaba nunca más alto. Es que yo escupo mariposas, contestó tan convencida que casi la creí.
 
Cuéntame la historia de tus mariposas, le dije, cuéntamela tan bajito que ni una de ellas pueda escapar.
 
Sonrió como sonríen los niños, con los ojos, y se acercó a mi cuello.  Yo era una chica normal, susurró. Yo era normal, me reía de los sueños, nunca creí en cuentos, aquellos que mi madre se empeñaba en contarme. Daba tantos detalles, su voz sonando como música en las noches de invierno. Nunca le conté que no la creía, porque sólo quería que me siguiese contando cuentos. Pero no, te juro que no los creía.
Y una lágrima, tos seca, algo parecido a un ala amenazando con salir.
Disculpa, son las alas de las mariposas, cuando me emociono o me enfado, cuando me dan estos putos ataques de nostalgia, siempre aletean fuerte en la garganta, intentando huir. No las culpo, yo también huiría de mí, imagínate.
 
La cuestión, continuó tragando saliva, respirando con dificultad, la cuestión es que me enamoré. Fue un golpe brutal, imagina. Alguien que nunca ha creído en nada totalmente enamorada. Me dio por creer en cuentos de hadas, en imposibles posibles. Me dio por aullarle en silencio a la luna llena, por recorrer su cuerpo con mi lengua, y vestirme de su saliva.
Creí, te juro, que todo era posible.
Luego se marchó. Nunca me supo explicar por qué no me quería. Pero, ¿cómo coño se explica el amor? ¿Cómo se explica que el corazón decide y nosotros no podemos hacer mucho más que escucharlo?
 
Ese fue mi error, me dio por escuchar a mi corazón, y me intoxiqué de cuentos e imposibles. Ahora sólo puedo respirar e intentar que las historias absurdas no escapen de mi boca. Ahora sólo tengo que guardar los cuentos en la garganta y evitar que salgan. No puedo permitir que el corazón los escuche. No puedo permitirme creerlos. Y ahí están, mis cuentos-mariposa, subiendo y bajando por mi garganta.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Dos realidades



LO QUE YO SENTÍ

Y allí estaba yo, que ya no creía en nada, convencida de que todo era posible. Había sido todo tan sencillo, tan natural. Y yo no paraba de repetirme “no la cagues Ali, ahora no la cagues”, ni de sonreír.
Todo empezó como si nada, con una mirada, un par de frases. Te conocía hacía tiempo, pero nunca habíamos coincidido en momento, supongo. Tú tenías una novia preciosa y mucho más joven. Yo andaba intentando sobrevivir entre el lodo. Y justo en ese momento, justo en ese instante de pánico al ver al fin la luz al final del túnel y creer que volverá a apagarse, justo en ese momento nos encontramos.

Ya no estoy con ella, me dices. Era como tener otra niña, igual. Y sonríes al contarlo, y yo quiero creer que es una puerta cerrada. Y vacío la mente, me olvido del sentido común, y te cuento que yo tampoco estoy con nadie. Y sonríes, y sonrío. Y todo parece posible. Todo.
Y de repente quiero ver señales, quiero creer en el destino, ese pequeño hijo de puta al que tanto he maldecido. Y estoy segura de que has aparecido porque tiene que ser, porque esta vez sí es posible.

Y un mensaje, y el tonteo, y hablar como dos adolescentes. Y en el momento en que todo lo anterior está acabado, justo en ese momento nos besamos. Y hacía demasiado tiempo que no me besaban, y me olvido de todo, apago el cerebro y cae la coraza, hecha pedazos bajo tus caricias. Una mano en mi culo y me subes como si fuese de papel, y me dejas encaramada a tu cintura, el vestido en las caderas, mi consciencia demasiado lejos. Y me llevas a la cama, subida aún en tu cintura, mientras me besas como si no existiese nada más en este puto mundo.

Y mientras yo te desabrocho el pantalón, tú me bajas la cremallera del vestido, y en ese momento sé que a partir de ahora todos mis vestidos llevarán cremallera, sólo para que tú la bajes. Y en ese momento me intuyo jodida, planificando mil polvos, mil vestidos cayendo.
Y me miras en silencio, me acaricias, me besas de nuevo. Muérdeme los pezones, suplico, y sonríes perverso, y me lames, tierno.

Y yo, que creí que nunca me recuperaría, que siempre escucharía aquella voz susurrándome perversiones en cada orgasmo, alejo la imagen, y me pierdo entre tus dedos. Y te lamo, te beso, te muerdo.
Y me gustaría escribir detalles, susurros, joderes gemidos, pero los siento demasiado nuestros.
En un instante me miras, como si me vieses por primera vez. ¿Quieres que lo dejemos?, pregunto. Nunca, respondes. Y me sigues comiendo.

Y besos, y abrazos, y sexo, y más sexo.

Necesito un café, me dices, y yo me saltaría todos los cafés del mundo mientras te beso, pero te sigo a la cocina, te observo mientras preparas la cafetera. Te giras, sonríes, me arrinconas contra la encimera y me follas con saña mientras sale el café. Y me muerdes, y me muerdes. Y te gimo que me encanta. Y suplico que nunca dejes de hacerlo.


Y después besos en gasolineras, comidas compartidas metiéndonos mano, más besos. Risas, pizzas, más risas y más besos.
Y cuando salgo de la ducha me abrazas, como si no quisieras que me marchara nunca, y mientras yo estoy diciendo que me voy a dormir a casa, tú me pones una camiseta tuya, y me dices que ya me iré, que hay tiempo, y me abrazas, y por primera vez en mucho tiempo, duermo sin pesadillas.

Y no hay nada, no hay promesas, no me mientes. No necesitamos nada serio. Lo que tenga que surgir, surgirá. Y de repente la luz al final del túnel es una mañana brillante, con mil soles alumbrando nuestros cuerpos, y tanta luz me ciega, y olvido que yo soy yo, olvido que no me quiero. Y me visto cada día pensando en si te veo.
Y planes de fugas, y más besos, desesperados en cualquier rincón, esperando el momento.


¿En qué momento te enamoras? ¿Cuándo es sensato, previsible, oportuno? ¿Es alguna vez el amor sensato, previsible, oportuno?
 
Yo creo que me enamoré en la primera voltereta, volando por encima de tu cabeza, esa sensación de felicidad infantil en el estómago. O cuando hice aquella broma inoportuna y tú hiciste una aún peor. Y reír juntos escondidos en tu cuarto.


 
LO QUE DE VERDAD OCURRIÓ

Nunca la percepción de la realidad es la realidad en si misma. Porque nunca es igual para ti que para mí. Ninguno siente igual que el otro. Y yo tengo esta tendencia a vivir todo desde las vísceras, a sentir sin un puto filtro, a verbalizar lo que siento.
La realidad es que era demasiado pronto. Tal vez no para mí. No, para mí no lo era. Yo necesitaba esa luz al final del túnel, porque he estado en el túnel demasiado tiempo, porque me llené de oscuridad, de humedad y tristeza. Porque pensé que mi vida era ese puto túnel. Que tal vez lo es. Tal vez.
 Pero para ti era pronto. No quisiste reconocerlo, porque supongo que esperabas que esto ayudase a alejar su recuerdo.
Y sí, teníamos ganas, muchas. Saco tu lado perverso.
 
Nos besamos, nos besamos y me llevaste a la cama, y cuando me desnudaste supongo que me comparaste mentalmente con ella. No, no soy tan joven, ni tan perfecta. Y yo pensé que no eras de los que halagas. Y no, supongo que no, que simplemente salí perdiendo en la comparación. Y seguiste besándome, lamiéndome, y de repente me miraste como si me vieses por primera vez, y deseaste que fuese ella, y cerraste los ojos, para fantasear, supongo, que te la follabas a ella. Y luego huiste a la cocina, y yo no te di tregua. Que sí, que supongo que te pongo. Que tu lado perverso me adora. Poco más.

Y cuando me abrazabas fuerte, después de la ducha, imagino que era porque tu gel huele a ella, y te perdías en mi cuello, imaginando que era el suyo, y por un segundo olvidabas que era yo, y eras jodidamente feliz.

Pero nunca fui yo. Nunca fui ella. Yo nunca soy eso. Sólo lo había olvidado. Ahora lo recuerdo con nitidez.
 
Y después tus confidencias, porque soy de esas que no montan numeritos, que escuchan pacientes y les jode cuando alguien a quien quieren sufre. Y así fue como acabé escuchando lo enamorado que sigues de ella. Y no, no quieres estar con ella, pero a la vez quieres estar con ella. Y yo quiero morirme. Sin más, sin romanticismo, sin parafernalia poética. Morir. Pero no puedo querer morir.

Y entonces tú, convencido de que decir que no querías nada serio nos protegería contra el amor, no concibes que a mi me duela. Y sigues contando, y sigo escuchando. Y joder, cómo duele.


Y en un día de mierda, de esos que no hay forma de apuntalar la puta sonrisa, te mando un abrazo, ánimo. A mi el cariño siempre me rescata. Y pienso… Y mierda. El abrazo cuando se me pase, dices, que estoy arisco, lo siento. Y no concibo que alguien haga un esfuerzo de dar un puto ánimo que no tiene y tú pagues tu frustración con esa persona. Adoro la sinceridad, ya sabes. Pero a veces hay que medir las consecuencias, y callar, creo. Porque sólo era un puto abrazo virtual que ni siquiera tenías que devolver. Una sonrisa, un gracias. Cualquier cosa que no acabe conmigo llorando en el trabajo.

Que no, que no es lógico que te quiera. Explícaselo a mi corazón, que a mi ya nunca me escucha.

 
LA VERDAD, LA PUTA, DURA REALIDAD
 
Casi siempre escribo aquí ficción, sueños. Ojalá esta vez también. Así podría darle uno de mis finales abiertos. Porque sí, porque hoy necesitaba un puto final feliz. Que la luz se ha apagado. Que la oscuridad ha vuelto. Que se me ha llenado la garganta de polillas. Que casi no recuerdo cómo sonreír.

¿Y de mí? ¿De mi has escrito un relato, o no doy ni para eso?, preguntaste. Y no, no dabas para un relato. Dabas para mil libros enteros, pero no los hubiese escrito jamás, en esa manía mia de no escribir cuando soy feliz.
En cualquier caso ya no recuerdo cómo se escribía. Ya ni eso.
Y nunca lo leerás, porque no te interesa lo que digo, ni lo que hago. Nunca has preguntado qué escribo, o dónde. Igual que no me escuchaste decir cuánto necesitaba un puto abrazo.

No. No soy nada. Ya no creo en nada, No te preocupes. Me retiro en silencio. Me guardo mi abrazo para quien lo quiera. Lástima. Doy unos abrazos cojonudos.



sábado, 14 de junio de 2014

La distancia, esa puta irreal

                               

La distancia es una excusa como otra cualquiera, tal vez más plausible, más creible, pero excusa al fin y al cabo. Si no viviésemos tan lejos…
Y es fácil creerla, fingir que no veo la realidad, que no es otra que que no me quieres. Es más fácil para mi puto ego ciclotímico creer que si viviésemos a dos manzanas sería diferente, cuando la realidad es que simplemente tendrías que buscar otra excusa. Tal vez te llevase un poco más tiempo elaborarla, convencerme. Pero el resultado sería idéntico.
Y aprecio tu cariño al tomarte la molestia de no querer dañarme siendo sincero. Y a la vez es una puta mierda.
Y si… Y morir en mis y sis.
Y si. Y si estuviésemos cerca, y si me quisieses, y si fuese posible.
Pero la realidad es que finjo creer porque duele un poco menos.
(mentira pequeña gilipollas, tal vez duela menos ahora, pero dolerá más tiempo)
Y pienso en ti cada vez que hago cosas que hicimos juntos, o que soñé que haríamos, porque soy una masoquista sentimental y me gusta recordarte.
Y me pregunto si me recordarás cada vez que bebes horchata, si nos recordarás muertos de la risa mientras tú intentabas identificar aquella canción. En el fondo eres tan obsesivo como yo, pero disimulas mejor. O lo eres con cosas menos jodidas. Tú te obsesionas si no recuerdas aquel dato, yo me obsesiono con tu voz. No, no es lo mismo. Ahora necesito recordarla cada vez que me masturbo, mintiéndome. Ahora mis orgasmos siguen subordinados a tu recuerdo.
Mientras tú habrás creado nuevos recuerdos para eso, para todo. Recuerdos nuevos que no me incluyan. Recuerdos mejores.
Demasiado tiempo. Demasiado tiempo para todo.
Y ojalá ser distinta. Tu personaje es tan triste, dijiste, insoportable. Y puede que tengas razón, porque esa de la que escribo, esa puta perdedora, en el fondo soy más yo que yo misma. Insoportable. Claro, por eso no estás aquí conmigo, dejemos de fingir que es por cualquier otro motivo.
Y no, tú no has fingido, es cierto. Aquí la única que se miente soy yo, para sobrevivir, para pensar que esos 326 kilómetros, esos 241000 pasos son insalvables. Pero no, no lo son. Es mucho más sencillo. No soy la clase de persona por la que dejas todo atrás y mueves el culo. No. Nunca lo fui.
Y puedo mentirme con él, mi eterno él, o con mi poeta, sí, ese al que llamabas de bragueta y revolcón. Pero contigo no puedo mentirme porque eres demasiado importante. O eras, yo qué sé. Creo que he perdido toda capacidad de sentir. Por eso busco personas que sé que jamás se implicarán, porque es más fácil pensar que no es por mi. Aunque lo sea.
No volveré a amar. He perdido toda capacidad. Y ya casi ni duele que mi eterno él se case la semana que viene, que esa persona con una memoria prodigiosa para las fechas me olvidase. Da igual que no me quieras, que seas feliz. No, eso no da igual. Espero que lo seas. Ojalá no verlo, arrancarme los ojos como me arranqué el corazón, no ver este puto invierno.
Yo seguiré aquí haciendo dobleces a los mapas, para ver si acerco ciudades. Tú sigue desdoblándolos, hasta que nos separe un abismo. Ya salto a él yo solita, con los ojos bien abiertos y la sonrisa bien calzada.
¿Te parecía triste y perdedora? Pues mira, podía serlo más. Voy mejorando.
Pero sigo sonriendo. Venga, Vida, te espero.

Alicia (Expulsada Al Pais de las Maravillas) by Enrique Bunbury on Grooveshark

sábado, 24 de mayo de 2014

Caminar a ciegas, creyendo que existes



Cerró los ojos justo cuando llegó al borde de la acera. Paró un segundo que le pareció eterno.
Tienes que arriesgar, se dijo. Necesitas una prueba de que hay esperanza.

Se había vuelto loca, pensó en un instante de lucidez. Pero tenía que hacerlo, aunque escapase a toda lógica, por lo mismo que tenía que rezar 4 veces cada vez que pasaba por aquel kilómetro de la antigua nacional. Seguía haciéndolo ahora que ya no creía en nada.
¿Seguro que no crees en nada?, escuchó a un pensamiento al cruzar a una velocidad vertiginosa.
En su cabeza siempre estuvo claro que era todo confuso. Conocía las normas, la ética. No quería hacer daño a nadie, pero los pensamientos contrarios estaban ahí. Siempre consigo controlarlos, se repetía. Mientes. Otro pensamiento.
Últimamente  algunos consigues racionalizarlos, relativizar su naturaleza perversa. Te mientes y buscas razones para legitimarlos. Haces locuras que antes ni te hubieses planteado como posibles, aunque en tu mente estuviesen gritando, golpeando en espirales.


Tal vez en el fondo sí creía en algo. Necesitaba creer, aunque la razón le dijese que no. Pero no. No rezaba por fe. Rezaba por rutina, por seguir un ritual. Cuatro veces en aquel puto kilómetro desde que sintió aquel escalofrío justo en el instante en que sonaba el teléfono. Ella era sólo una niña, pero lo recordaba con nitidez. Su madre asintiendo entre lágrimas, su cara al derrumbarse al colgar, y al segundo siguiente ya estaba rehecha y práctica, organizando para luchar contra aquella tristeza. Aún recordaba lo que cenó aquella puta noche, mientras todos iban y venían.

Su primo quería volar. Siempre fue su sueño. Se lo contaba entre historias de dinosaurios y clases de ajedrez. Ahora lo piensa y sonríe por lo cruel de la casualidad.
Su primo voló en el coche en el que iba, terraplén abajo. Voló literalmente, y luego amasijo de hierros, muerte, nada. Fin, el puto fin.
Fin justo al comienzo. Él sí creía. Era extraño porque era jodidamente racional y lógico. Excepto con la fe.


Sí, era más fácil pensar que estaba en un lugar feliz, que después del puto fin había algo. Era más fácil y a la vez una trampa letal. Si crees pospones. Dejas de hacer cosas que te gritan las entrañas sólo por no arriesgar algo que seguramente ni siquiera existe.
Tememos disfrutar por miedo al infierno, cuando el verdadero infierno es una vida gris, sin saltos a abismos, sin intentar mover las alas que el instinto te dice que tienes, sin alzar el vuelo.

Se tocó unos segundos los omóplatos. Esos bultos eran muñones de sus alas, que se habían ido cortando al no creer en ellas. Estaba segura.
Y ahora que había decidido usarlas no conseguía desplegar ni un milímetro aquellos muñones. No conseguía vivir. Y luego estaba aquella tristeza. Aquella puta tristeza. Podía olerla antes de que llegase. Olía a calma densa, a soledad no elegida. Olía a lágrimas a punto de desbordar. Aquella puta tristeza sin un motivo claro.


Llevaba meses soñando con el mismo desconocido. No era parecido a ninguno de sus “él”, a ninguno de los que fueron importantes. La abrazó sin más un día en sueños. Allí estaba ella, huyendo de sus pesadillas y sus asesinos en serie, cuando de repente vio a aquel tío alto, moreno y con barba mirándola fijamente.
Tranquila, te estaba buscando, le dijo. Te pienso abrazar.
Y despertó notando aún sus brazos rodeándola.
Sólo eso, cada noche un abrazo. Cada noche un poco más íntimo, más cercano. Cotidiano, pensó. No, cotidiano no, o sí, pero nunca rutinario. Nunca fueron rutina, a pesar de ser siempre un mismo abrazo.


Y luego despertaba, sonriendo, pero sabiéndose jodida. Cada día lo buscaba en cada rostro que se cruzaba, en todas las miradas.
Te estás volviendo loca, observando a los tíos en la calle, en el metro.
Pero era imposible. ¿Cómo iba a encontrarle? Quizás ni siquiera existía. Y esa duda la estaba matando.
Las dudas son unas pequeñas hijas de puta. Al principio parecen inofensivas, poca cosa. Puedes con ellas, seguro, te dices a ti mismo. Pero poco a poco convierten tus cimientos en arena de playa.
Con lo que quedó de aquellas dudas ella intentó construir un castillo. Pero las olas siempre acababan lamiéndole los muros, llevándose todo por delante.
Putas dudas, pensó.

Aquella mañana estuvo segura de que no podría con aquellas dudas. Si no existía necesitaba saberlo. Seguir adelante o acabar.
Masoquista sentimental de mierda, pensó, siempre queriendo certezas, aunque te destrocen.


Así que allí estaba, dispuesta a encontrar su certeza.
La noche anterior le abrazó en sueños, le besó, follaron como animales en celo. No supo si se atrevió porque tenía sabor a despedida.
Cerró los ojos, respiró hondo durante ese segundo de pánico, de incertidumbre, y sonriendo bajó de la acera. Caminó a ciegas entre el tráfico, los coches que pasaban rozándola, los gritos entre enfadados y asustados de los conductores, y los chillidos que la llamaban desde la acera. Y ella seguía avanzando, buscando a ciegas su camino, tanteando el aire con las manos extendidas.


Y de repente una mano sacándola del caos, una mano aferrándose suave y firme a su muñeca.
Cuando abrió los ojos le vio. Su desconocido la miraba enfadado.

- ¿En qué coño pensabas? ¿Quieres morir o qué?, preguntó él mirándola a los ojos.
- Te estaba buscando, contestó.
- ¿Qué? ¿A mi? Pero si tú y yo ni siquiera nos conocemos.
- Anoche me abrazaste, le dijo. Anoche me abrazaste y follamos. Y fui feliz.
- Estás loca, contestó. Le temblaban los labios.
- Puedo demostrártelo. Te llevaste mis bragas en el bolsillo. No querías olvidarme al despertar, dijiste.

Y él se palpó nervioso el bolsillo. Y de repente una mirada sorprendida y la mano buscando sin creer encontrar.

- ¿Qué coño…? Joder, ¿cómo?, dijo él con las bragas negras de estrellas en la punta de los dedos.
- Mira en el otro bolsillo, pidió ella.

Como en trance él sacó un papel doblado formando un corazón de origami. Al desdoblarlo pudo leer una nota. “No puedo más con esta duda. ¿Existes? Aún así te quiero.”
Sin saber por qué la abrazó, como si llevase toda una vida abrazándola.



Y después ruido de ambulancias, gritos.

No pude esquivarla, juro que no pude esquivarla. Sólo vi su extraña sonrisa y ya era tarde. Que alguien le tape esa sonrisa, joder.


Y sí, sonreía. Joder, cómo sonreía.

miércoles, 23 de abril de 2014

Sonríe chica triste




 (Imagen de Albert Soloviev) 


¿Cómo sabes que has tocado fondo? No lo sabes, nunca lo sabes. Puedes pensar, chica triste, que has llegado al límite cuando te das cuenta de que te da igual vivir o morir. O tal vez creas, tú, la de la media sonrisa que esconde abismos, que es cuando llegas a la conclusión de que el mundo seguiría girando sin ti, que nada cambiaría demasiado. Y puede que sí, que hayas llegado al límite. Pero la vida es una zorra a la que le gusta jugar, y apuesta con la tristeza a que aún puedes caer un poco más bajo, a que aún te cabe más desesperanza en los ojos, esos que ya nunca son verdes.


Y entonces te das cuenta de que ese fondo que pensabas usar para tomar impulso, y salir con la sonrisa ya puesta, aunque los labios tengan marcas de tanto morderlos, es una puta piedra en la profunda capa de fango que cubre el fondo. Todavía queda lo peor, aún queda notar cómo la piedra se hunde bajo tus pies y el fango te va manchando el cuerpo. Y la tristeza es un puto lodo demasiado pegajoso como para limpiarlo a base de sonrisas desesperanzadas. 

Puede que al principio intentes no hundirte, pero al final dejas de luchar, y el fango encharca tus pulmones, alvéolos incapaces de cumplir su función. Y te ahogas, chica triste. Te ahogas sin remedio, como un pez boqueando en mitad del vacío, incapaz de respirar ausencias.


Puede que caigan lágrimas, desbordando el monzón interior, y puede que ya ni puedas levantar las manos para limpiar las mejillas con el dorso, en ese gesto de tristeza rabiosa y contenida. Puede que te apetezca llorar quince días seguidos, como aquel puto diciembre, cuando creíste, pequeña ilusa estúpida, que no te podrías levantar más, que no se podía estar más triste. Pero la vida se lo tomó como un reto, y se propuso demostrarte que aún se podía, que aún no te habías acercado siquiera al fondo.


Y entonces sonríes, chica triste, sonríes al recordar esa sensación de imbatibilidad que tenías cuando estabas enamorada, cuando creíste, pequeña niña absurda, que alguien te podía amar.


Y ahora, chica triste, seguro que follarías. Te convertirías en perra en celo, follarías rabiosa y llena de ira, intentando alejar a tristeza. Ahora morderías, arañarías, gemirías joderes, lamerías. Ahora besarías, chica triste. Pero ya ni eso haces. Ya no hay nadie a quien besar.
Ríndete chica triste. Estás jodida. Estás perdida. Ya ni siquiera sueñas.




Y una mierda. Dame un día. Un día y me rehago. Dame un día. Pero que sea largo.


martes, 25 de marzo de 2014

Te buscaré en mis pesadillas





Me he vuelto a despertar asustada. De nuevo. Putas pesadillas.
¿Cuándo empezaron? Creo que cuando dejé de existir. Uno puede seguir ahí sin estar, sin ser. Tu cuerpo sigue en el mismo lugar, pero lo habita alguien extraño que no eres tú. Un día despiertas y piensas “Joder, ¿quién es esa que aparece en mis sueños? Me recuerda a alguien.”
La de mis sueños era yo, siempre fui yo. Allí era la de siempre, la del carácter fuerte, la borde. Seguía siendo esa que ya nunca era.
Sí, los sueños comenzaron con mi fin. Supongo que sólo era forma de seguir siendo yo misma, lejos de él, lejos de juicios y críticas. Sin ser esa cosa asustadiza en que me convertí. Un puto perfecto florero. Sí. Qué ganas de romperlo en mil pedazos. Qué ganas de romperme en mil pedazos.
En mis sueños siempre estaba sola entre los escombros. Los únicos que estaban allí eran mis monstruos, y los que me perseguían. Apocalípsis, terremotos, asesinos en serie. Divertido, sí.

Pero de vez en cuando, de repente una mano saliendo de una puerta entreabierta, tirando de mi. Y cuando ya estaba contra la pared, sabiéndome muerta, se acercaba y le veía nítidamente. Él, mi primer él, aquel con el que miraba las estrellas, el primero que no huyó de mis rarezas.
Se acercaba un poco más, sonriéndome con los ojos y me besaba. Y follábamos entre los escombros como nunca lo habíamos hecho. Porque nunca follé con él. Nunca ni un puto beso real.

Y después noches enteras de buscarlo por ciudades extrañas, por calles desiertas llenas de los cascotes y de hierros retorcidos de lo que alguna vez fue civilización. Y sólo encontrar muertos, asesinos, cuchillos clavándose en mi, monstruos. Y perder toda esperanza de ser feliz durante ese puto instante.

Y un día, sin más, cuando ya ni le buscaba, volvía para follarme en sueños.


Pasó el tiempo. Rompí el florero. Me hice pedacitos para reconstruirme distinta, parecida a la que le buscaba en sueños.
Cada vez recuerdo menos las pesadillas. Cada vez son menos frecuentes. Supongo que mi reconstrucción va bien.  Pero aún le sigo buscando en sueños.



Despierto asustada, intento liberarme de los brazos que me aprisionan, aún medio dormida. Pero no es uno de mis monstruos, eres tú, que me abrazas. Me cuesta un instante recordar que me quedé a dormir. Era tarde. El vino. Tengo que acordarme de no tomar vino. Me pone cachonda y vulnerable, una pésima combinación. Y no puedo permitirme perder el control de esa forma.


¿Habré hablado en sueños? Ella hablaba en sueños. Conversaciones enteras, coherentes, jodidamente sinceras (demasiado). Por eso dejé de hablar con ella cuando dormía. Hay cosas que no se deben decir, secretos que no hay que confesar ni a una misma, o todo estallará en pedazos.
Siempre temí hablar en sueños, nombrarle en sueños. Siempre fui asquerosamente fiel, hasta con el pensamiento. Pero en mis sueños no le recordaba, no existía nadie más en aquel mundo que E y yo. Sólo nosotros. ¿Pero cómo justificas eso? ¿Cómo explicas los te quieros susurrados a otro en sueños?



Tranquila preciosa, no te asustes. Hablabas en sueños. Gritabas, luego te calmaste y me hablabas, pensé que estabas despierta.

Sonríe. Joder, sonríe. No debo haber dicho nada inoportuno. Pero, … ¿por qué sonríe así?

Se acerca, me coge por las caderas y me sienta a horcajadas encima de él, sin dejar de mirarme a los ojos. Noto su erección a través de la ropa interior, dura contra mi. Me agarra las bragas por la goma y me las arranca de un tirón. Joder, gimo, eran mis bragas favoritas, me quejo con poca convicción.

Te compraré treinta bragas, sonríe con malicia.

Capullo, susurro mientras empieza a besarme. Es un beso lento, dulce. No estoy acostumbrada, no puedo. 


Le muerdo el labio inferior, clavando los dientes, con rabia. Me agarra más fuerte el culo, y con la otra mano acaricia mi nuca. Hundo más los dientes. Necesito sexo salvaje, violento, sin resquicios para la ternura. No me acaricies ahora, joder, si te pones tierno no querré que te vayas. Pero te irás, todos se van. Soy un monstruo. Todos se marchan. Así que la coraza bien soldada, que no queden grietas por las que colarse. No soportaré una decepción más sin convertirme en una hija de puta insensible. Prefiero ser esto que muere en recuerdos, que llora de rabia al saber que no fui nada. Nada, nunca, nieve, muerte. Mi recuerdo no da ni para un poema, así de inolvidable soy. 


No me jodas y no hagas que baje la guardia. Tú no me vas a decepcionar. Esto es sexo, sólo eso. Lo acordamos así. No puedes follar con tu primer amor, sabiendo que eres nada, nunca, nieve, muerte, que eres sólo un polvo para él y dejar resquicios a la ternura. Para eso ya te busco en sueños. Allí sí me acaricias. Allí sí. Aquí ni se te ocurra. Sé lo olvidable que soy. La putada es que yo no olvido. Acumulo derrotas, heridas, cicatrices. Y ya no me caben más. Tengo el recuerdo lleno de cadáveres de lo que pudo ser y ni un puto saco de cal viva.

 Así que fóllame como si me odiases. Nada más.


Me agarras del pelo, tiras hacia atrás. Cuando me separo noto el sabor metálico, tu labio sangrando. Me tumbas, sin delicadeza, me agarras las muñecas y las sujetas juntas a un lado de mi cuerpo, mientras empiezas a lamerme el clítoris y a morder mis labios. Lames, recorres los labios con tu lengua, me penetras con ella, vuelves a lamer, agarras el clítoris con los dientes y tiras. Gimo. Me retuerzo. Me miras y muerdes, tiras fuerte con los dientes clavados mientras con los dedos me pellizcas el pezón izquierdo. 


Joder, joder, joder, gimo. Y tiras más fuerte. 


Te bajas los calzoncillos y me la metes sin preámbulos. Grito. Sonríes. Sales y entras con violencia, carne chocando con carne, olor a sexo inundando la habitación. Me muerdes el pezón y tiras. Reprimo un grito mientras un espasmo recorre mi espalda. Me arqueo entre tus piernas, contra el colchón. Contracciones sobre tu polla, abrazándola, mi coño gritando te quieros en forma de convulsiones. 


Me agarras del cuello mientras me corro. Tus ojos clavados en mis ojos, observando cómo se vuelven verde orgasmo. Aumentas el ritmo. Me muerdes los labios, tu lengua bailando con la mia, en una pelea a muerte. Un gruñido ronco, te corres, y tu peso aplasta mi pecho.


Me besas suave, dulce de nuevo. No, joder, no. Ternura ahora no, que tengo la coraza por los tobillos, esperando que recupere las fuerzas para subirla de nuevo.


Da igual Ali, dices.

¿Qué da igual? Pregunto mirándote a los ojos.

Cómo quieras follarme, que lo hagas como si me odiaras, contestas.

Es que te odio, miento.

Yo también te quiero, dices serio, mirándome a los ojos, y joder, escucho caer murallas, defensas, empalizadas.

Yo no te quiero, balbuceo intentando levantarme.

No me jodas Ali, no me mientas. Me quieres, me lo has dicho en sueños. Como cada vez que te busqué para poder follarte entre las ruinas.

Lo miro, descolocada, mientras noto cómo mi coraza se convierte en un líquido resbaladizo.
Le acaricio la cara, le beso. No te preocupes, cuando me despierte te habrás ido, sólo déjame despertar. Te he visto desaparecer demasiadas veces en sueños, susurro

Seguiré aquí cuando despiertes, Ali. No voy a ningún sitio.

No te creo. Ya nunca creo.


..............................................

Pero y si...