lunes, 16 de diciembre de 2013

No me mientas que no es definitiva...



Siempre odié las despedidas. Claro, imagino que a nadie le gustan. Pero yo, eterna masoquista sentimental, las anticipo.


No me he bajado del tren para encontrarte y ya me estoy despidiendo. Mi mente ya está pensando en lo jodido que será decir adios. Mi imaginación inventa diálogos perfectos de despedida, grandes frases, de esas que recordarás siempre. Porque en los libros o en las películas la protagonista nunca dice “te imaginaba más alto”. Siempre encuentra la frase perfecta, esa que siempre quedará, abrigándote en las noches de invierno, esa que esperas. Y claro, nunca nada estará a la altura. O tal vez sí.Tal vez tú sí.

Ahí estoy, bajándome del tren, buscándote con la mirada, pensando que igual no soy capaz de reconocerte. Esas son las desventajas de imaginarte más que conocerte. 


He pasado el viaje leyendo “Alicia”. Me parecía un guiño perfecto al puto destino. Como aquella amiga que escuchaba  Núria, aquella canción de Els Pets que ni siquiera le gustaba demasiado, sólo porque soñaba que alguien la había escrito para ella. Siempre fue una soñadora ilusa y un poco gilipollas. ¿Qué será de ella? Son tiempos jodidos para los soñadores.

Ya había leído Alicia en el instituto. Mucho antes mi madre me lo había contado, en una de aquellas versiones reducidas y reinterpretadas para niños. Algunas nos trataban como a verdaderos gilipollas, reinventando finales de clásicos sólo para preservar una inocencia que por otra parte se encargaban de jodernos con las noticias, cada vez más amarillas, más efectistas.
Creo que era uno de mis preferidos. No era uno de aquellos cuentos de princesas que esperan pacientemente a que algún príncipe se digne a rescatarlas (otras gilipollas ilusas como mi amiga, creyendo en cuentos de hadas y amores verdaderos). Era absurdo, distinto. Todo carecía de sentido y a la vez te atrapaba. Siempre me imaginaba a Alicia cayendo mientras pensaba “¿Qué demonios es esto?”.

Aquel verano, el curso antes de acabar el instituto, me perdí con Luis por las calles de Oxford. Nunca me pierdo, no te preocupes, me dijo. No te preocupes tú, yo te perderé, contesté. Y nos perdimos.  De repente, en un momento de pánico, nos encontramos con una pequeña librería, y olvidamos que estábamos perdidos, y que seguramente nos buscaban.  Entramos y Luis se enamoró perdidamente de una edición carísima de “Alice in Wonderland”. Yo me compré la edición de bolsillo. Salimos juntos, sonrientes con los libros en nuestras mochilas. 

- Siempre imagino a Alicia viendo cada cosa nueva y extraña y pensando “¿Qué coño?".
- What the fuck?, dijo  Luis.  
- Sí, sí, Alice in WTF, reí yo. 

Y volvimos muertos de la risa al autobús. Nadie entendía por qué nos seguíamos riendo mientras nos amenazaban con mandarnos a España en el siguiente avión.


Aplaco los nervios, empiezo a caminar más despacio, mi subconsciente aterrado intentando dilatar el momento. Sigo buscándote con la mirada, caminando a cámara lenta, percibiendo cada sonido como algo pastoso y fuera de lugar. Y de repente te veo. Sentado en aquel banco, sin levantarte hasta que ves que te miro. Y en mi mente seguimos despidiéndonos mucho antes de decir hola.
Te abrazo, muerta de pánico. Digo “¿Cómo estás?” mientras mi mente grita “¿Dónde coño has estado todo este tiempo?”. Tomamos una cerveza, yo como aceitunas, nerviosa. Hubo un tiempo en que hubiese muerto antes de que un hombre me viese comer así, ansiosa. Pero ya soy mayor, he crecido. Ya no me peso. Tengo mis vaqueros-báscula, que me dicen si he engordado o no, sin mantenerme atada a un puto número que nunca será el perfecto, por muy bajo que sea.Nunca te recuperas del todo, me dijeron. Tal vez sea cierto.


Después paseamos, y aparece el siguiente defecto mortal. Cuando quiero contar algo importante, algo que me emociona, me paro un instante para mirarte a los ojos. Lo hago siempre cuando alguien me interesa de verdad. No soy capaz de andar y hablar a la vez si amo. Es extraño.
Me coges de la mano, te abrazo, nos besamos.
Ven a mi casa, sugieres. Vamos, respondo excitada. Entramos. Entramos y me llevas de la mano a la cama. Los dos sabemos lo que ocurrirá. Los dos sabemos que es inevitable. Me desnudas, me acaricias, me azotas, me muerdes, te muerdo, te araño. Follamos, follamos sin saltarnos los putos preliminares. Follamos y sé que buscaré en cada polvo esa forma de morderme los pezones. O cómo me miras mientras me corro. O cómo cierras los ojos mientras te corres.

Nos abrazamos en la estación. Te llamaré. Iré a verte. Joder, musito. Fuera de lugar, siempre fuera de lugar. La puta sinceridad que me vende. Ya he vivido unas cuantas de estas. Ya sé lo que viene después. 

Nunca creemos que sea definitivo. Lo sabemos. Sabemos que nunca más nos veremos. O que todo se irá deteriorando. No sé explicar cómo lo sabes. Será el maldito instinto gritándote allí en el fondo de las entrañas. Pero lo sabes. 

Yo sé perfectamente que esta despedida es definitiva. Fingiremos que no lo es, alargaremos un poco más la agonía, retrasando lo inevitable. Nos mentiremos futuros que no vendrán.  Me pondré absurda e insoportable. Te pondrás capullo y bastante gilipollas. Y luego lo que tiene que ser, inexorable. Fin. Este es el puto fin. Así que déjame musitar joder antes del último beso. No te des la vuelta. No me mires como si fueses a volver. Joder.



Flor De Loto by Héroes del Silencio on Grooveshark

 “Nunca fue tan breve una despedida. Nunca me creí que fuera definitiva” -  Flor de loto, HDS.
Pensaba escribir otra cosa. Algo más ordenado, menos caótico, menos… tu recuerdo. Pero hoy alguien se ha despedido de mi y he recordado un par de despedidas de otro tipo, también jodidas.
Putas despedidas. No hagas que suene a definitiva. Joder. Seguiré aquí cuando vuelvas.