sábado, 19 de octubre de 2013

Una ducha...

Llego del trabajo cansada. Mis días se han convertido en un puto ultimátum eterno. Mi jefa se empeña en mantener la imagen de buen rollo mientras me habla de productividad y la cola del paro. Como si tuviese opción a paro.

Y encima te echo de menos. Joder, cómo te echo de menos. Pensé que a estas alturas serías cicatriz que acariciar, de esas con forma de sonrisa, de luna creciente. Pero en cuanto me descuido me sangras. Paso por una calle, o veo aquella pintada, o leo algo, y noto de repente cómo la cicatriz empieza a escocer, a tirar, hasta que se abre. Se abre y sangra. Cualquier día resbalo con la sangre y no seré capaz de volver a levantarme.

La culpa es mia. Me gusta demasiado pensarte, recordarte. En el fondo sonrío mientras me arranco las costras. Te tengo en el hueco que hay entre los músculos y los huesos, pugnando por salir.

En cualquier momento te olvido, me miento. En cualquier momento me olvido.

Me desabrocho el botón del vaquero mientras camino por el pasillo. Bajo la cremallera y me bajo los pantalones. Las botas de tacón quedaron abandonadas en la entrada, mirando hacia donde imagino que vives. Pequeñas rutinas, rituales cotidianos que me hacen seguir entera. Dejo los pantalones sobre la cama, junto al bolso. Tiro de la goma del culotte hacia abajo y queda tirado sobre el parquet.
Me quito la camiseta negra, desabrocho el sujetador. Ese es uno de los pequeños placeres de mi día a día. La desnudez es el estado perfecto.

Al pisar las baldosas del baño mis pezones reaccionan excitados. Esos pequeños cabrones reaccionan con apenas nada. Te echan de menos, gritan. Yo finjo que no les escucho mientras el escalofrío estalla justo en ellos.

Al entrar en la ducha de repente pienso en él. ¿Le gustaría verme en este momento? Y finjo que él me observa. Me excita, necesito esto, un cambio.

Abro el agua caliente. Hoy me hacen falta contrastes, agua caliente que me arranque de la puta realidad. Cae sobre mis párpados cerrados, corre por las mejillas, cae desde el abismo de mi barbilla directa a mis pechos, golpeando pezones, acariciándome. Cae por los hombros, por la espalda. Otro escalofrío me recorre mientras la dejo caer encima del cuello entumecido.

El agua forma ríos alrededor del ombligo, meandros imposibles que van a adentrarse en mi monte de venus.

Pongo gel directamente en mi mano derecha. Odio las esponjas, prefiero acariciarme. Voy vistiéndome de espuma, despacio, para que quien me observa en mi imaginación disfrute. Pellizco los pezones, que resbalan juguetones entre mis dedos. Formo círculos con las puntas de los dedos alrededor del ombligo, en los costados, y me estremezco entre mis yemas.

El calor me inunda y sumerjo los dedos en mis labios. Los saco, mezclo aceite con el jabón, froto mi clítoris con la palma. Miro con deseo el bote de serum para el cabello, lo deslizo entre mis dedos, me penetro con él. Aumento el ritmo, frenética. Imaginar su mirada sobre mi piel me pone a mil, me lleva al borde del orgasmo mientras mi clítoris escapa entre los dedos. Justo en el momento en que un espasmo recorre mis piernas apoyo la espalda sobre las baldosas de la pared y cojo la ducha.

El agua golpeando mi coño, su mirada, el bote resbalando en mi interior,... Convulsiono contra la pared en un orgasmo brutal que me deja de puntillas en una postura imposible. Pongo el agua fría y la presión aumenta, el orgasmo renace y me golpea.

Ojalá hubiesemos follado en aquella ducha. Ojalá estuvieses aquí, follándome mientras el mundo afuera se resquebraja. Y que se hunda.

sábado, 12 de octubre de 2013

La cita...

Me pinto los labios. Rojo sangre, como a él le gustan. O le gustaban. ¿Cuánto pueden cambiar los gustos de alguien en 10 años? Sonrío al recordar cómo le mordí el labio mientras le besaba, con tanta fuerza que el rojo de mis labios se confundió con la sangre. Me agarró del pelo para separarme de él, pero al segundo siguiente me besaba mientras yo lamía sus heridas. A veces echo de menos los besos. Echo de menos sus besos aun más que el sexo, aun más que que follemos como animales. Y los abrazos, también echo de menos los abrazos.

¿Abrazará igual? No todo el mundo abraza igual, y no a todo el mundo se le abraza igual. ¿Me volverá a abrazar con aquella entrega? Nos abrazábamos como si el miedo no existiera y a la vez lo inundase todo, nos rodease por completo. Cuando mis brazos rodeaban su cuello, se perdían en su espalda y los suyos se encontraban en mi cintura eramos un mundo. Teníamos allí nuestro propio universo, donde mis lunares y los suyos jugaban a ser planetas, estrellas que nos guiaban.
Todo empezaba en un abrazo, algo inocente, de amigos. Luego llegaban los besos. Y nosotros, esos tímidos irredentos nos convertíamos en seres perversos, en animales.

Empujó la puerta del baño y me tiró contra la pared mientras cerraba con el pestillo. Nos besamos, nos mordimos. Y mientras me arrancaba el pintalabios a dentelladas su mano se perdía entre mi piel y mis bragas. Acariciaba los labios, pasando un dedo lento, sin rozar apenas. Y yo deseaba que me acariciase con fuerza, que me bajase los pantalones y follásemos, y al mismo tiempo me excitaba su lentitud, el roce de las yemas de los dedos. Metió un dedo en mi coño, luego dos, mientras con el pulgar acariciaba mi clítoris hinchado.

Sus dedos entrando y saliendo de mi, sus dientes clavándose en mis labios, las baldosas frías en mi espalda,... El orgasmo me arqueó contra la pared del baño, su brazo se metió en el arco y me giró bruscamente. Mi mejilla derecha golpeó el azulejo, mientras él me mordía el cuello, besaba, chupaba, volvía a morder.

Me desabrochó el pantalón y me lo bajó hasta los tobillos, con calma.
Joder, maldito cabrón, date prisa, nos van a pillar. Pero no me importaba nada que nos pillasen. En ese momento no me hubiese importado que nos estuviese mirando el bar entero. Sólo quería que me la metiese ya, sólo eso.

Pero él seguía con calma, ascendiendo con su lengua lamiendo surcos de mi piel, primero los tobillos, los gemelos, los muslos. Agarró con los dientes las bragas y comenzó a tirar de ellas despacio, mientras su barba acariciaba con rudeza mis piernas. Al llegar a los tobillos clavó las uñas en mi culo, y bajó dejando surcos rojizos. Qué placer más inesperado, joder.

Y de repente su otra mano en mi coño, tres dedos entrando y saliendo, mientras su pulgar se abría paso en mi culo.
¡Fóllame ya! supliqué.

Su sonrisa ascendiendo tranquila, lamiendo los surcos rojizos, luego por mi espalda, sus dientes clavándose en mi hombro izquierdo.

Y sin previo aviso su polla penetrando mi culo, mientras sus dedos entraban y salían de mi, mientras su pulgar acariciaba mi clítoris y con la otra mano me agarraba con fuerza las tetas, apretando, clavando los dedos. Primero entraba suavemente, lento, después frenético, casi saliendo de mi culo y empujando con un golpe seco, con violencia.

Justo en el momento en que me sacudía un nuevo orgasmo, antes de cerrar los ojos con fuerza, ví algo escrito con un rotulador rojo en la pared. "Imagina. Hoy puede hacerse realidad". Sonreí mientras cerraba los parpados y él me susurraba al oido: "Cuando lo leí pensé que tenía que follarte aquí. Imaginé. Podía hacerse realidad".

Gemí joderes lo más bajo que pude mientras mi culo se aferraba a su polla, mientras mis contracciones atrapaban sus dedos. Mientras me besaba y me bebía sus gruñidos al correrse en mi culo.

Después vinieron muchas veces más. Nuevos abrazos, más besos, más sexo.

Un día me dijo que se marchaba. Aquí no había futuro. "Ven conmigo, follemos toda la vida".

Pero yo no podía. Había obligaciones que cumplir, vínculos que no podía romper. La vida. La puta vida.

"Quédate", grité. Pero ningún sonido salió de mi boca, porque hay cosas que no se pueden pedir, aunque las entrañas las griten.

Quedamos aquí dentro de diez años, dijo. Quedamos y vemos si aun nos echamos de menos.

Vendré, dije ahogando las lágrimas.

Y yo. Nada hará que falte. Tenemos una cita. A las diez de la noche dentro de diez años. Te cenaré.

Sonreí, le abracé, me alejé. Viví. Pero no olvidé nuestra cita.

Nervios de última hora. No vendrá, no vendrá, me repito intentando prepararme para lo peor. No vendrá, no vendrá... ¿Y si viene? ¿Habrá cambiado mucho? ¿Habré cambiado demasiado? Imaginar. Tal vez...

Abro la puerta del bar, miro ansiosa a la barra. Allí, al fondo, una sonrisa me acaricia. Cómo te he echado de menos.

sábado, 5 de octubre de 2013

Una mesa sólo para ti...

Enciendo el ordenador. He recibido un mensaje que me ha golpeado en los recuerdos, en las ganas, en el puto corazón muerto que una vez ocupó mi pecho. Los pezones han empezado a gritar de nuevo frases de amor, a doler de ganas.

Tu mesa nos echa de menos. Dile que me espere esta noche. Y joder, no hay forma de decir que no, porque sí, nos echa de menos, casi tanto como yo te echo de menos a ti, como echo de más a la puta tristeza. ¿Cómo venzo a la certeza de que nunca nadie conseguirá que abandone así a mi razón? ¿Cómo sigo adelante intuyendo que nadie me follará como tú?

Así que pongo el portátil encima de la mesa, y me visto para la ocasión. Pero esta vez es distinto. Hoy no me vas a follar, hoy no conseguirás lo que quieres, ni yo tampoco, así que tómatelo con calma mientras me desnudas con la mirada.

Sólo necesito escuchar tu voz para ser perra en celo, para inundarme y abandonarme al placer. Tu don son las palabras, y, coño, lo peor es que lo sabes. Hoy no nos saludamos, no hay formalidades, ni preguntas. Hoy es sólo esto. Y ese sólo suena absurdo, ridículo, porque esto es un universo entero. Esto es sobre lo que escriben los poetas, por lo que se inician guerras. Esto lo es todo.
Me miras a los ojos mientras me vas pidiendo, no, ordenando lo que quieres.

Desabróchate la blusa.

Llevo una camisa blanca, abotonada hasta el lunar que hay entre mis pechos, sobre el borde del pecho derecho. Deja ver la marca de nacimiento que tanto me avergonzaba en mi adolescencia. La acaricio suavemente mientras desabrocho los botones, uno a uno, sin prisa. Mantengo tu mirada mientras te desabrocho mi alma y mi piel se eriza bajo tu mirada. Joder, si me sigues mirando así no habrá kilómetros suficientes en el universo para evitar que vaya y te folle con saña, con toda la perversión que aun no ha sido imaginada.

El último botón se separa de la tela y la blusa queda abierta. El sujetador negro resalta sobre mi piel. Empiezo a desnudar mis hombros, esos que se mueren por tener clavados de nuevo tus dientes, y la blusa cae al suelo. Acaricio alrededor de mi ombligo, paso la yema de los dedos rozando los pechos, desabrocho el sujetador y lo arrojo a un lado. Mis pezones te saludan, duros y excitados.

Pellízcalos.

Los pellizco, tiro de ellos, el dolor me produce un placer que siempre me resulta inesperado.

¿Has traido hielo?

Saco un cubito del vaso que hay sobre la mesa y lo paso por los pezones. Un espasmo me recorre desde la nuca y me arqueo. Te miro, sonríes. Conoces el poder de tu voz, de tus órdenes, de tu mirada. Me excitas de una forma que nadie más consigue.

Muevo la pantalla, para que me veas las piernas. Llevo una falda con vuelo y mis tacones altos. Para ti, sólo para ti. Cada vez que los veo en el zapatero mi mente se llena de imágenes de nosotros follando, yo con los zapatos puestos, tú arañando, azotando, agarrándome de las caderas mientras los tacones se clavan en tus piernas. Placer. Dolor. Placer.

Bajo la cremallera de la falda y la retiro con un pie cuando cae al suelo. Miras mis bragas. Tienen edificios vacios, árboles muertos, como los de aquella blusa de la musa que anudaba rabos de cereza con la lengua. Cuando las vi pensé que hacían juego con mi alma, que se ha llenado de lugares deshabitados.
Las miras desconcertado, sonrío. Me encanta desconcertarte, sorprenderte. Me bajo las bragas , muevo el portátil y me tumbo sobre nuestra mesa. Apoyo los codos en la madera clara y poco a poco separo las rodillas, lento, muy lento, hasta que te desesperes y me pidas que me abra de piernas.

Me miras. Silencio. Sigo con calma infinita el leve movimiento, haciendo este puto instante eterno. Al fin claudicas. Sonrío triunfal mientras ordenas.

Ábrete de piernas.

Casi apoyo las rodillas sobre la mesa. Acaricio la cara interna de los muslos sin apartar la mirada de tus ojos. Me gusta observar cómo me miras. Deseo, eso hay al otro lado de la pantalla. Bien. Yo también te deseo. Separo la mano y me doy un azote. La piel arde, se enciende. La acaricio de nuevo. Los dedos de la mano derecha pasean por mis labios. Resbalan en mis flujos, acaricio suavemente mi clítoris, haciendo círculos infinitos. Te miro, me quito el zapato izquierdo y empiezo a acariciarme con el tacón, mientras el tacón del derecho se clava en mi nalga. Joder, escalofríos. Me pellizco el pezón izquierdo, ese pequeño hijo de puta que te recuerda a diario, y el orgasmo me invade. Me arqueo totalmente, pero mis ojos siguen clavados en los tuyos. Quiero ver tu cara al ver las contracciones de mi coño, al ver cómo disfruto para ti. Mis ojos se han vuelto verde orgasmo por ti, ¿los ves?

¿Te apetece un tequila?, pregunto sonriendo, mientras vierto el vaso en mi coño. Pues ven a lamerlo.
El calor del alcohol, mis flujos, mis dedos pellizcando el pezón, el tacón sobre mis labios,… Otro orgasmo brutal me golpea, mientras bajo el ritmo para prolongarlo.

Dime que me quieres, ordenas. Pero no suena a orden, hoy no.

Te quiero. Aun te quiero.