miércoles, 21 de agosto de 2013

Nunca más un "te quiero"...

No aguantaré otro polvo triste. Sé que no podré. Pero necesito arrancar sus caricias del recuerdo, quiero que alguien me borre las huellas invisibles que surcaron sus dedos en mi espalda, en los muslos, alrededor del ombligo. Que alguien me desdibuje sus marcas a base de besos. Son marcas invisibles, pero duelen mucho más que los moratones, se sienten mucho más que las cicatrices reales. Necesito creer que volveré a disfrutar del sexo. No quiero otro polvo rápido en un coche. Quiero los putos preliminares, quiero caricias, azotes, arañazos, sexo animal. Y quiero que me abracen después, quiero creer que es posible. Necesito que lo sea. Yo te extirpo de mi corazón aunque sea a lametazos.
Así que hago eso que sé que no debería. Hace tiempo estuve jodidamente enamorada. Era perfecto, tan perfecto que no era real. No hablábamos de sexo. Amor. Sólo eso. AMOR, de ese de cuento de hadas, que te hace creer que las estupideces que te contaban de pequeña eran reales, podían existir. Pero nos vimos. Nos vimos y follamos. Punto final, supongo. Desapareció el hechizo, la magia, y yo de repente era persona non grata en el puto paraíso.
Seguimos de alguna forma siendo amigos. Se enamoró. Lloré. Y ahora me hace proposiciones deshonestas por whatsapp. Lo sigue llamando amor. Te quiero, dice. Me quieres follar, contesto yo. Eso también. Claro, claro.
Lo malo es que yo ya no creo en nada. Creí en la magia hace poco, pero sólo la sentí yo. Lástima. Los cuentos de hadas no existen y los reyes magos tampoco. Niños, despertad. Al menos para mi no existen. Porque yo soy una zorra desalmada. Follable, eso sí. Pero no estoy hecha para que me amen. Una vez asumido todo es más fácil. Puedo follar con un ex sólo porque sé que es jodidamente bueno follando. Y encima me abrazará después. Seguro que hasta me dice que me quiere. Yo fingiré creerle y todos felices. Necesito un buen polvo que me devuelva a la realidad, que me redima.
Así que le digo que sí, que venga, que yo también le quiero. Le recojo en la estación. Esta vez soy yo la que espera, no miraré desconcertada de pie en el andén para ver si le reconozco. Esperaré sentada a que se acerque.
Llega. Alto, barba, camiseta de Los Ramones, vaqueros. Inconfundible. Por él me gustan los hombres con barba. Se acerca serio y me abraza. Tercer abrazo mítico entre nosotros. Entre el primero y el segundo pasaron más de 7000 días. Para este sólo he tenido que esperar año y medio. Vamos mejorando la media. Me acoplo en sus brazos, su olor me invade, haciéndome retroceder a aquel noviembre cabrón en que todo parecía posible. Le miro a los ojos, me besa, me besa mientras me agarra de las caderas de esa forma que sólo él hace. Joder, cómo te he echado de menos, dice. Sonrío. Se acerca al cuello, me besa, me lame, y sé que todo irá bien, porque me dejo llevar, y sólo tengo ganas de llegar al hotel y que me desnude y bailemos. Pero él se lo toma con calma. Quiere comer y pasear, dice. Me gusta y me desespera a partes iguales. Quiero que me arranque la ropa y me bese todo el cuerpo. Pero a la vez me da ternura la espera. Simula muy bien que el sexo no es lo más importante de este encuentro.
Así que comemos, bromeamos, reímos. Con él todo es fácil. Nos besamos en un bar. Y cuando un borracho me empuja y nos interrumpe le dice: “Tío, que estaba a punto de pedirle que se casara conmigo”, y yo sufro un ataque de risa que deja al borracho descuadrado, sin saber qué hacer. En la comida empiezan las caricias, un poco tímidas al principio, sus dedos en mis muslos, en mi espalda, mis piernas sobre las suyas… Pagamos, y el paseo se convierte en un camino lleno de paradas para besarnos. Paramos en semáforos en verde, fingiendo que están en rojo para poder meternos mano. Cuando llegamos al hotel estamos ansiosos, desesperados, las manos tienen vida propia y piden a gritos que nos desnudemos, sedientas de piel.
Me quita la camiseta, desabrocha el sujetador, y me mira los pezones como si fuesen una reliquia antigua, alguna obra de arte. De repente se lanza a ellos, los besa, los lame, los muerde. Los muerde. Y yo creo que voy a morir. Un espasmo recorre mi espalda, un escalofrío que me pone duros los pezones. Entonces mete la mano entre las bragas y mi cuerpo y me acaricia con sus dedos largos. Me arqueo, le empujo y me siento encima de él en la cama. Te sobra ropa, me dice. A ti más, contesto. Y se levanta conmigo subida a su cintura, me apoya en el suelo y me arranca los pantalones. Se baja los pantalones mientras observa mis bragas. Negras, me gustan, dice. Ya lo sé, respondo. Me tumba en la cama y se tumba sobre mi, comienza a besarme, a morderme el cuello, a lamerme. Se acerca de nuevo a mis labios, muerde el inferior, luego lo acaricia con su lengua, vuelve a morder. Joder, qué placer. El mordisco despierta terminaciones nerviosas, la lengua…
Empieza a embestirme con los calzoncillos puestos. No, joder, no me hagas esto. Sonríe. Sé que te encanta, contesta. Hoy te voy a hacer sufrir. Gimo. Entonces desliza sus dedos retirando las bragas, e introduce dos, mientras sigue con su movimiento rítmico, como si me penetrara. Luego tres. Joder. Los saca y empieza a acariciar mi clítoris hinchado. Me inundo, gimo, me arqueo. Se quita de encima y me quita las bragas. Se quita los calzoncillos y me deja ver su erección. Me muerde un pezón y me penetra sin previo aviso. Mi coño lo abraza, se estremece. Casi la saca y vuelve a penetrarme con violencia, mientras me agarra las caderas, inmovilizándome. “Joder”, gimo. Y entonces me mete dos dedos en el culo. Esto es lo que te gusta, ¿no? Te he leído, y sé que te gusta un poco de caña, dice mientras mueve frenético los dedos, y sigue entrando y saliendo de mi. Le muerdo el hombro, gruñe. Me aferro a su espalda, le araño, y aumenta el ritmo.
Sale del todo, me gira, y cuando estoy tumbada de lado me empieza a masturbar, acerca sus dedos a mi culo, lo moja con mis fluidos, mete un dedo, luego dos, los saca y me mete su polla dura. Grito, sonríe. Me mete tres dedos en el coño, mientras la otra mano me sujeta aferrada a mi ombligo. Aumenta el ritmo, pienso que se va a correr, pero entonces recuerdo que él no eyacula hasta que no quiere, y sonrío. No quiero que esto acabe, no tan rápido.
De repente otro latigazo, el orgasmo me golpea brutal, y mi culo se abraza a su polla en cada contracción. Me la saca, se lava. ¿Qué haces?, pregunto. Ahora quiero que me cabalgues, como te gusta. Pero yo elijo el ritmo. Me gusta. Ese punto dominante me pone. Es cierto que me ha leído.
Me subo a él y me empalo, me agarra por las caderas y empieza a subirme y bajarme, primero lento, después aumentando el ritmo. Me mira a los ojos, y sus labios dicen “te quiero”. Y, joder, suena tan real… Sonrío, necesitaba que me mintiese, lo necesitaba. Yo también te quiero, le digo. Y coño, es verdad. No, tal vez no como él cree, tal vez no de esa forma que lo quería la última vez que nos vimos. Pero de alguna forma le quiero, es importante.
Se incorpora, y me quedo sentada sobre él, meciéndome, subiendo y bajando, mientras mis pechos rozan su pecho en cada subida. Me aprieto contra su pecho, y de repente noto desde los dedos de los pies el hormigueo, subiendo por las piernas, y me arqueo sobre la cama mientras me posee el orgasmo, y él aprovecha para acariciar mi clítoris lentamente, haciendo que el orgasmo continúe, largo y demoledor. Mis piernas se abrazan a su cuerpo, negándose a que esto acabe. Con la otra mano me pellizca el pezón izquierdo, el que más le ha echado de menos. Entonces empieza a moverse de nuevo, violento, rápido, hasta que se corre dentro de mi.
Me abraza, me besa. Nos quedamos así hasta que el pulso se normaliza. Me ovillo y él se acopla al arco de mi espalda, mientras me acaricia el cuello con una mano, y con la otra los muslos. Sabes que te quiero de verdad, me susurra al oído. Y yo por un segundo casi le creo.

martes, 13 de agosto de 2013

Cómo descubrir que no...

Me estoy volviendo loca. No consigo olvidar los azotes, los arañazos, pero sobre todo no puedo olvidar los besos. Todo empezó por los besos, y como siempre, es lo que más echo de menos. Ya no tengo un lugar seguro al que acudir perdida, nada que me ayude a centrarme, a olvidar.
Después de aquel día ella me esquiva, lo sé. Él llama de vez en cuando, me manda nubes. Pero en aquel polvo perdí algo, dejé algo en aquella puta cama. Creo que sí, que conseguí acabar con mi único reducto de infancia, de inocencia.
Y sigo jodida, cada día es más difícil.
Y entonces aparece S. Se acerca y me dice "Yo me tomaría un café contigo". Sencillo, excesivamente confiado tal vez. Lo miro y, joder, normal que tenga confianza en si mismo. Rapado, interesante, brazos fuertes... Uhmm, vale, hoy lo consigo, un café y dejo de pensar un rato en cómo fluía todo, en cómo ya no hay nada que fluya. Hoy me olvido de ti un rato.
Yo también me tomaría un café contigo, contesto. Y mi voz me sorprende hasta a mi misma. ¿He dicho yo eso? Pero ya no hay vuelta atrás. Parece sorprendido. Te espero a que acabes, ¿de acuerdo? pregunta. Claro, espérame.
Y se queda observándome, sonriendo. Joder, no me mires así, pienso, pero le mantengo la mirada, y la sonrisa.
Recojo y vamos hacia la cafetería. Me cuenta que se está alejando del mundo, que ya no tiene ni whatsapp. Interesante. Le gusta montar a caballo. Más interesante. Tiene problemas para dormir, está pensando en medicarse. Yo lo miro. Tengo insomnio, pero no quiero tomar nada. Me engancho con facilidad a casi cualquier cosa. Por eso nunca juego. Por eso no fumo. Por eso ya no bebo casi nunca.
¿Y qué haces para dormir? pregunta. Y sufro uno de mis ataques de sinceridad y contesto que me masturbo. Creo que se le ha caido la mandíbula. ¿Te encajo de nuevo la boca o algo? pregunto echándome a reir.
Pero entonces me besa. Joder, me ha pillado desprevenida. Pero necesito olvidar, necesito ser zorra, necesito que las heridas no sangren. No soporto resbalar con mi propia sangre en el suelo y volver a caer, y volver a sentir que estoy con él en aquella habitación, cuando todo parecía inevitable.
Así que le beso. Es un beso torpe y apresurado. Me sube encima de él, y me siento la puta adolescente que no fui, follando en un coche. Estamos en mitad de la nada, en un camino entre naranjos. ¿No ibamos a tomar café? pregunto mientras le beso. Luego tomamos lo que quieras, dice con la voz entrecortada.
Me levanta la camiseta, me intenta desabrochar el sujetador, se hace un lio, me lo levanta, y empieza a lamer. Y joder, está bien, pero me falta pasión, me falta que me muerda. Muérdeme, le ordeno. Para, me mira. Le mantengo la mirada. Me mordisquea. Más fuerte, gimo. Pero no quiere hacerme daño, supongo. No sabe que es mi punto débil, que si me muerdes los pezones de la forma adecuada soy tuya para siempre, y sigue con su mordisqueo leve, y yo ya sé que no será lo que espero, lo que necesito.
Se baja los pantalones. Joder. Esto sí que no me lo esperaba. Sonríe al ver cómo lo miro, cómo la miro. Y sin más me arranca las bragas y me la mete. Sin preámbulos, sin juegos. Me empala y yo grito. Empiezo a mover las caderas, para que entre del todo, porque quiero que duela, porque necesito gritar. Subo y bajo, frenética, mientras con la mano derecha me masturbo, y él se aferra a mi culo. Me empiezan a temblar las piernas y me arqueo sobre el volante, mientras convulsiono y él se corre.
De repente me siento vacía. Sólo quiero bajar del puto coche.
¿Vamos a tomar café? pregunta. Se me hace tarde, déjame en la estación.
Bajo del coche y me despido. Cuando me doy la vuelta escucho: "¿Cuándo tomamos café de nuevo? Mi bote de Pringles ya te echa de menos."
Jamás, contesto. Soy una zorra desalmada, ¿no lo sabías? No follaremos nunca más. Y camino hasta la estación sin darme la vuelta.
¿Esto es lo que se siente? ¿Cómo coño me acostumbro a que me laman los pezones?

miércoles, 7 de agosto de 2013

Trío, o cómo destruir tu lugar seguro

Me propone un trío. Me cabreo. No, no propone. Exige. Un trío o nada. Vete a la mierda. Vete a la mierda, repito despacio. Una y mil veces, sobre todo en mi cabeza. Se va convirtiendo lentamente en melodía girando en mi interior. Pero es mi lugar seguro, ese al que mi mente regresa cada vez que fracaso, cada vez que la vida me da de hostias. Mentalmente siempre vuelvo a él. Así que decido jugarme el todo por el todo, y acabar de una puta vez con el lugar seguro, porque alguien que exige un trío a alguien como yo de seguro tiene una mierda.
¿A qué hora vamos?, pregunto.
Tarda en reaccionar, veo que lo lee, pero no responde. Creo que ni él esperaba un sí. Pero es él, y al final me dice la hora.
Voy con ella. Ella que me confesó hace tiempo que no sólo sale con tíos, que sale y folla con personas, con personas que le pongan, que le muevan algo. Tú me pones mucho, me dijo entonces, y yo reí, fingiendo que me lo tomaba como una broma, porque no follo con amigos, menos con amigas. Valoro la amistad, y sé que mezclar cosas nunca sale bien. A mi no me ha ido demasiado bien. No volveré a hacerlo.Es morena, pelo corto, más alta que yo, delgada. Lleva falda y una blusa un poco abierta. Bonito sujetador, comento. Ríe. Quería estar guapa para ti. Bueno, para vosotros, dice.
No entiendo cómo ha aceptado tan fácilmente. Pensé que tendría que rogar cuando le conté su proposición muerta de vergüenza. Si buscas a alguien yo estoy dispuesta, dijo clavando sus ojos oscuros en mi, mientras se mordía levemente el labio. Joder, qué fácil, dije. Cualquiera se niega ahora, añadí. Y ella rió a carcajadas.
Yo voy en vaqueros, con una camiseta con escote. Y, qué coño, hoy me he puesto tacones. Quiero follar con ellos puestos.
Toco, abre. Subimos al ascensor y ella acerca su hombro al mio, me toca la cintura. Debo tener cara de asustada.
Cuando salimos del ascensor, allí está él, apoyado en el marco de la puerta, mirándonos incrédulo con sus ojos azules, con la sonrisa con la que me mira el culo. Ojalá no me pusiese tanto.
Entramos, va a enseñarnos la casa. ¿Piensas perder tiempo?, pregunta ella. Yo ya tengo ganas de follármela, dice y me mira como nunca antes me había mirado, con premura, con deseo.
Un poco desconcertado nos lleva a la habitación. La has redecorado, le digo sonriendo. Me gustaba más antes. Era más tú. Le estoy cabreando, lo noto. Que se joda, ni imagina cómo me cabrea él a mi.
Ella me atrae hacia ella, sin esperar, sin avisar, y comienza a besarme. Joder, me ha pillado desprevenida. Sabe a fresa, y su lengua me ataca, sale, me lame los labios, y vuelve a atacarme.
Él se acerca por detrás y empieza a acariciarme el culo, se acerca, y siento su erección, como en aquel concierto, cuando aun eramos unos ilusos soñadores. Me quita la camiseta, desabrocha el sujetador con sus manos expertas. Demasiado, dice alguien en mi cabeza. El sujetador cae sobre los pies de ella, que sigue besándome, mientras desabrocha el pantalón y mete la mano derecha entre mis bragas y mi piel.
Él me pellizca los pezones, mi piel se eriza, miles de terminaciones nerviosas despiertan. Ella pasa las yemas de sus dedos suaves por mis labios, y cuando encuentra el clítoris se detiene, lo roza apenas, me estremezco, y entonces empieza a acariciarlo con firmeza.
Yo estoy como inerte, mis manos no se deciden. Con la izquierda le agarro el culo a él, acercándolo más a mi, y con la derecha empiezo a acariciar la espalda de ella. Ella se separa, se quita la blusa, el sujetador, la falda. Se queda en tanga y se vuelve a acercar. Mientras me he girado, y le beso mientras le desabrocho el pantalón. Él me empuja a la cama y empieza a quitarme el vaquero. Alarga la mano y hace círculos alrededor de mi ombligo, luego baja y sin avisar me mete dos dedos en el coño. Estoy mojada, lubricada. Sus dedos entran y salen de mi con facilidad. Entonces se acerca ella, y se pone de rodillas sobre mi cara, su coño directamente encima de mi. Baja un poco más, hasta que sus labios rozan los míos. Entonces instintivamente saco la lengua y empiezo a lamerla. Su sabor salado me llena la boca. Está muy húmeda, sonrío. Cuando mi lengua llega al clítoris, lo rodeo, acaricio los bordes con la lengua, y de repente lo agarro suavemente entre mis dientes y tiro. Gime. Él se excita, acelera el movimiento de los dedos, finalmente los saca, escucho el sonido de el envoltorio de un condón al rasgarse y de repente de un sólo empujón me penetra totalmente. Grito. Acelera. Entra y sale casi completamente de mi para volver a entrar.
Sus dedos se deslizan a mi culo. Noto cómo mete uno, luego dos. Gimo. Ella mientras me muerde los pezones. Joder, cómo me gusta que me muerdan. Dolor, placer. No, mucho más placer. Yo sigo lamiéndola, tirando de su clítoris, y finalmente la penetro con mi lengua. Se mueve, le encanta. Mis manos se dirigen a su culo y le doy un azote. Da un saltito. Otro azote certero. Luego le acaricio. Gime. Joder, es una perra en celo. Le meto dos dedos directamente en el culo, y aumenta sus movimientos rítmicos. Yo sigo penetrándola con mi lengua, mis dedos poseyendo su precioso culo, los muevo en círculos hasta que no puede más y se corre en mi boca. Noto los espasmos, las contracciones sobre mis dedos. Me gusta, me excita. Creía que me daría vergüenza. En el fondo soy un monstruo.
Él mientras ha sacado su polla de mi y se pone de pie al lado de ella, para metérsela en la boca. Ella le mira. Ni lo sueñes, le dice. Sí, pienso. Me estaba empezando a cabrear. Quiero ser el centro. Quiero atenciones.
Ella se dirige a mis piernas, me acaricia los muslos, lame la cara interna, los muerde. Joder, sí, me encanta. Mete 4 dedos en mi coño, formando una cuña, mientras me araña el culo con la otra mano. Clava hasta los dedos. Eso te gusta, ¿no, zorra?, dice con un tono desconocido. Es perversa, sexy. Me encanta. Lo sabía, ahora te azotaré yo a ti, dice. Y me da un azote. Me arde la piel, y cuando me acaricia siento como si las terminaciones nerviosas renaciesen, gritan, gimen, se excitan.
Mientras él me ha acercado el pene a la boca, sus ojos clavados en los míos. Primero me besas, digo. Y me besa, la bola de acero chocando contra mi lengua, muerdo su labio inferior, tiro, y cuando suelto lo acaricio con la punta de la lengua. Hay otra condición, digo. ¿Cuál?, pregunta él sin querer esperar más. Que me beses cuando te despidas. Joder. Eso o nada. Te besaré, dice al fin, pero...
Yo acerco mi boca, lamo su pene, me entretengo dibujando constelaciones que no existen, cuando llego al glande lo beso, mordisqueo, suave, muy suave. Mientras le acaricio los cojones, los aprieto un poco, los vuelvo a acariciar. No puede esperar y de una embestida me la mete en la boca, y empieza a follármela. Nausea, no, placer, mucho placer. Entra y sale furioso de mi, mientras ella sigue moviendo sus hábiles dedos dentro de mi. De repente noto cómo me tira del pelo. Gimo.
Él me agarra del pelo y me empuja la cabeza hacia él. Más adentro. No, no vomitaré, te la pienso chupar hasta que te corras. Empiezo a masajearle la base, mientras él entra y sale de mi boca, frenético. Pero para. Sale de mi, me coge por las caderas y me pone a cuatro patas. Ella protesta. Te jodes, es mia, dice él sin pensarlo. Y sin previo aviso me la mete por el culo, mientras sus dedos entran y salen de mi boca, como si aun estuviese follándola. Ella se pone debajo de mi, negándose a quedar relegada, y me mete 3 dedos en el coño, entra y sale, a un ritmo diferente al de él, más pausado.
Él parece haber entendido que ella no está aquí por él, y se centra en mi culo. Pero de repente le pellizca un pezón, y ella gime. Aceleran y me corro, mis contracciones abrazando su polla dura. Mis codos ceden y caigo sobre ella, que me sonríe. Él sigue hasta que escucho un gruñido, un cambio de respiración, y se deja caer sobre mi espalda. Sonrío. Soy un puto sandwich de vicio. Nos duchamos, nos invita a un café. Ella está callada de repente, con el gesto serio.
Cuando vamos a salir, yo retrocedo, lo agarro del cinturón y lo acerco a mi. Un trato es un trato, digo. Y me besa, me besa como nunca antes me había besado, sin esperar ya sexo.
Cuando subo al ascensor ella me mira y me pregunta: Esto no ocurrirá más, ¿verdad? Tiene una cara de tristeza infinita. Le acaricio el brazo y le digo: No, esto nunca pasará. Jamás.