martes, 23 de julio de 2013

Subir las escaleras notando cómo me miras el culo


Le encuentro, sin más. Hace meses que no nos vemos, que le debo una invitación, pero actúa como si nos hubiésemos visto ayer. Con él todo es sencillo, a veces lo olvido. Sonrío, sus ojos miel me sonríen. Te debo una comida, digo. Sigues arqueando las cejas cuando hablas de algo interesante, responde. ¿Tienes tiempo hoy? Bueno, si no te importa esperar un poco. Y todo fluye, todo es como si nos viésemos a diario. Le espero sentada en el borde de la entrada del metro, releyendo "Un mundo feliz". Por más que lo intento no consigo sentir la misma emoción que sentí la primera vez que lo leí. Leer los mejores libros que has leido antes de cumplir los 13 es frustrante. Ojalá ella siguiese recomendándome libros. Ya nunca la veo.
Cuando levanto la vista está allí, sonriéndome divertido. No te he visto llegar. Me he dado cuenta, no he querido interrumpirme, estás preciosa cuando te concentras. Me pongo a reir nerviosa. Nunca supe encajar bien los cumplidos. Caminamos rozando apenas los hombros de vez en cuando. Me pone al día de su vida, le pongo al día de la mia. Le cuento que todo sigue igual, pero que el movimiento ya es imparable. Ya era hora, responde.
Llegamos al Restaurante. Está lleno de libros y discos usados, que llenan estanterías en las paredes. Las mesas parecen desvencijadas, no hay una igual que la otra. Las sillas tampoco encuentran a sus parejas. Me siento en una silla con el asiento de tela, y se hunde un poco bajo mi peso. Joder, susurro al sentir que casi me caigo, y él ríe a carcajadas mientras me acerca otra silla. Pedimos, yo una ensalada, él lasaña de verduras. ¿Me ayudarás? pregunta. Cuando la vea te lo digo. Hablamos, reimos, con él todo es sencillo. Me mira con esos ojos increibles y siento como si flotase, la conversación sigue mientras mi cerebro flota en una nebulosa. La cerveza, será la cerveza, me repito. Es tardisimo, me dice. Ya no llego a trabajar. Te invito a un café. Y vamos hacia su casa. Podría permitirse un piso con ascensor, pero dice que es muy vago para buscar ahora piso. Estoy cómodo, pero a veces no me apetece subir los cuatro pisos, y voy a dormir a casa de mis padres. Y yo río a carcajadas. Mientras subimos la escalera noto cómo me mira el culo. Me alegra haberme puesto vestido. Era el paso uno para convertirme en zorra desalmada. Vestido y tacones. Supongo que este es el segundo.
Llegamos y se lo toma con calma. ¿Hoy tienes prisa? No, nadie me espera, él se ha marchado. Sonríe, y me mira como si ya estuviese desnuda. Tomamos café. Me gusta tu decoración, ¿radiografías nuevas?, digo mirando al cristal del balcón. Me levanto a llevar la taza a la cocina, y a medio camino me corta el paso. No te quites los tacones, casi suplica mientras se quita los zapatos. Me gustan los hombres altos, es como una condición. Sólo hago una excepción con él, pero es culpa de sus ojos, y de esa sonrisa, de esa barba...
Me atrapa contra la pared y empieza a besarme, mientras desliza la mano entre mi culo y el muro. Joder, no me había dado cuenta de las ganas que tenía, pero en cuanto roza mi espalda se arquea levemente, el vello erizado, miles de terminaciones nerviosas gritando que siga, suplicando que acaricie. Me desliza los tirantes del vestido, que cae encima de mis sandalias de tacón marrones. Separa un poco las bragas de mi piel y mete los dedos, me roza, y siento una oleada de calor, los flujos inundándome. Estás muy mojada, me dice. Le beso, mientras me mete los dedos entre los labios, y coge entre las yemas mi clítoris. Gimo, sonríe.No es justo, tú sigues vestido. Y le quito el cinturón, le desabrocho los botones y le bajo el pantalón. Una erección brutal choca contra mis bragas, a través de sus calzoncillos negros. Me baja las bragas, se baja los calzoncillos, sube una de mis piernas a su cintura y me la mete sin preámbulos. Grito. Me tapa la boca. Quiero que te aguantes, me dice, quiero que te corras en silencio, zorra. Y sigue empujando contra la pared, mientras su otra mano se pierde en la curva de mi culo. Me mete dos dedos, gimo, me muerde el labio inferior. Calla. El orgasmo me arquea contra la pared, siento que me voy a caer, latigazos en las piernas, contracciones sobre su polla. Aleja un poco el cuerpo y me muerde el pezón izquierdo. Grito de placer, muerde más fuerte, suelta mi pierna, me pellizca el otro pezón. Casi no puedo mantenerme de pie. La saca, me lleva de la mano hasta el borde de la cama, empieza a besarme. Urgencia, quiero que me la meta, quiero que sus dedos se pierdan en mi culo, quiero notar las embestidas, quiero gemir. Pero él sigue de pie al lado de la cama, como si no tuviese ninguna prisa, besándome. Métemela, casi ordeno. ¿Quieres ir a la cama?, pregunta. Le empujo, sonríe, eso querías cabrón, que ahora mande yo. Ahora pienso gritar, le digo. Hazme gritar. Se tumba encima de mi, su polla penetra mi culo sin previo aviso, grito. ¿No querías gritar, zorra? Sonrío. Me mete cuatro dedos en el coño mientras empuja. Me corro, no puedo esperar más. Grito a cada embestida, mientras sus dedos se mueven dentro de mi, mientras su otra mano sujeta mi culo, pellizcándolo de vez en cuando. Me da la vuelta, sigue conmigo a cuatro patas. Me agarra del cuello justo cuando su respiración cambia, cuando noto cómo se corre dentro de mi.
Quedamos tumbados, rendidos. Corto pero intenso. Me abraza. Acaricio su culo perfecto. Me besa mientras sus ojos miel me sonríen.
Sí, así da gusto convertirse en zorra desalmada. ¿Quedamos la semana que viene? Claro. Comemos en casa, ¿no?

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