lunes, 16 de diciembre de 2013

No me mientas que no es definitiva...



Siempre odié las despedidas. Claro, imagino que a nadie le gustan. Pero yo, eterna masoquista sentimental, las anticipo.


No me he bajado del tren para encontrarte y ya me estoy despidiendo. Mi mente ya está pensando en lo jodido que será decir adios. Mi imaginación inventa diálogos perfectos de despedida, grandes frases, de esas que recordarás siempre. Porque en los libros o en las películas la protagonista nunca dice “te imaginaba más alto”. Siempre encuentra la frase perfecta, esa que siempre quedará, abrigándote en las noches de invierno, esa que esperas. Y claro, nunca nada estará a la altura. O tal vez sí.Tal vez tú sí.

Ahí estoy, bajándome del tren, buscándote con la mirada, pensando que igual no soy capaz de reconocerte. Esas son las desventajas de imaginarte más que conocerte. 


He pasado el viaje leyendo “Alicia”. Me parecía un guiño perfecto al puto destino. Como aquella amiga que escuchaba  Núria, aquella canción de Els Pets que ni siquiera le gustaba demasiado, sólo porque soñaba que alguien la había escrito para ella. Siempre fue una soñadora ilusa y un poco gilipollas. ¿Qué será de ella? Son tiempos jodidos para los soñadores.

Ya había leído Alicia en el instituto. Mucho antes mi madre me lo había contado, en una de aquellas versiones reducidas y reinterpretadas para niños. Algunas nos trataban como a verdaderos gilipollas, reinventando finales de clásicos sólo para preservar una inocencia que por otra parte se encargaban de jodernos con las noticias, cada vez más amarillas, más efectistas.
Creo que era uno de mis preferidos. No era uno de aquellos cuentos de princesas que esperan pacientemente a que algún príncipe se digne a rescatarlas (otras gilipollas ilusas como mi amiga, creyendo en cuentos de hadas y amores verdaderos). Era absurdo, distinto. Todo carecía de sentido y a la vez te atrapaba. Siempre me imaginaba a Alicia cayendo mientras pensaba “¿Qué demonios es esto?”.

Aquel verano, el curso antes de acabar el instituto, me perdí con Luis por las calles de Oxford. Nunca me pierdo, no te preocupes, me dijo. No te preocupes tú, yo te perderé, contesté. Y nos perdimos.  De repente, en un momento de pánico, nos encontramos con una pequeña librería, y olvidamos que estábamos perdidos, y que seguramente nos buscaban.  Entramos y Luis se enamoró perdidamente de una edición carísima de “Alice in Wonderland”. Yo me compré la edición de bolsillo. Salimos juntos, sonrientes con los libros en nuestras mochilas. 

- Siempre imagino a Alicia viendo cada cosa nueva y extraña y pensando “¿Qué coño?".
- What the fuck?, dijo  Luis.  
- Sí, sí, Alice in WTF, reí yo. 

Y volvimos muertos de la risa al autobús. Nadie entendía por qué nos seguíamos riendo mientras nos amenazaban con mandarnos a España en el siguiente avión.


Aplaco los nervios, empiezo a caminar más despacio, mi subconsciente aterrado intentando dilatar el momento. Sigo buscándote con la mirada, caminando a cámara lenta, percibiendo cada sonido como algo pastoso y fuera de lugar. Y de repente te veo. Sentado en aquel banco, sin levantarte hasta que ves que te miro. Y en mi mente seguimos despidiéndonos mucho antes de decir hola.
Te abrazo, muerta de pánico. Digo “¿Cómo estás?” mientras mi mente grita “¿Dónde coño has estado todo este tiempo?”. Tomamos una cerveza, yo como aceitunas, nerviosa. Hubo un tiempo en que hubiese muerto antes de que un hombre me viese comer así, ansiosa. Pero ya soy mayor, he crecido. Ya no me peso. Tengo mis vaqueros-báscula, que me dicen si he engordado o no, sin mantenerme atada a un puto número que nunca será el perfecto, por muy bajo que sea.Nunca te recuperas del todo, me dijeron. Tal vez sea cierto.


Después paseamos, y aparece el siguiente defecto mortal. Cuando quiero contar algo importante, algo que me emociona, me paro un instante para mirarte a los ojos. Lo hago siempre cuando alguien me interesa de verdad. No soy capaz de andar y hablar a la vez si amo. Es extraño.
Me coges de la mano, te abrazo, nos besamos.
Ven a mi casa, sugieres. Vamos, respondo excitada. Entramos. Entramos y me llevas de la mano a la cama. Los dos sabemos lo que ocurrirá. Los dos sabemos que es inevitable. Me desnudas, me acaricias, me azotas, me muerdes, te muerdo, te araño. Follamos, follamos sin saltarnos los putos preliminares. Follamos y sé que buscaré en cada polvo esa forma de morderme los pezones. O cómo me miras mientras me corro. O cómo cierras los ojos mientras te corres.

Nos abrazamos en la estación. Te llamaré. Iré a verte. Joder, musito. Fuera de lugar, siempre fuera de lugar. La puta sinceridad que me vende. Ya he vivido unas cuantas de estas. Ya sé lo que viene después. 

Nunca creemos que sea definitivo. Lo sabemos. Sabemos que nunca más nos veremos. O que todo se irá deteriorando. No sé explicar cómo lo sabes. Será el maldito instinto gritándote allí en el fondo de las entrañas. Pero lo sabes. 

Yo sé perfectamente que esta despedida es definitiva. Fingiremos que no lo es, alargaremos un poco más la agonía, retrasando lo inevitable. Nos mentiremos futuros que no vendrán.  Me pondré absurda e insoportable. Te pondrás capullo y bastante gilipollas. Y luego lo que tiene que ser, inexorable. Fin. Este es el puto fin. Así que déjame musitar joder antes del último beso. No te des la vuelta. No me mires como si fueses a volver. Joder.



Flor De Loto by Héroes del Silencio on Grooveshark

 “Nunca fue tan breve una despedida. Nunca me creí que fuera definitiva” -  Flor de loto, HDS.
Pensaba escribir otra cosa. Algo más ordenado, menos caótico, menos… tu recuerdo. Pero hoy alguien se ha despedido de mi y he recordado un par de despedidas de otro tipo, también jodidas.
Putas despedidas. No hagas que suene a definitiva. Joder. Seguiré aquí cuando vuelvas.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Saldando las cuentas de los besos no dados




Me encuentro de repente con tus ojos claros, mirándome fijamente. ¿Cuánto puede durar ese poder que tienes sobre mi? Porque me miras y mi mundo se tambalea, mis convicciones se van a la mierda y un escalofrío recorre mi espalda.


¿Cuánto hace desde la última vez que te vi? ¿Quince años? Tal vez algo más. Siempre fui un desastre con las fechas. Lo único que recuerdo son detalles, momentos, como fotogramas desordenados. Sí, tal vez sean 18. Demasiados. Demasiados y el mismo puto escalofrío en la espalda, el hormigueo que me avisa de que el orgasmo se acerca. Nadie jamás me provocó algo así. Pensé que nadie me lo podría provocar de nuevo, ni siquiera tú. 

Pero me miras y el zumbido crece en mis oídos, y me dan ganas de besarte.


¿Por qué nunca nos besamos? Será que a los quince años uno cree que tiene todo el tiempo del mundo. Además yo estaba convencida de que estábamos hechos para morir juntos. Lo jodido es que lo sigo pensando, aunque la Alicia adulta se niegue. No, nena, nosotras ya no creemos en esas estupideces, ¿no lo recuerdas? Vuelve al fondo del cajón donde te guardé, niñita estúpida, y deja de hacerme perseguir imposibles.


Pero me mira y nos imagino follando, ahora, dentro de veinte años, dentro de muchos más.

Teníamos todo el tiempo del mundo, y esa estúpida sensación de que acabaríamos follando. Había tiempo. Eras el tío más tímido y raro que había conocido. Justo como yo. Y así acabamos. Hablamos. Reimos. Nos abrazamos. Nos emborrachamos. Me sujetaste para que no me aplastase una multitud en aquel concierto. Y, coño, me hiciste pensar que ser como nosotros éramos no era tan jodidamente absurdo.
Porque nos parecíamos, y a la vez eramos tan distintos. Siempre odiaste el agua. Yo la adoraba. Así que cuando ibas a la piscina y te quedabas allí fuera, observando, siempre imaginaba (siempre me gustó mentirme) que ibas por verme en biquini. Y sin embargo siempre fingías que no mirabas. O tal vez no mirabas.Puede.


Después  llegó la vida, esa hija de perra con la que no contábamos. No te volví a ver. Tenías novia, me dijeron, y lloré como una imbécil.  Claro que era absurdo, porque yo también tenía un novio bastante gilipollas. Pero fue como darme cuenta de repente de que tal vez no íbamos a envejecer follando juntos, ni a pasear agarrados de la cintura. Ni a besarnos. Ni a besarnos.


Y pasaron los años. Era como observarte de lejos a través de las palabras de los demás. Ha cambiado, me decían. Supongo que yo también, pensaba.


Y ahora te veo, mirándome con tus jodidos ojos azules, y sí, has cambiado. El tímido dejó paso a un cabrón orgulloso, de esos que hacen saltar todas las alarmas. Pero imagino que es demasiado tarde, mi instinto te reconoce y a la mierda mis alarmas, hijas de puta desconectadas.


Hay besos que deberían darse. Quince, veinte años después ya no son lo mismo, ya no son lo que esperabas. O tal vez sí, pero has cambiado. Hemos cambiado. Habremos cambiado, quizás a peor.
Tu mirada me arrastra, encadenada, hasta tu casa.

Me la enseñas tranquilo, sin rozarme siquiera, pero mirándome con esos ojos. Hay miradas que te quitan las bragas y la razón al mismo tiempo.

Tienes una escalera de caracol, murmuro. Me encanta. 

Sabía que te gustaría, respondes autosuficiente.

Las escaleras de caracol tienen algo que me fascina. No sabría explicarlo. Son como yo, girando sobre si mismas, sobre las cosas, obsesivas y peligrosas, siempre invitando a caer. Siempre me gustaron las espirales. Como tú.

Me coges de la mano y me llevas hasta tu habitación. Me sientas en la cama, me observas apoyado en la cómoda.
¿Arrepentida?, preguntas.
Aun lo estoy decidiendo, digo mirándote a los ojos, buscando al chico que fuiste. Lo malo es que lo veo, allí al fondo, asustado tras toneladas de sufrimiento. O tal vez lo imagino, seguro. Debo estar imaginándolo.


Te acercas y me tumbas mientras me empiezas a besar. Aun puedes irte, susurras en mi boca. Sí, pero primero quiero que me folles, contesto. Y ya me estás bajando el pantalón, ya me has quitado las botas. Joder, veinte años son demasiada espera. Reprimir el deseo tanto tiempo nos convierte en animales furiosos, follando sin demasiada ternura.

Me quitas la camiseta y mientras una mano me masturba por encima de las bragas, la otra me desabrocha sin problemas el sujetador, y sé que estoy jodida. Demasiada experiencia, demasiados sujetadores desabrochados como para pretender ser especial para ti. No dolería si fueses otro, si no importases.

Paseas los dedos por mi cuerpo, me rozas los pezones y mi espalda se arquea ajena a mi voluntad. Ya no me pertenece, eres su dueño. Acaricias mi ombligo y miles de terminaciones nerviosas despiertan. Creo que han estado dormidas toda mi vida. Cuando te acercas a mis pezones siento que voy a morir, que podría morir justo en ese preciso instante. Te detienes. No pares, suplico. Sonríes. Eso quieres, que suplique, que te suplique.

Acercas la lengua a mis pezones duros, los lames, me muerdes, y entonces me arrancas las bragas y sus dedos se pierden entre mis labios. Sonríes de nuevo. Estás muy mojada, dices. Estoy inundada. Deslizas tus dedos por mis labios, y los sacas brillantes, los chupas, los vuelves a deslizar, los metes en mi boca, en un brindis con mis fluidos. Sigues mordiéndome los pezones y las heridas desaparecen, las cicatrices se difuminan, y por un segundo somos aquellos que fuimos, ingenuos, sin que la vida hubiese clavado sus uñas en nuestra espalda mientras nos follaba sin amor. Y durante ese segundo todo cobra sentido y vuelvo a creer en que todo es posible.


Sin quitarte los pantalones empiezas a empujar, subes y bajas, noto tu polla dura a través de la tela. Quítate los pantalones, susurro. Te los quitas y me la metes, mientras tus dedos siguen deslizándose por mi clítoris, y noto un latigazo que va desde la nuca hasta el punto que nos une, y mis contracciones abrazan tu polla hasta que somos casi uno.

Sigue follándome, no pares, suplico. El pasado me muerde los pezones mientras con una mano me abre las nalgas para llegar más adentro, buscando un hogar en mi coño.
Te giras y me dejas que te cabalgue, que yo marque el ritmo. Me lo tomo con calma, quiero disfrutar el momento, tener un orgasmo lento y largo Cuando llega acelero, mi espalda se curva, mi pelo acaricia tus hombros. Entonces me agarras las caderas, te aferras firme a mi culo, y ya no hay ni un milímetro que separe nuestros cuerpos. Aumentas aun más el ritmo, me subes hasta que casi nos separas, y entonces me bajas con fuerza. Miles de descargas recorren mis piernas y no consigo mantenerme erguida.


Entonces sales completamente, me pones de espaldas, tumbada en la cama, agarras mis caderas y las elevas. Quedo a cuatro patas. Me penetras sin preliminares. Dolor. No. Placer. Y dolor. Me gusta ese dolor. Me corro mientras aumenta la fuerza de las embestidas, mis codos ceden en pleno orgasmo, mi cara se aplasta contra la almohada. Observo tu mano ante mis ojos, el anillo en el pulgar. Me metes los dedos en la boca. Chupo, muerdo. Escucho cómo cambia tu respiración. Sacas los dedos de mi boca y los metes en mi coño.

Tengo un orgasmo brutal en cuanto tus dedos rozan mis labios. Con un gruñido das la última embestida y caes sobre mi espalda.



No hay más besos. Ni un puto abrazo. Durante un momento espero,  te observo mirando un punto indeterminado del techo. Ya no estás allí. Ya no te reconozco. Me levanto y me ducho. Te duchas mientras me voy vistiendo.
Conversación banal. Ya no hay rastro de nosotros, de lo que fuimos. Supongo que nos acabamos de asesinar. Cuentas saldadas. Fin.

Contestas un mensaje del móvil. Alguien importante, supongo por tu sonrisa. No tan importante como para no follar conmigo, me susurra la cabrona que me habita.

Me acompañas a la puerta. Por un segundo creo que me besarás. Allí al fondo de tus ojos, por un segundo me ha parecido verte. Pero debe haber sido un reflejo, una mala pasada de mi mente.
Un polvo perfecto. Si no nos hubiésemos matado. Si no hubiésemos matado toda posibilidad de ser un nosotros. Sí, supongo que sí hemos cambiado. Tú por lo menos.

Yo sigo siendo esa estúpida que envejecería follando contigo. Lástima.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Soy mala compañía cuando estoy triste

Abro la lata de cerveza helada. Me gusta ese momento, el chasquido del metal al separarse, el olor que lo invade todo, el sonido al caer en el vaso.
Mi vaso está lleno de estrellas que se ahogan en la cerveza, hasta que voy vaciandolo, y mientras yo lo veo medio vacío ellas respiran aliviadas de mi tristeza. Entonces lo miro y las veo dibujadas en el cristal, sonriéndome con sorna.

Hace semanas que ni siquiera me masturbo. Y, joder, no contaba con esto, con esta puta desgana de tanto echarte de menos. Contaba con polvos que me hicieran olvidarte, con orgasmos que sanasen las heridas. No, con esta falta de ganas no contaba.

Y si te pienso no lo entiendo. Las heridas ya no sangran, se están convirtiendo en cicatrices en forma de luna llena, suaves al tacto. Creo que me gustaba echarte de menos, que doliese. Al menos sabía que estaba viva. No, con esta puta muerte no contaba.

Me pongo la penúltima película que me recomendaste, en un intento de despertar algo, de que todo cobre un poco de sentido. No he sido capaz de ver la última, porque la intuyo triste, porque sé que no soportaré otro puto final triste, mientras observo de reojo como mueren uno a uno los finales felices. No hay para siempres. Nunca los hubo. ¿En qué estaría yo pensando?

Observo mi bola de navidad en la mesa. Cuando la mueves el paisaje se llena de calaveritas, y siempre me pareció tierno. Pero mi paisaje nevado de muerte languidece aburrido esperando nuevas navidades felices que ya no vendrán. Me levanto, la acaricio con las yemas de los dedos, la levanto. La observo. La lanzo contra la puerta. El suelo se llena de líquido, de calaveras, de trozos de cristal.

Dos golpes secos a la puerta, seguro que es algún vecino cabreado por el ruido. Pero al abrir la puerta, fingiendo mi mejor cara de desprecio veo su sonrisa.
Joder Ali, me alegro de que sigas viva. Mira al suelo. ¿Qué ha pasado?
He matado a la Navidad, sonrío triste.

Entra sin esperar a que lo invite.

Pensé que me llamarías, dice.

Ya, yo también lo pensé. Pero no soy buena compañía cuando estoy triste.

Me mira. Me mira sin decir nada. Se acerca un poco. Su mirada en mis ojos. Un poco más. Un poco. No me toca, ni me roza. Un poco más cerca. Su olor, su respiración. Un poco más. Empieza a acelerarse mi respiración, siento el corazón en la garganta. Un poco más, sus ojos clavados en los mios. Y de repente no puedo evitarlo, y mi cuerpo reacciona sin contar conmigo, y le beso mientras me acerco más. Necesito que me toque, que me acaricie.
Nuestras lenguas bailan frenéticas, me muerde el labio inferior y el dolor me pone cachonda, me inunda.

De pronto se separa, y me mira mientras yo me cabreo. Joder, no, no pares ahora, susurro.

Vas a suplicarme que pare, pero aun no, espera un poco, contesta con su voz ronca.

Se levanta y me quita casi sin rozarme los pantalones del pijama. Joder, y yo en pijama, pienso. Me quita los calcetines, despacio. Me acaricia los pies. Sabes que me vuelven loco tus pies, ¿no?, murmura mientras un escalofrío me recorre la espalda. Se arrodilla, empieza a lamerme el empeine, después cada dedo. Me mira, gimo. Mete un dedo a la boca, chupa, mordisquea, lo recorre con su lengua. Para. Recorre la planta con la punta de los dedos. Joder, gimo, estoy al borde del orgasmo. Sonríe.

Acaba tranquilo con el segundo pie, va ascendiendo con su lengua, dibujando caminos perdidos, curvas imposibles por mi pierna derecha. Llega a la cara interna del muslo, asciende, lento. Cuando llega justo al borde de mis labios para, frena y se separa.

Tú me quieres matar, protesto.

Claro, ese es mi cometido en la vida, pero antes quiero que me supliques que te folle, sonríe perverso.

Baja al pie izquierdo, y en cuanto empieza  a lamer la planta un espasmo me recorre, me arqueo en el sillón y el orgasmo me provoca convulsiones que querrían morir en su boca, pero él sigue tranquilo, como si no sintiese mi cuerpo retorcerse. Continúa ascendiendo lento, sujetándome con firmeza la pierna izquierda, testigo inmóvil de mis movimientos.

Quiero probarte, dice. Pero no voy a tocarte, aun no. Métete dos dedos, y luego dámelos a probar, quiero ver si tu sabor es tal y como lo recuerdo.
Me meto dos dedos. Quiero tocarme, quiero prolongar el orgasmo. Su mano sujeta la mia.

No, no, no. No te he dicho que te masturbes. ¿Quieres que paremos? ¿Lo dejo justo aquí?

No, gimo. No me jodas. No me vas a dejar así.

Bueno, entonces no seas una chica mala y haz lo que te he pedido. Sigo esperando probarte.

Saco los dedos empapados, brillantes, y los acerco a su boca. Los chupa, los lame despacio, mientras me mira fijamente. Me corta la respiración, y creo que nunca he tenido tantas ganas de que me follen. Nunca he estado tan ansiosa.
Pero él sigue lentamente, lamiendo, chupando. Gimo. Joder. Fóllame. Necesito que me folles ya. Sonríe. Saca los dedos de la boca y me quita la camiseta con calma. Mis pezones están duros, los mira, se acerca y los lame. Los atrapa entre sus dientes y tira. Y yo me arqueo y creo que voy a morir.

Mete sus dedos en mi coño y empieza a penetrarme, mientras el pulgar me masturba, mientras me muerde los pezones. Otro espasmo, más brutal. Las contracciones atrapan sus dedos, que aumentan el ritmo.
Se baja los pantalones, se quita la camiseta y los calzoncillos. Con calma. Me acaricio.

Shhhhh, quieta. Ni se te ocurra tocarte.
Y yo protesto con un gemido, mientras me muerdo el labio inferior.

Se acerca y me besa, le muerdo el labio con fuerza, y noto su sonrisa. Y de un empujón su polla encuentra un hogar en mi. Mi coño la abraza ansioso. Me agarro a su culo y aumenta el ritmo, frenético mientras me sigue besando. Le muerdo en pleno orgasmo, mientras mi cuerpo se mueve incontrolable y noto cómo se acelera su respiración. Un gruñido y cae sobre mi en pleno orgasmo.

Me mira. Sonríe.

No estoy de acuerdo, dice.

¿En qué?

No eres tan mala compañía.

Sonrío. Es que ya no estoy triste.

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Un café?




Llevo mal las decepciones. Es jodido esperar algo de los demás. No, tal vez lo jodido sea esperar de los demás cosas que tú harías, porque, coño, ellos no son tú. Nunca son tú.

Ya nadie me sorprende. Tengo que aprender a dejar de esperar cosas, aprender a no esperar sorpresas.
Ayer  te esperaba, pero no llegaste. Tú, que eres tan cojonudo con las fechas has olvidado la mia, porque es mia. Ahora lo sé, no es de nadie más.



Así que cuando le veo me hago la despistada, pero me siento en un banco cercano, observando de vez en cuando cómo se mueve. En algún momento me verá, me digo. ¿Me verá? A veces soy invisible. Pero me ve. Me mira y me sonríe. No se acerca. Empieza la negociación, como en todo con él. Sigue como si nada, yo zambullo mi mirada en el libro.

Joder, siempre me sorprendió mi capacidad de concentración. Leo la primera frase y ya estoy atrapada, ya ni le recuerdo a él ni a nadie, todo desaparece a mi alrededor. Así estudié de pie en el autobús de la facultad, atestado, lleno de adolescentes gritones. Estudié más en autobuses que en mi habitación.
Supongo que él no contaba con eso. De repente se sienta a mi lado, me roza la pierna. Despierto y le miro. Leer es parecido a estar dormido y soñar, sólo que alguien guía tus sueños.

¿Vamos a estar así?, pregunta.
Me pongo a reir. ¿Así cómo?, contesto fingiendo que no sé de qué habla.
Ni tú te acercas ni yo me acerco.
Bueno, tú te has acercado, contesto. Y sonrío sabiéndome triunfal. La negociación va bien.


¿Follaremos Ali?, pregunta a bocajarro. Y, joder, hace un año me hubiese molestado la franqueza, pero ahora la agradezco sinceramente. Al menos es sincero. Por lo menos no da rodeos innecesarios, ni me promete una vida. Recuerdo a un tío que me empezó a buscar trabajo, me quería regalar un móvil para que tuviese whatsapp, me hablaba de vacaciones compartidas, de cómo le hacía sentir más que todas las mujeres que había conocido. Demasiados rodeos para un mal polvo.

Yo no buscaba amor. Yo buscaba olvidarte. Así que le dije que se dejase de gilipolleces, que las mentiras no me gustaban demasiado. Creo que aun no se ha repuesto de mi sinceridad. Quería partirme en dos, me dijo. Pues haber empezado por ahí. Ahora es tarde. Los mentirosos siempre me provocaron un asco infinito.


Pero él me pregunta si follaremos, y yo necesito arrancarte de mis huesos. Necesito nuevas heridas que me hagan olvidar cómo sangran estas, cómo siguen doliendo. Podría arrancar las costras de las viejas heridas, combatir tristeza con tristeza, dolor con dolor. Eso se me da de puta madre. Por eso siempre vuelvo a mi lugar seguro. Si él no consigue hacerme olvidar nadie lo consigue. Su dolor siempre es más grande. Si arranco un poco la costra de sus cicatrices siempre consigo reabrirlas. Es sencillo.

Pero he perdido demasiada sangre. Necesito cerrar heridas a base de lametazos. Necesito que otra saliva me cure. Necesito ese instante infinito que dura un orgasmo para olvidarte, aunque sólo sea ese puto intervalo de tiempo. Follar. Sólo eso.


Antes necesito un café, le digo. Soy muy tímida, necesito un poco de confianza para poder follarte.
¿Pero me follarás?, pregunta mirándome con sus ojos azul intenso.
Sonrío.
Me despido. Ya sabes, si quieres un café avísame.
Un mensaje, una hora después. ¿Café después del trabajo?
Claro, respondo.


Nos sentamos, pedimos el café. Hablamos. Yo observo. Siempre observo, maldito mal vicio. Observo a la gente los primeros minutos. Luego decido si me gustan o no, si serán o no importantes. Nunca varío esa primera impresión. Me fío totalmente de mi instinto. La vida me demostró a hostias que tengo que hacerlo. Me ha ido demasiado mal cuando no lo he hecho.

Así que le observo. Deja de analizarme, dice. Yo sonrío.
Eres rara, me dice. Tu forma de relacionarte es extraña.
Gracias, contesto, consciente de que no lo ha dicho como un halago. Pero lo he escuchado demasiadas veces como para que no lo tome como tal. Es mejor ser rara que ser como la mayoría de gente que conozco.


Me canta un villancico. ¿Por qué coño me canta un villancico en noviembre? Pero me hace sonreir. Me coge la pierna, empieza a acariciarla. Entonces la Ali tímida desaparece un segundo. Lo miro a los ojos y le pregunto qué me haría. Descolocado me mira. La cervatilla se ha escondido debajo de la mesa, y aquí está la zorra, mirándole a los ojos y esperando una respuesta, aguantándole la mirada. Funciono de oído, le advierto, así que descríbemelo con detalles. Mientras me acaricia la pierna me describe cómo me desnudaría, cómo me arrancaría la ropa.


Arráncame la ropa, súbeme a tu cadera y empújame contra la pared. Bésame mientras me sujetas del culo, mientras tu mano comprueba lo húmeda que estoy. Que tus dedos pellizquen mi clítoris mientras tu polla busca un hogar en mi. Fóllame. Imponme el ritmo. Muérdeme los pezones mientras entras y sales de mi.

Me mira, incrédulo. Estoy mojada y tengo ganas. Pero hoy no follaremos. Sólo descríbeme qué me harías. Hazlo, coño. De tus palabras depende todo. ¿Quieres follarme? Cuéntame cómo. Si consigues que algo estalle entre mis piernas sólo con tu voz te prometo que no hay límites, que follaremos hasta que conozcas los lunares de mi espalda, hasta que nos desgastemos las cicatrices tanto que ya no sepamos reconocerlas.


Te doy la vuelta, continua. Te doy la vuelta y te dejo a cuatro patas. ¿Quieres ser mi zorra? ¿Quieres que te folle ese culito precioso? Desde que te vi tengo ganas de follármelo.

Le miro. Vas bien, sigue. Calor. Humedad. Me inundo.

Primero te la meteré en el coño, sin preliminares, Te agarraré de las caderas y decidiré el ritmo. Embestidas brutales. Entrar y casi salir completamente. Y luego volver a entrar. Mientras te acariciaré el clítoris, lo agarraré, lo golpearé. ¿Quieres?

¿Me pellizcarás los pezones? Fuerte, nada de acariciarlos. Deja las caricias para después, le digo.

Joder, Ali, me estás poniendo a mil. Claro que te pellizcaré. Te haré daño. ¿Eso quieres?

Sonrío. Sonrío y no contesto.


Cuando esté a punto de correrme te la meteré por el culo mientras mi mano te folla, mientras mis dedos se pierden en tu coño. Con la otra mano te agarraré del pelo, para marcarte el ritmo, para dominarte. ¿Te gusta?

Sonrío. Me encanta.

Me pienso correr en tu culo.

Sonrío de nuevo. ¿Ya?


No, Ali. No he hecho más que empezar. Pero necesito follarte ya. ¿Follamos?

sábado, 19 de octubre de 2013

Una ducha...

Llego del trabajo cansada. Mis días se han convertido en un puto ultimátum eterno. Mi jefa se empeña en mantener la imagen de buen rollo mientras me habla de productividad y la cola del paro. Como si tuviese opción a paro.

Y encima te echo de menos. Joder, cómo te echo de menos. Pensé que a estas alturas serías cicatriz que acariciar, de esas con forma de sonrisa, de luna creciente. Pero en cuanto me descuido me sangras. Paso por una calle, o veo aquella pintada, o leo algo, y noto de repente cómo la cicatriz empieza a escocer, a tirar, hasta que se abre. Se abre y sangra. Cualquier día resbalo con la sangre y no seré capaz de volver a levantarme.

La culpa es mia. Me gusta demasiado pensarte, recordarte. En el fondo sonrío mientras me arranco las costras. Te tengo en el hueco que hay entre los músculos y los huesos, pugnando por salir.

En cualquier momento te olvido, me miento. En cualquier momento me olvido.

Me desabrocho el botón del vaquero mientras camino por el pasillo. Bajo la cremallera y me bajo los pantalones. Las botas de tacón quedaron abandonadas en la entrada, mirando hacia donde imagino que vives. Pequeñas rutinas, rituales cotidianos que me hacen seguir entera. Dejo los pantalones sobre la cama, junto al bolso. Tiro de la goma del culotte hacia abajo y queda tirado sobre el parquet.
Me quito la camiseta negra, desabrocho el sujetador. Ese es uno de los pequeños placeres de mi día a día. La desnudez es el estado perfecto.

Al pisar las baldosas del baño mis pezones reaccionan excitados. Esos pequeños cabrones reaccionan con apenas nada. Te echan de menos, gritan. Yo finjo que no les escucho mientras el escalofrío estalla justo en ellos.

Al entrar en la ducha de repente pienso en él. ¿Le gustaría verme en este momento? Y finjo que él me observa. Me excita, necesito esto, un cambio.

Abro el agua caliente. Hoy me hacen falta contrastes, agua caliente que me arranque de la puta realidad. Cae sobre mis párpados cerrados, corre por las mejillas, cae desde el abismo de mi barbilla directa a mis pechos, golpeando pezones, acariciándome. Cae por los hombros, por la espalda. Otro escalofrío me recorre mientras la dejo caer encima del cuello entumecido.

El agua forma ríos alrededor del ombligo, meandros imposibles que van a adentrarse en mi monte de venus.

Pongo gel directamente en mi mano derecha. Odio las esponjas, prefiero acariciarme. Voy vistiéndome de espuma, despacio, para que quien me observa en mi imaginación disfrute. Pellizco los pezones, que resbalan juguetones entre mis dedos. Formo círculos con las puntas de los dedos alrededor del ombligo, en los costados, y me estremezco entre mis yemas.

El calor me inunda y sumerjo los dedos en mis labios. Los saco, mezclo aceite con el jabón, froto mi clítoris con la palma. Miro con deseo el bote de serum para el cabello, lo deslizo entre mis dedos, me penetro con él. Aumento el ritmo, frenética. Imaginar su mirada sobre mi piel me pone a mil, me lleva al borde del orgasmo mientras mi clítoris escapa entre los dedos. Justo en el momento en que un espasmo recorre mis piernas apoyo la espalda sobre las baldosas de la pared y cojo la ducha.

El agua golpeando mi coño, su mirada, el bote resbalando en mi interior,... Convulsiono contra la pared en un orgasmo brutal que me deja de puntillas en una postura imposible. Pongo el agua fría y la presión aumenta, el orgasmo renace y me golpea.

Ojalá hubiesemos follado en aquella ducha. Ojalá estuvieses aquí, follándome mientras el mundo afuera se resquebraja. Y que se hunda.

sábado, 12 de octubre de 2013

La cita...

Me pinto los labios. Rojo sangre, como a él le gustan. O le gustaban. ¿Cuánto pueden cambiar los gustos de alguien en 10 años? Sonrío al recordar cómo le mordí el labio mientras le besaba, con tanta fuerza que el rojo de mis labios se confundió con la sangre. Me agarró del pelo para separarme de él, pero al segundo siguiente me besaba mientras yo lamía sus heridas. A veces echo de menos los besos. Echo de menos sus besos aun más que el sexo, aun más que que follemos como animales. Y los abrazos, también echo de menos los abrazos.

¿Abrazará igual? No todo el mundo abraza igual, y no a todo el mundo se le abraza igual. ¿Me volverá a abrazar con aquella entrega? Nos abrazábamos como si el miedo no existiera y a la vez lo inundase todo, nos rodease por completo. Cuando mis brazos rodeaban su cuello, se perdían en su espalda y los suyos se encontraban en mi cintura eramos un mundo. Teníamos allí nuestro propio universo, donde mis lunares y los suyos jugaban a ser planetas, estrellas que nos guiaban.
Todo empezaba en un abrazo, algo inocente, de amigos. Luego llegaban los besos. Y nosotros, esos tímidos irredentos nos convertíamos en seres perversos, en animales.

Empujó la puerta del baño y me tiró contra la pared mientras cerraba con el pestillo. Nos besamos, nos mordimos. Y mientras me arrancaba el pintalabios a dentelladas su mano se perdía entre mi piel y mis bragas. Acariciaba los labios, pasando un dedo lento, sin rozar apenas. Y yo deseaba que me acariciase con fuerza, que me bajase los pantalones y follásemos, y al mismo tiempo me excitaba su lentitud, el roce de las yemas de los dedos. Metió un dedo en mi coño, luego dos, mientras con el pulgar acariciaba mi clítoris hinchado.

Sus dedos entrando y saliendo de mi, sus dientes clavándose en mis labios, las baldosas frías en mi espalda,... El orgasmo me arqueó contra la pared del baño, su brazo se metió en el arco y me giró bruscamente. Mi mejilla derecha golpeó el azulejo, mientras él me mordía el cuello, besaba, chupaba, volvía a morder.

Me desabrochó el pantalón y me lo bajó hasta los tobillos, con calma.
Joder, maldito cabrón, date prisa, nos van a pillar. Pero no me importaba nada que nos pillasen. En ese momento no me hubiese importado que nos estuviese mirando el bar entero. Sólo quería que me la metiese ya, sólo eso.

Pero él seguía con calma, ascendiendo con su lengua lamiendo surcos de mi piel, primero los tobillos, los gemelos, los muslos. Agarró con los dientes las bragas y comenzó a tirar de ellas despacio, mientras su barba acariciaba con rudeza mis piernas. Al llegar a los tobillos clavó las uñas en mi culo, y bajó dejando surcos rojizos. Qué placer más inesperado, joder.

Y de repente su otra mano en mi coño, tres dedos entrando y saliendo, mientras su pulgar se abría paso en mi culo.
¡Fóllame ya! supliqué.

Su sonrisa ascendiendo tranquila, lamiendo los surcos rojizos, luego por mi espalda, sus dientes clavándose en mi hombro izquierdo.

Y sin previo aviso su polla penetrando mi culo, mientras sus dedos entraban y salían de mi, mientras su pulgar acariciaba mi clítoris y con la otra mano me agarraba con fuerza las tetas, apretando, clavando los dedos. Primero entraba suavemente, lento, después frenético, casi saliendo de mi culo y empujando con un golpe seco, con violencia.

Justo en el momento en que me sacudía un nuevo orgasmo, antes de cerrar los ojos con fuerza, ví algo escrito con un rotulador rojo en la pared. "Imagina. Hoy puede hacerse realidad". Sonreí mientras cerraba los parpados y él me susurraba al oido: "Cuando lo leí pensé que tenía que follarte aquí. Imaginé. Podía hacerse realidad".

Gemí joderes lo más bajo que pude mientras mi culo se aferraba a su polla, mientras mis contracciones atrapaban sus dedos. Mientras me besaba y me bebía sus gruñidos al correrse en mi culo.

Después vinieron muchas veces más. Nuevos abrazos, más besos, más sexo.

Un día me dijo que se marchaba. Aquí no había futuro. "Ven conmigo, follemos toda la vida".

Pero yo no podía. Había obligaciones que cumplir, vínculos que no podía romper. La vida. La puta vida.

"Quédate", grité. Pero ningún sonido salió de mi boca, porque hay cosas que no se pueden pedir, aunque las entrañas las griten.

Quedamos aquí dentro de diez años, dijo. Quedamos y vemos si aun nos echamos de menos.

Vendré, dije ahogando las lágrimas.

Y yo. Nada hará que falte. Tenemos una cita. A las diez de la noche dentro de diez años. Te cenaré.

Sonreí, le abracé, me alejé. Viví. Pero no olvidé nuestra cita.

Nervios de última hora. No vendrá, no vendrá, me repito intentando prepararme para lo peor. No vendrá, no vendrá... ¿Y si viene? ¿Habrá cambiado mucho? ¿Habré cambiado demasiado? Imaginar. Tal vez...

Abro la puerta del bar, miro ansiosa a la barra. Allí, al fondo, una sonrisa me acaricia. Cómo te he echado de menos.

sábado, 5 de octubre de 2013

Una mesa sólo para ti...

Enciendo el ordenador. He recibido un mensaje que me ha golpeado en los recuerdos, en las ganas, en el puto corazón muerto que una vez ocupó mi pecho. Los pezones han empezado a gritar de nuevo frases de amor, a doler de ganas.

Tu mesa nos echa de menos. Dile que me espere esta noche. Y joder, no hay forma de decir que no, porque sí, nos echa de menos, casi tanto como yo te echo de menos a ti, como echo de más a la puta tristeza. ¿Cómo venzo a la certeza de que nunca nadie conseguirá que abandone así a mi razón? ¿Cómo sigo adelante intuyendo que nadie me follará como tú?

Así que pongo el portátil encima de la mesa, y me visto para la ocasión. Pero esta vez es distinto. Hoy no me vas a follar, hoy no conseguirás lo que quieres, ni yo tampoco, así que tómatelo con calma mientras me desnudas con la mirada.

Sólo necesito escuchar tu voz para ser perra en celo, para inundarme y abandonarme al placer. Tu don son las palabras, y, coño, lo peor es que lo sabes. Hoy no nos saludamos, no hay formalidades, ni preguntas. Hoy es sólo esto. Y ese sólo suena absurdo, ridículo, porque esto es un universo entero. Esto es sobre lo que escriben los poetas, por lo que se inician guerras. Esto lo es todo.
Me miras a los ojos mientras me vas pidiendo, no, ordenando lo que quieres.

Desabróchate la blusa.

Llevo una camisa blanca, abotonada hasta el lunar que hay entre mis pechos, sobre el borde del pecho derecho. Deja ver la marca de nacimiento que tanto me avergonzaba en mi adolescencia. La acaricio suavemente mientras desabrocho los botones, uno a uno, sin prisa. Mantengo tu mirada mientras te desabrocho mi alma y mi piel se eriza bajo tu mirada. Joder, si me sigues mirando así no habrá kilómetros suficientes en el universo para evitar que vaya y te folle con saña, con toda la perversión que aun no ha sido imaginada.

El último botón se separa de la tela y la blusa queda abierta. El sujetador negro resalta sobre mi piel. Empiezo a desnudar mis hombros, esos que se mueren por tener clavados de nuevo tus dientes, y la blusa cae al suelo. Acaricio alrededor de mi ombligo, paso la yema de los dedos rozando los pechos, desabrocho el sujetador y lo arrojo a un lado. Mis pezones te saludan, duros y excitados.

Pellízcalos.

Los pellizco, tiro de ellos, el dolor me produce un placer que siempre me resulta inesperado.

¿Has traido hielo?

Saco un cubito del vaso que hay sobre la mesa y lo paso por los pezones. Un espasmo me recorre desde la nuca y me arqueo. Te miro, sonríes. Conoces el poder de tu voz, de tus órdenes, de tu mirada. Me excitas de una forma que nadie más consigue.

Muevo la pantalla, para que me veas las piernas. Llevo una falda con vuelo y mis tacones altos. Para ti, sólo para ti. Cada vez que los veo en el zapatero mi mente se llena de imágenes de nosotros follando, yo con los zapatos puestos, tú arañando, azotando, agarrándome de las caderas mientras los tacones se clavan en tus piernas. Placer. Dolor. Placer.

Bajo la cremallera de la falda y la retiro con un pie cuando cae al suelo. Miras mis bragas. Tienen edificios vacios, árboles muertos, como los de aquella blusa de la musa que anudaba rabos de cereza con la lengua. Cuando las vi pensé que hacían juego con mi alma, que se ha llenado de lugares deshabitados.
Las miras desconcertado, sonrío. Me encanta desconcertarte, sorprenderte. Me bajo las bragas , muevo el portátil y me tumbo sobre nuestra mesa. Apoyo los codos en la madera clara y poco a poco separo las rodillas, lento, muy lento, hasta que te desesperes y me pidas que me abra de piernas.

Me miras. Silencio. Sigo con calma infinita el leve movimiento, haciendo este puto instante eterno. Al fin claudicas. Sonrío triunfal mientras ordenas.

Ábrete de piernas.

Casi apoyo las rodillas sobre la mesa. Acaricio la cara interna de los muslos sin apartar la mirada de tus ojos. Me gusta observar cómo me miras. Deseo, eso hay al otro lado de la pantalla. Bien. Yo también te deseo. Separo la mano y me doy un azote. La piel arde, se enciende. La acaricio de nuevo. Los dedos de la mano derecha pasean por mis labios. Resbalan en mis flujos, acaricio suavemente mi clítoris, haciendo círculos infinitos. Te miro, me quito el zapato izquierdo y empiezo a acariciarme con el tacón, mientras el tacón del derecho se clava en mi nalga. Joder, escalofríos. Me pellizco el pezón izquierdo, ese pequeño hijo de puta que te recuerda a diario, y el orgasmo me invade. Me arqueo totalmente, pero mis ojos siguen clavados en los tuyos. Quiero ver tu cara al ver las contracciones de mi coño, al ver cómo disfruto para ti. Mis ojos se han vuelto verde orgasmo por ti, ¿los ves?

¿Te apetece un tequila?, pregunto sonriendo, mientras vierto el vaso en mi coño. Pues ven a lamerlo.
El calor del alcohol, mis flujos, mis dedos pellizcando el pezón, el tacón sobre mis labios,… Otro orgasmo brutal me golpea, mientras bajo el ritmo para prolongarlo.

Dime que me quieres, ordenas. Pero no suena a orden, hoy no.

Te quiero. Aun te quiero.